En Willemstad, Curazao, el calor no da tregua: se pega a la piel como si fuera parte del uniforme. Sin embargo, en cada pared recuperada con pintura, en cada esquina donde el balón sigue rodando y en cada celebración que estalla con el silbato final, aparece la misma idea: la isla se está uniendo a través del fútbol. Lo ocurrido con la “selection” —como llaman aquí a la selección nacional— no es solo una gesta deportiva; es el reflejo de una transformación social que tardó décadas y que hoy se ve en las calles, en los estadios y hasta en los estudios de quienes convierten ruinas en arte.
Las mejores casas de apuestas recomendadas en Argentina
Bono para nuevas usuarias en apuestas deportivas por primer depósito.
Casino y apuestas deportivas con paquete de bienvenida en pesos argentinos.
Promoción de registro con balance extra y giros para slots destacados.
Bono de bienvenida para nuevas usuarias en apuestas deportivas y casino.
Bono para nuevas usuarias en apuestas deportivas por primer depósito.
Promo para Argentina en pesos: refuerzo en fútbol local, NBA y deportes con mercados combinados.
Bono de bienvenida de casino para nuevos usuarios en Argentina; aplica términos del operador.
Arriba, en un estudio sin ventanas, Luis Munoz trabaja con el spray como si pintara una segunda piel para la ciudad. La puerta frontal permanece abierta y la gente entra y sale durante el día: charlan, sonríen y hasta se saludan con un “fist bump”. Munoz es uno de los muralistas más reconocidos de Curazao y su misión, casi obsesiva, es “tapar” las fisuras de la capital con imágenes que se repiten por toda la isla: ángeles, chicas y hasta extraterrestres. Pero hay un motivo que domina el paisaje: el fútbol.
Willemstad está cubierta de murales que celebran la cultura deportiva. Algunos están autorizados y otros nacieron en la clandestinidad, pero todos cuentan lo mismo: Curazao tiene una tradición futbolera silenciosa y constante, alimentada por la cercanía con el fútbol neerlandés y por el arraigo popular de su liga local, que siempre congregó espectadores.
La “explosión” del fútbol de Curazao y el hito mundial
El detonante reciente fue la clasificación a un Mundial. Curazao, el año pasado, se convirtió en la nación con menor población en lograr un cupo para la Copa del Mundo. El contraste es enorme: Akron, Ohio (Estados Unidos), es más grande en habitantes. Aun así, la combinación de inversión inteligente, burocracia eficaz y una idea que aquí se practica como disciplina —la aceptación de que los divididos tal vez deban unirse para alcanzar lo improbable— terminó empujando a la isla hacia el escenario más grande.
La historia deportiva también tiene una narrativa clara: hay selecciones “favoritas” y hay equipos “underdog”, pero Curazao parece pertenecer a otra categoría. Su población total está por debajo de 160.000 habitantes, su PIB ocupa el puesto 184 en el mundo y el territorio es compacto: una ciudad, algunos poblados pequeños y un aeropuerto. Además, se puede atravesar la isla de un extremo a otro en aproximadamente una hora. Curazao es, además, la menos famosa del trío “ABC” del Caribe (junto a Aruba y Bonaire), y muchos habitantes reciben la frase típica de quienes llegan de afuera: “la isla que está al lado de Aruba”. En realidad, Curazao está a unos 40 millas al sur de Venezuela.
Una clasificación que no debía pasar… y aun así ocurrió
El logro es todavía más llamativo si se observa el contexto. Curazao no es un actor tradicional del máximo torneo mundial y, durante años, el país vivió más de la idea turística que de una industria sólida. Hubo un tiempo en que la isla fue fuerte en el negocio petrolero global, pero ese ciclo se quebró. Incluso, exploradores españoles la bautizaron en el siglo XVI como “la isla de la inutilidad”. Y, pese a la identidad propia que se respira en cada rincón, Curazao no es técnicamente un país independiente: el marco político y administrativo mantiene la influencia neerlandesa.
En ese entorno, se entiende la frase que resume la estructura local: “La Netherlands hace las reglas aquí”. Y, aun así, el fútbol abrió otra puerta.
La selección nacional: de la resistencia a la convicción
El camino de la selección nacional no fue lineal. De hecho, su inicio —hace alrededor de una década— encontró resistencia en la propia isla. Cuando Gilbert Martina tomó el control de la FA (Federación de Fútbol), se propuso reclutar a todos los futbolistas duales posibles, con el objetivo de ampliar el nivel competitivo y, al menos, pelear con dignidad.
