Néstor Lorenzo: relatos de una vida entre vestuarios, viajes y mundiales

El debut que lo cambió todo

Fue el 14 de julio de 1988 en Sídney. La Argentina, vigente campeona del mundo, alineó a Islas, Garré, Batista y Ruggeri; también estaban Mario Lucca, Toribio Aquino, Hernán Díaz y el Puma Rodríguez porque Carlos Bilardo pensaba ya en el recambio. Entre los once aparecieron dos debutantes: Néstor Lorenzo y Diego Simeone. Aquella noche Australia infligió una paliza: 4-1, la única victoria australiana en el historial hasta hoy.

“Empezamos juntos en la selección, yo tenía 22 años y él 18 —recuerda Lorenzo—. Estábamos juntos en la pieza, Bilardo lo había puesto al Cholo conmigo. Él siempre fue un enfermo por el fútbol, desde chiquito… Después del partido estábamos con una amargura increíble y a las 2.30 de la madrugada se nos apareció Bilardo en la habitación. ¿A qué fue? A felicitarnos. No me olvidaré más, al Cholo le dijo: ‘A vos te felicito porque te equivocaste muchas veces, pero siempre la volviste a pedir. Así te quiero, pibe’”.

Ese respaldo del entrenador tuvo peso: “Cuando volvió de la gira dijo: ‘Sé que puedo contar con Simeone, con Lorenzo…’ ¿Sabés qué espaldarazo es ese para un jugador que está arrancando en la selección?”, rememora Lorenzo.

Los primeros pasos: Lanús, Argentinos y el salto a Europa

Néstor nació en Villa Celina y arrancó a los 11 años en Lanús. A los 14 pasó a Argentinos porque Lanús había descendido y no tenía novena división; allí lo vieron jugar en baby. “Jugaba de 5. Armamos una división que todavía conserva el récord de partidos invictos: 69, entre la 9na y la 6ta no perdimos”, cuenta.

En 1983, junto a Infantino, llegó a Primera. En enero de 1984 hizo su primera pretemporada y Argentinos ganó el Metropolitano. Aquel plantel, muy joven, casi no jugó, pero en 1985 con Ricardo “Piojo” Yudica el club ganó el Nacional y la Copa Libertadores —y Lorenzo debutó justamente por esa situación. Más tarde, en 1989, el salto: lo vendieron al Bari, en Italia.

Bilardo: la exigencia que forma

La huella de Carlos Bilardo está presente en cada uno de sus relatos. Lorenzo fue sparring del equipo campeón del ’86 y, más tarde, parte del plantel que viajó a Italia en 1990. “Bilardo me conoció desde muy chico. Yo participé del Sudamericano Sub 20, en Paraguay 1985, y también fuimos sparrings de los que iban a ser los campeones del mundo del ’86. Eso me hizo crecer increíblemente”, dice.

Bilardo no sólo exigía; seguía a los jóvenes con obsesión. “Una vez, delante de todos dijo: ‘Voy a ver a Argentinos Juniors y Lorenzo le da la pelota a Olguin y el que sale jugando es Olguin… ¡entonces tengo que llamar a Olguin!’ —recuerda—. Carlos te pedía que te hicieras cargo; yo tenía 20 años y Olguin era un crack… El tipo te daba mucha importancia como jugador y te seguía, estaba pendiente de tu evolución”.

Italia 90: un Mundial de dificultades y aprendizaje

En el camino hacia Italia 90 Lorenzo vivió la temporada previa en Bari y vio de cerca la explosión del Napoli de Maradona, su scudetto y la política contraria que se tejía alrededor de Argentina. “Había mucha política de por medio”, afirma.

Sobre la final del Mundial señala los retos tácticos y personales: comenzó como lateral izquierdo, pasó a jugar en el medio y terminó de stopper tras la expulsión de Monzón, marcando a Klinsmann y a Völler. “Nunca renunciamos al ataque… pero terminamos con dos menos, el penal que le hicieron a Calderón…”, evoca.

Maradona y Messi: dos referencias indispensables

Maradona dejó una impronta técnica y mental en Lorenzo. “Diego no solo era el mejor jugador, también era el más brillante, el más rápido, el que se daba cuenta primero de las cosas. Tenía una mente brillante… Nadie vivió el fútbol como él, Diego era el fútbol en su misma esencia”, recuerda con admiración.

