A menos de tres semanas del inicio del Mundial, el fútbol debería estar en el centro de la conversación. Sin embargo, la cuenta regresiva en Estados Unidos ha quedado marcada por decisiones y polémicas que se sienten más cercanas al ruido que al deporte. El caso más simbólico llegó con un mural gigante del artista Robert Wyland —conocido como Wyland— en el centro de Dallas: una obra pública que ahora fue pintada de nuevo como parte de la planificación del torneo, desatando una disputa legal.
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La historia del mural, que hace casi 30 años cubrió la fachada completa de un edificio en el centro de Dallas, se convirtió en una pieza querida por la ciudad. Pero ya no está: el mural fue reemplazado por una nueva pintura vinculada al Mundial.
Wyland sostiene que no fue informado de la decisión de cubrir su obra y, en consecuencia, presentó una acción legal contra FIFA y el comité organizador anfitrión de North Texas. Como base, invoca una ley de 1990 que impediría la destrucción de arte público. Todo apunta a que el conflicto continuará y, de fondo, queda una lectura más amplia: el Mundial no solo compite en el terreno de juego, también lo hace —y con dificultades— en el terreno institucional y social.
Un Mundial que debería narrarse con fútbol… y se llena de problemas
Los Mundiales, por naturaleza, generan relatos: el máximo nivel del deporte, el orgullo nacional y la emoción compartida. Pero en esta etapa previa, cuando ya hay planteles liberados y varios equipos en plena preparación, el foco se ha desplazado con fuerza hacia lo que “sale mal”.
En teoría, el torneo de selecciones cada cuatro años debería ser la vitrina del mejor fútbol del mundo. Aun así, a medida que se acerca el silbatazo inicial, crecen las historias que no nacen del césped: precios, logística, seguridad, visados y hasta decisiones urbanas.
¿De qué se supone que trate un Mundial? Del sueño y del orgullo
Si se pregunta a un futbolista por qué un Mundial importa, la respuesta suele repetirse: es la oportunidad de competir al nivel más alto, contra rivales top, bajo la mirada de todo el planeta. Para Raphinha, de Brasil, esa aspiración viene de lejos. En abril afirmó que siempre quiso jugar en el máximo nivel y que esa exigencia implica una preparación constante desde la infancia.
Más allá de lo individual, el Mundial también es una extensión del sentimiento nacional. Argentina y Lionel Messi en 2022, con un país empujando hasta la gloria; o Brasil, con lágrimas de Neymar tras ser eliminado por Croacia en el mismo torneo, son ejemplos recientes de cómo el certamen se graba en la memoria colectiva.
Para los aficionados también es viaje, ritual y celebración
El torneo no solo cambia a los jugadores: transforma a los hinchas. Para muchos, es amor por su país; para otros, es el pretexto perfecto para reunir expectativas, viajar y vivir el torneo como una experiencia compartida. Curazao, que clasificó este año, lo resume en su manera de entender el Mundial: celebrar ocurra lo que ocurra.
Brenton Balentien, líder de uno de los grupos de aficionados más visibles de Curazao, habló de festejar cada momento: una esquina, una tarjeta roja o amarilla, el primer penal, el fuera de juego. La idea es simple: disfrutar el torneo.
Y en esa lógica también entra el componente del desplazamiento: que un país llame y los seguidores respondan. El Mundial funciona como una excusa de vacaciones con fútbol agregado, y ahí es donde la realidad en Estados Unidos golpea más duro.
Entradas caras y sensación de exclusión
Con el torneo en marcha logística y mediática, los números de las entradas han alimentado la frustración. Desde finales del año pasado, los precios se han movido y, para inicios de esta semana, el promedio en reventa para un partido de fase de grupos rondaba los 550 dólares. En el primer tramo de la competencia, el tope puede superar los 2.000 dólares.
Jim McCarthy, especialista en venta de entradas, explicó el principio detrás de la fijación de precios: buscar el punto óptimo donde convergen demanda y oferta. Si se pasa de ese umbral, parte del público deja de comprar y el mercado se enfría.
Es cierto que no todo es igual en Norteamérica frente a otros países. Pero el efecto es el mismo: muchos aficionados locales quedan fuera. La idea de que el fútbol es “democrático” ya no encaja tanto con los precios actuales. Este Mundial, además, se percibe como más corporativo que en otras épocas, y en Estados Unidos, por lo general, todo tiende a ser más caro. Aun así, culparlo solo a que “los estadounidenses están dispuestos a pagar más” resulta limitado, considerando que el torneo lo juegan 48 selecciones y que el grueso de los hinchas no debería enfrentar costos tan altos solo por ser locales.
Asistencia récord… pero con 104 partidos y estadios que deben llenarse
La línea de FIFA es clara: las ventas estarían en su nivel más alto y superarían cifras de 1994. Es probable que, en términos de asistencia, se confirme como el Mundial con más público. Pero el contexto importa: serán 104 partidos repartidos en 16 ciudades.
El estadio con menor capacidad será BMO Field en Toronto, con 45.000 espectadores. En promedio, se habla de alrededor de 65.000 asientos disponibles. Habrá muchas localidades que cubrir y, por tanto, mucho contenido que consumir. Con esa ecuación, el resultado era previsible: el mercado se ajusta, y los precios tienden a moverse hacia arriba para equilibrar la demanda.