El rechazo no era un detalle: para parte de la afición local, el fútbol se aprendía en canchas de grava o campos de tierra, con la pelota sobreviviendo al clima y a la falta de recursos. Es decir: el fútbol aquí tenía una identidad “de barrio”, y la llegada de jugadores con formación en otros lugares sonaba, para algunos, a imposición.
Willy Anthony Harms, vinculado a la reparación del Ergilio Hato Stadium —donde juega la selección— también es DJ. Él reconoció que el proceso tomó tiempo y encontró resistencia. Pero el tiempo y el dinero terminaron imponiéndose: el crecimiento de infraestructura, los patrocinios lucrativos y la aceptación de que hacen falta refuerzos externos en forma de jugadores duales para consolidar un proyecto profesional.
Harms describió el sentido de esa estrategia: los jugadores que migraron necesitan desarrollar habilidades, mentalidad y profesionalismo en un entorno competitivo real desde jóvenes. La disciplina, la alimentación y los hábitos también forman parte del salto de nivel.
La historia de Curazao: división, tensiones y el 30 de mayo de 1969
Para entender por qué el fútbol hoy funciona como pegamento social, hay que mirar el pasado. Curazao vivió durante siglos conflictos entre clases y tensiones raciales. En 2018, el 75% de la población era nativa de Curazao; el resto era, sobre todo, una mezcla de neerlandeses y dominicanos. Por años existió debate sobre qué significaba realmente “ser de Curazao”. Con el tiempo, el clima mejoró en armonía, aunque las huellas quedaron.
Una fecha marca el antes y el después: el 30 de mayo de 1969. Willemstad ardió. Desde los primeros momentos de la colonización europea en el inicio del siglo XVII, las tensiones entre poblaciones negras nativas y los inmigrantes neerlandeses blancos se fueron acumulando. La trata de esclavos, que trajo grandes poblaciones de africanos occidentales, alimentó el conflicto. Aunque la esclavitud fue abolida, la fricción persistió.
En los mediados de los 60, la industria petrolera —que antes prosperaba— empezaba a apagarse. Shell operaba una refinería grande en la isla y sus ingresos cayeron. La empresa empleaba mayoritariamente a población negra, pero en lugar de despedir, redujo salarios: trabajadores negros vieron recortes, mientras los empleados blancos europeos mantuvieron su remuneración. La reacción tomó forma: los trabajadores negros se organizaron y fueron a huelga, y luego marcharon hacia el centro para exigir una audiencia con el gobierno local.
La respuesta fue dura: hubo interferencia feroz. Contramanifestantes blancos, fuerzas del orden y trabajadores descontentos chocaron en las calles. Dos personas murieron, cientos fueron arrestadas y el fuego avanzó por gran parte del centro. Además, el abandono y la falta de inversión desde Países Bajos —que todavía controla las riendas financieras— dejaron marcas visibles: edificios con quemaduras, ventanas sin reparar e incluso puertas que nunca se sustituyeron.
Hoy, muchas fachadas están cubiertas por los mismos murales que pinta Munoz. Uno de ellos muestra con fuerza la bandera nacional de Curazao y al equipo de fútbol: un símbolo que convierte memoria en identidad compartida.
El estadio y la calle se sincronizan: el 18 de noviembre de 2025
La prueba de que la selección funciona como unificador llegó con claridad el 18 de noviembre de 2025. Ese día Curazao logró la clasificación al Mundial y la isla estalló. Curt Obersie, dueño de un negocio de tours en bicicleta, lo describió así: “Se abrazaban enemigos. Fue una locura”. En un lugar donde el conocimiento mutuo es constante, la celebración adquirió un valor especial: no importó el origen.
La sensación de unidad también se repitió en el estadio cuando sonó el himno nacional: los hinchas rompieron en lágrimas. Y cuando la selección clasificó, la fiesta duró 24 horas seguidas. Al día siguiente, la jornada fue declarada feriado nacional.
Brenton Balentien, uno de los rostros más reconocibles de la afición, lo resumió con emoción: “No importaba si éramos negros, blancos de Curazao, neerlandeses, ingleses, haitianos o jamaicanos. Salió todo el mundo a celebrar con los muchachos”.
Supervivencias deportivas: el lado duro del camino
El fútbol curazoleño también vivió tragedias. En 2019, el portero suplente falleció de un ataque cardíaco menos de 24 horas antes de un partido de la Liga de Naciones con rivales CONCACAF como Haití. Como contraste, el exarquero Marcello Pisas pudo dejar como recuerdo un fragmento: falló para detener un remate de larga distancia. Pisas defendió la selección durante casi 20 años.
Aun así, algunos creyentes estuvieron desde el inicio.