Y sobre Messi, Lorenzo fue testigo de sus primeros destellos: durante la Copa Confederaciones 2005 en Alemania, Lionel jugaba en paralelo el Mundial Sub 20 en Holanda. “Julio Grondona iba y venía entre un torneo y el otro y siempre nos decía: ‘¡Lo que es el 10, lo que es el 10!’ Vos lo veías y hacía cosas que nadie más podía hacer, a una velocidad única”.

En la intimidad votó a Messi para The Best 2024 y quiso hacerlo de nuevo en 2025, pero no le fue permitido: “Mientras Messi entre en una cancha, él será el mejor del mundo. Como sucedió con Diego: si él jugaba, no había otro mejor”.

Del ayudante al entrenador principal

Lorenzo compartió muchos años con José Pekerman: en Argentinos, luego en clubes como Leganés, Toluca y Tigres, y en la selección Colombia hasta 2018. “José ha sido como un padre para mí. Me conocía desde muy chico… Cuando yo apenas me había recibido de técnico, me sumó a la selección”, confiesa.

En 2020 comenzó su carrera como entrenador principal en Perú y conquistó el Apertura 2022 con Melgar. Volvió a Colombia para asumir el desafío que lo llevó a su primer Mundial como jefe: hasta ahora su ciclo registra sólo 5 derrotas en 42 partidos, más del 70% de eficacia y un récord de 28 encuentros invictos.

Estilo propio: entre la intensidad de Bilardo y la mesura de Pekerman

Lorenzo sintetiza influencias y decisiones: “Trato de elegir los momentos y de ponerme en el lugar del jugador. Si es urgente, la reacción es inmediata; pero hay que ser cuidadoso porque podés cruzar líneas de las que no se vuelve”.

Para él la gestión humana es clave: cada futbolista es distinto y el mensaje debe adaptarse. “Sos justo y parejo con las normas, pero el trato personal no es el mismo. La efectividad de un mensaje tiene que ver con quien lo recibe”.

La búsqueda de resultados con juego y armonía

Con la selección colombiana Lorenzo quiere un equipo protagonista: no “ganar de cualquier manera”, sino jugar bien. En la eliminatoria enfrentaron y compitieron contra potencias; en la Copa América 2024 llegaron hasta el final y, en las Eliminatorias, lograron victorias importantes como la de Barranquilla (2-1) y un empate agónico en Buenos Aires (1-1).

Sobre el sorteo del Mundial: Colombia compartirá grupo con Portugal, Uzbekistán y el ganador del repechaje entre Nueva Caledonia/Congo/Jamaica. “Portugal es uno de los mejores del mundo, estará lindo competir con ellos. Uzbekistán es una incógnita y no vamos a confiarnos ante los otros rivales. Vamos a hacer lo posible para resolverlos”, analiza.

La gestión del grupo y la vida cotidiana

“La gestión hoy es todo y es exclusivamente del entrenador. Y la gestión empieza por elegir, y por conducir a tu grupo”, afirma. Lorenzo cuida los microciclos, la armonía y la alegría como herramientas para buscar la excelencia. Lo pueden confirmar cualquiera de los 40 o 50 que conviven en cada concentración.

Vive en Bogotá con su mujer Irma hace más de diez años, en el barrio Chicó cerca del Parque del Virrey, salvo un paréntesis laboral en Perú. Y aunque trate de descansar, la pasión lo persigue: “A veces me tomo tres o cuatro días y si a las 3 de la tarde juega Lucho Díaz, ¿no lo veo? ¡Claro que sí! ¿Y a la noche River-Racing? ¡Y vamos a ver a Juanfer!… Es la vida que elegí”.

Mirando el Mundial con la ambición de llegar hasta el final

Será su quinto Mundial como integrante de cuerpos técnicos (1990, 2006, 2014, 2018) pero el primero como “el jefe”. Lorenzo advierte sobre la toma de decisiones: “Nunca me pesó tomar decisiones, sí trato de equilibrar el corazón con la cabeza”.

Su deseo es claro: que Colombia pueda hacer “el mejor Mundial de su historia” y llegar hasta el último día, como en la Copa América 2024. La receta, dice, es trabajo, convicción y una gestión humana que sostenga a los jugadores dentro y fuera de la cancha.