Logística complicada: seguir a una selección cuesta más
Un Mundial también es mezcla cultural. Hinchas de distintos países se suman al viaje de sus selecciones, y eso nunca ha sido barato. En el caso de Inglaterra, el recorrido en la fase de grupos ilustra el problema: primer partido en Dallas, segundo en Nueva Jersey y tercero en Boston.
Un estudio estimó que, como mínimo, el gasto para cubrir esos tres compromisos sería de alrededor de 6.000 libras (8.000 dólares), incluso suponiendo que el aficionado más “económico” tomara un vuelo con conexión desde Londres hacia Dallas.
El costo se agrava por la parte administrativa. Para ingresar, los aficionados extranjeros necesitan autorización de viaje; la mayoría de solicitudes son aprobadas, y quienes ya tienen boletos pueden ver su trámite acelerado. Además, hasta el 19 de mayo, algunos países debían depositar garantías de visa que podían llegar a 15.000 dólares.
Visados, seguridad y barreras para algunos países
Hay también un capítulo político que afecta el viaje de hinchas de cuatro selecciones que lograron su boleto y se enfrentan a trabas legales para viajar a Estados Unidos. El 19 de mayo, U.S. Immigration and Customs Enforcement anunció que tendría un papel “pivotal” en la seguridad del Mundial.
Con el debate nacional sobre inmigración ya instalado, el tema se vuelve especialmente sensible en varias ciudades anfitrionas. Y, además, la infraestructura juega en contra: Estados Unidos es grande y, en algunos lugares, el transporte público no tiene la cobertura necesaria para facilitar desplazamientos entre sedes sin recurrir al avión.
Ciudades con soluciones… y otras con viajes casi imposibles
No todas las sedes están igual. Algunas han reaccionado con medidas concretas. Kansas City, que albergará seis partidos, invirtió temprano en transporte en autobús: los traslados hacia el estadio costarán 15 dólares y estarán disponibles solo para quienes tengan entradas. Filadelfia y Atlanta también han impulsado alternativas, con costos como 2,90 dólares en tren hacia Lincoln Financial Field y una accesibilidad más natural para Mercedes-Benz Stadium en Atlanta.
Pero hay trayectos especialmente difíciles. El más emblemático es el viaje desde Penn Station en Nueva York hasta MetLife Stadium en Nueva Jersey: el recorrido requiere cambio de tren a NJ Transit y, además, los precios se dispararon. Primero se anunció un costo de 150 dólares por boleto de tren al estadio (antes solía costar 13). Luego, con intervención de patrocinadores, el precio bajó a 98 dólares, que sigue siendo alto. En Boston, el billete ida y vuelta desde Boston South Station a Foxboro Station se ubica en 80 dólares.
Comparado con Mundiales anteriores, el contraste es fuerte. En Qatar, el transporte público fue gratuito con el uso de una app especial de Fan ID. En Rusia, por el tamaño del país, también se ofrecieron trenes sin costo. Aquí, la conectividad entre ciudades complica todo: por ejemplo, ir de Dallas a Boston sin avión implica tiempos de conducción de al menos 27 horas.
¿Quién tiene la culpa? FIFA, comités y el contexto político
Cuando el torneo se empieza a discutir fuera del campo, surge la pregunta inevitable: ¿quién falla? Es fácil señalar a FIFA, y la entidad organizadora tiene responsabilidades en varios de los puntos que se observan. Los comités anfitriones habían dicho un año atrás que aún trabajaban preguntas clave con poca guía desde el organismo central del fútbol.
En ese sentido, la estrategia de precios impulsada por Gianni Infantino no ayudó a bajar la tensión. Pero el problema no es exclusivo de FIFA: también hay que considerar a los comités anfitriones, que han buscado maximizar ingresos de acuerdo con su propia lógica.
Y por encima de todo, la política migratoria de Estados Unidos suma incertidumbre para algunos aficionados que viajan, incluso para estancias cortas enfocadas en ver fútbol.
El gran problema: el Mundial se está contando “por fuera”
La frustración central es que, en esta edición, los asuntos externos se volvieron demasiado importantes para la conversación general. En otros Mundiales hubo preocupaciones graves más allá del deporte: Qatar estuvo rodeado de cuestionamientos por derechos humanos; Brasil enfrentó dudas sobre seguridad policial y tensiones sociales; y la Copa de 2018 en Rusia también fue escrutada intensamente.
La diferencia es que, en esos casos, el torneo terminó imponiendo su fuerza y el fútbol ganó espacio con el paso de los partidos. Ahora, al menos en Estados Unidos, la conversación se mantiene con frecuencia lejos de lo que ocurre en el césped. Los ciclos mediáticos son más rápidos, la atención dura menos y las polémicas dominan titulares.
Incluso hay un detalle adicional: este Mundial se celebra en tres países. México tiene sus propios desafíos; Canadá también. Pero esas realidades suelen quedar menos presentes en el discurso general.
El deber periodístico… y el deber del Mundial: que el balón vuelva a mandar
Construir historias, lanzar análisis, discutir decisiones: todo eso forma parte del trabajo alrededor del deporte. Sin embargo, un Mundial debería vivir del fútbol, de las experiencias que deja y, sobre todo, de la diversión. La pregunta que queda flotando en la previa es directa: ¿dónde está la emoción pura de este torneo, justo cuando falta tan poco para el inicio?
Por ahora, parece enterrada debajo de lo que ocurre fuera de las líneas. Y si el Mundial quiere recuperar el relato que lo define, tendrá que hacerlo con resultados en la cancha… y con una respuesta más humana frente a lo que se anunció y se decidió antes del primer partido.
