En el fútbol se habla mucho de “tiros lejanos”, pero el mensaje táctico que viene imponiéndose es cada vez más claro: cuanto más cerca se juega del área y de la portería, más fácil es convertir. Esa tendencia, alimentada por el análisis de datos y por la evolución del juego, ha ido apagando una de las señas históricas del espectáculo: los goles desde fuera del “box”. Sin embargo, en la Premier League se dio una curiosidad estadística: aunque los disparos desde larga distancia cayeron con fuerza, los tantos desde esas zonas no desaparecieron. La explicación parece estar a medias entre táctica y una variable que muchos daban por irrelevante… el balón.
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El debate sobre el valor del tiro lejano se apoya en una herramienta central del fútbol moderno: los goles esperados, conocidos como xG (expected goals). En pocas palabras, el xG estima la probabilidad de gol según la ubicación y el contexto del disparo. Si el modelo “premia” las llegadas más cercanas, el resultado lógico es que los equipos prioricen acciones de mayor calidad ofensiva.
Y los números lo reflejan. En la temporada 2008-09 (la más antigua disponible en la base de datos utilizada), los equipos de la Premier League realizaron 45.7% de sus tiros desde fuera del área. En la temporada actual, esa proporción bajó hasta el 32.5%, quedando como el segundo porcentaje más bajo desde entonces.
Además, cambió la distancia promedio de los disparos: el tiro medio de 2008-09 se ejecutó desde 18.3 metros. Hoy, la media se sitúa en 15.4 metros, empatando con la cifra más cercana registrada (también se dio la misma distancia promedio la temporada pasada).
Con esa combinación, aparece la cifra que define el fenómeno: en la Premier League actual hay apenas 4.03 tiros desde fuera del área por equipo y por partido, el número más bajo desde 2008-09 y con muchas probabilidades el mínimo en la historia de la competición.
Pero… ¿por qué los goles no bajaron en la misma proporción?
La memoria futbolera se resiste a aceptar la desaparición total del gol lejano. Basta recordar el inicio de campaña de Morgan Rogers en Aston Villa, capaz de buscar las esquinas con una facilidad llamativa. O el caso de Dominik Szoboszlai en Liverpool, que ha vuelto a poner sobre la mesa la idea de que el disparo de larga distancia aún tiene una cuota de magia.
El punto clave es este: aunque el número de tiros desde el rango más lejano está en su mínimo aproximado en dos décadas, la producción de goles desde fuera del área se mantiene cerca del promedio. En concreto, la cifra se sitúa en 0.23 goles por equipo y por partido, equivalente al promedio de los últimos 19 años.
Dicho de otra forma, cuando un jugador arma el disparo desde lejos esta temporada, la probabilidad de que el balón acabe en la red es superior a la de casi cualquier otro año registrado; solo hay una excepción histórica.
Táctica, desarrollo… y la variable que casi nadie mira: el balón
Las teorías sobre lo que ocurre apuntan a la interacción entre táctica y preparación individual. Si los equipos reducen los tiros lejanos y, en paralelo, las defensas ajustan recursos para frenar lo que se les ofrece con más frecuencia, podría aparecer un espacio inesperado para esos pocos jugadores que no renuncian a su habilidad de disparar desde rangos “devaluados” por los modelos.
Sin embargo, existe un argumento alternativo, más simple y que descansa en un cambio concreto que sí se realizó antes de esta temporada en la Premier League: el campeonato pasó de Nike a Puma y comenzó a usar un balón nuevo por primera vez en 25 años.
La hipótesis es clara: si la pelota cambia su comportamiento aerodinámico, también cambia el margen de error, la trayectoria y, sobre todo, la dificultad para el portero. En el fondo, no es solo “qué tan lejos” se puede patear, sino “qué tan estable” llega el balón y en qué momento deja de serlo.
La “física de las faltas”: cuando la ciencia explica el balón
Para entender por qué un cambio aparentemente menor en el diseño del balón puede alterar el rendimiento en el campo, aparece la figura de John Eric Goff, físico que pasó de estudiar temas de laboratorio a interesarse por la mecánica del deporte.
En 2006, durante su etapa académica en Lynchburg College (Virginia), sus estudiantes le llevaron proyectos vinculados al análisis físico de movimientos en el deporte. Uno de ellos, en 2005, buscaba determinar la probabilidad de que un disparo con un balón de fútbol terminara en el objetivo. El trabajo fue presentado en una revista estadounidense y recibió una respuesta poco favorable: se consideró que el manuscrito tendría “interés limitado” para quienes siguieran ese deporte específico.
El mismo estudio, llevado a Europa, fue aceptado con rapidez y ganó popularidad, justo a tiempo para el Mundial de Alemania 2006. Goff, además, probó balones en túneles de viento, comparando por ejemplo la Nike Flight con el balón de Puma (en su análisis, se contrastaban comportamientos con diferente rugosidad y diseño).
El precedente mundial: el caso Jabulani (2010)
El ejemplo más citado en este tema es el Jabulani del Mundial de 2010. Las críticas fueron masivas: desde el arquero Gianluigi Buffon, que lo calificó como “inadecuado” para un torneo con campeones, hasta Luis Fabiano, que describió movimientos “supernaturales”, y Julio César, que lo definió como “horrible” y con apariencia de balones de supermercado.