Balentien y el “Blue Wave”: la afición que se volvió cultura
Balentien empezó a patear una pelota a los cinco años. Creció viendo fútbol español, pero siempre ligado a la comunidad local. Entrena fútbol juvenil, juega partidos de barrio varias veces por semana y sube sus mejores jugadas en Instagram. Cuando la selección empezó a tomar fuerza, tuvo una idea: pintarse de azul. Al principio era una broma, un recurso para llamar la atención. Luego, Curazao siguió ganando. Lo que era superstición terminó volviéndose rutina, y la rutina, ritual.
Con el tiempo se convirtió en “captain blueface”, un ícono de la isla. Balentien hizo dinero en negocios locales —en especial en la industria de bares, donde inventó una bebida muy popular a base de ron— y siguió al equipo cuando enfrentó a selecciones caribeñas.
Hay una anécdota que muestra la fe. Dijo que, si lograban el Mundial, vendería el auto y cuando volvieran verían qué pasaría; finalmente no lo vendió. Pero su postura quedó clara: la ilusión estaba puesta en la selección.
De canchas de tierra al césped: la nueva generación
El futuro también se trabaja desde abajo. CRKSV Jong Holland ganó la liga de Curazao nueve veces y se mantiene como un bastión del fútbol local. Durante años entrenaron en canchas de tierra mientras perros salvajes atravesaban los entrenamientos. Hoy, sus categorías juveniles practican sobre césped de calidad.
En una sesión con jóvenes, 25 jugadores pasaron por ejercicios mientras el entrenador gritaba en Papiamento —una lengua que combina, de forma laxa, elementos del neerlandés, el español y el portugués—. El técnico no toleraba errores: pases mal ubicados provocaban enfado, y los fallos para encontrar al compañero o los tackles sin intención traían correcciones.
Luego, cuando el equipo se asentó, el balón empezó a circular rápido. Se jugaba en espacios reducidos, con toques cortos o uno y dos toques: una especie de coreografía de movimientos y pases fluidos. Balentien creció con barro y arena; la siguiente generación tiene herramientas nuevas y, además, talento natural. Y la afición local lo percibe: cada vez más gente asiste a los partidos de la liga doméstica.
Harms sintetizó lo que se ve: el nivel sube, llegan beneficios extra y, sobre todo, la esperanza.
La fiebre futbolera se contagia: bares, camisetas y una fiesta en Texas
En Willemstad, la cultura futbolera también se vive fuera de la cancha. En un bar de Queno de Fritas, en una de las calles más transitadas de la capital, todo parece normal desde afuera: aspecto de restaurante improvisado, sin puertas y sin aire acondicionado. Dentro, el ambiente huele a cerveza y ron de la noche anterior, y se charla en el mostrador. Pero al mirar con más detalle, el lugar funciona como un santuario del fútbol.
Las paredes están llenas de referentes: Ronaldinho, Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Mo Salah, Neymar y Ronaldo Nazario. En medio de ese museo aparece un chico de 14 años con el uniforme de Inter Willemstad, un club local de alto perfil. Su nombre es Diego, hijo de De Fritas, y hoy juega en la academia del PSV en Holanda. Su padre cree que podría llegar al profesionalismo.
Este verano, De Fritas espera otra ola de euforia. La fiebre ya golpeó antes: durante un partido de Colombia en el Mundial de 2018, la celebración fue tan intensa que la policía tuvo que cerrar una vía importante. Además, en el aeropuerto se ve cómo los trabajadores muestran selfies con estrellas. En cualquier conversación, surgen detalles del fútbol neerlandés: Brasil es muy popular, el béisbol también tiene un lugar —hasta con murales dedicados—, pero el fútbol es el deporte que juega “cada niño” desde que crece. Y ahora más jóvenes se quedan en el camino.
El ambiente festivo se extenderá aún más. Curazao tendrá un fan fest en Houston: se esperan 4.000 hinchas en las calles de Texas.
Resultados, celebraciones y un mensaje final
¿Y el rendimiento en el Mundial? Para muchos, el resultado importa menos que haber llegado. Balentien expresó lo que vive la isla: ojalá estén en semifinales, pero eso sería casi ilusorio. Lo importante ahora es jugar un buen torneo. “Da igual ganar, perder o empatar”, dijo, “porque de todas formas vamos a celebrarlo”.
En un país que luchó contra su propia división y que hoy se unifica con el fútbol, esa mentalidad puede ser suficiente. La celebración ya tiene guion: si hay un córner, se festeja; si llega una tarjeta roja o amarilla, también; si llega el primer penal, o el fuera de juego, se celebra igual. El Mundial no se ve solo como una competición: se vive como una oportunidad para demostrar que, cuando el balón rueda, Curazao puede hacerlo todo juntos.