La explicación técnica detrás de ese “caos” en el aire se asocia con la estabilidad aerodinámica. Cuando un balón es demasiado liso, puede comportarse como si fuera estable a alta velocidad, pero pierde control bruscamente al bajar de régimen. En términos futbolísticos, eso se traduce en trayectorias difíciles de leer y en una ventana más corta para que el portero anticipe.
Goff y un grupo de ingenieros en Japón estudiaron el Jabulani en túneles de viento con mediciones de alta velocidad y concluyeron que muchos balones de torneos internacionales comparten rasgos aerodinámicos similares, aunque el Jabulani se apartaba por su diseño: tenía ocho paneles (frente a 16 o 32 en balones anteriores), con costuras poco perceptibles.
La conclusión fue contundente: “era demasiado suave”. En esa línea, se entiende que pequeñas imperfecciones o una rugosidad mayor pueden ayudar a estabilizar el coeficiente de arrastre del balón hasta velocidades más bajas.
Qué encontró el estudio sobre el balón de la Premier
Al contrastar el nuevo balón de Puma con el anterior (la Nike Flight), los resultados apuntaron en una dirección coherente con la teoría: la Puma Orbita se comporta de forma similar a lo que provocó el efecto del Jabulani, al permitir un vuelo más largo y, al mismo tiempo, desestabilizar antes que su predecesor.
El detalle es importante: aunque la pelota “desestabiliza antes”, lo hace en un rango aún relativamente bajo de velocidad. Eso encaja con el relato de entrenadores y jugadores a lo largo de la temporada: hay afirmaciones sobre que el balón vuela con más fuerza, pero ofrece menos referencias claras a los porteros.
El entrenador del Arsenal, Mikel Arteta, se refirió a la adaptación necesaria, señalando que se podía mejorar pese a que el balón permitía detalles más complicados de gestionar. Por su parte, el guardameta David Raya destacó que el disparo desde ciertas zonas resultaba particularmente peligroso con el balón nuevo, aunque exigía readaptación: el balón “se va” más de lo que el portero espera, dificultando la lectura y la parada.
Incluso se escucharon comentarios indirectos desde el vestuario: John McGinn bromeó sobre los goles de Morgan Rogers desde larga distancia, sugiriendo que el acuerdo con Puma habría permitido experimentar el balón antes que otros. En Manchester City, Pep Guardiola calificó el balón como “complicado”, y Sean Dyche, entonces técnico del Nottingham Forest, mencionó que se percibía “un poco más ligero”.
¿Se frenó el gol lejano porque ya todos se adaptaron?
Hay otro elemento que refuerza la tesis de adaptación: la frecuencia del “asalto” de tiros de larga distancia se redujo con el paso de los meses. Aunque al principio podía parecer aleatorio, el contexto sugiere una explicación más futbolera: los jugadores ajustan su técnica cuando entienden cómo reacciona el balón en el aire y cuándo pierde estabilidad.
La pregunta, entonces, es si el mundo del fútbol se “resetea” cada vez que llega un balón con cambios aerodinámicos. Y aquí aparece el punto más incómodo para el relato simple: los responsables de la liga no entraron en detalles sobre por qué se tomó el cambio de proveedor. Lo que sí quedó claro es que, en el fútbol moderno, el balón también es negocio: cambiarlo implica acuerdos, acuerdos implican dinero, y el rendimiento deportivo termina siendo una consecuencia (para bien o para mal) de esos ajustes.
¿Qué pasará en el Mundial? El pronóstico del balón Trionda (2026)
Curiosamente, Goff señaló que el balón previsto para el Mundial 2026, denominado Trionda, guarda similitud con el de la Premier de la temporada anterior. Es decir: rugosidad, diseño y resultados aerodinámicos estarían alineados con lo que se vio en Inglaterra.
La duda para el torneo grande es si los futbolistas percibirán que el balón “no viaja” igual de lejos que antes, algo que podría modificar los patrones de disparo en el área y en las zonas medias.
En cualquier caso, si a esta Premier le gustó el gol desde fuera del área en ciertos momentos, no hay garantía de que el fenómeno se repita en el Mundial con la misma intensidad. En cuanto un equipo encuentre espacios en la fase de grupos, el balón se alineará con una realidad muy antigua del fútbol: los disparos desde lejos ya no son la opción preferida, y cuando el balón deja de “perdonar”, termina mandando el instinto de siempre: buscar el ángulo, acercarse y convertir.
El mensaje final: menos tiros, pero más peligro cuando llegan
La Premier League deja una lectura clara. Los equipos han recortado el volumen de disparos desde fuera del área, pero el gol desde rango no cayó al mismo nivel: cuando ocurre, suele hacerlo con efectividad alta. Entre la adaptación táctica, la evolución de los jugadores y el impacto del balón de Puma, el fútbol moderno vuelve a demostrar que las revoluciones no siempre nacen en el área: a veces empiezan en el diseño de un objeto que rueda a 25 kilómetros por hora… y cambia el destino de una jugada.
