Un arranque cargado de expectativas

Cuando Xabi Alonso asumió el banco del Real Madrid tras su brillante ciclo en el Bayer Leverkusen, la ilusión fue palpable. Se daba por hecho que, llegado el momento, él oía dirigirían clubes como el propio Madrid o el Liverpool —este último finalmente optó por Arne Slot tras la salida de Jürgen Klopp— y la llegada de Alonso tras la marcha de Carlo Ancelotti pareció cerrar un círculo.

En su presentación, Alonso apeló a su vínculo con el madridismo: filmó su vídeo frente a «La Décima», recordó su papel en aquel equipo ganador de la décima Copa de Europa y prometió un fútbol atractivo. «Quiero que quien nos vea diga: ‘Este es el equipo que me gusta’», declaró, con la ambición de recuperar la conexión perdida durante los últimos tiempos de Ancelotti, cuando el club había cedido terreno en la liga y en Europa.

Gira de pretemporada y señales tempranas

Solo dos semanas después del 27 de mayo, el plantel viajó a Estados Unidos para el Mundial de Clubes. En retrospectiva, ese periplo debió haber sido responsabilidad de otro: se informó que Alonso prefería iniciar su trabajo tras la competencia. El Madrid mostró signos de fatiga en EE. UU. y Alonso aún no había conseguido imprimir su sello. El equipo seguía pareciendo una prolongación del esquema de Ancelotti, sin Mbappé —ausente en los primeros cuatro partidos por una gastroenteritis—; Vinicius Jr. no encontró el ritmo; y el recién llegado Trent Alexander-Arnold, cuyo pase se liberó por 10 millones de euros al Liverpool un mes antes, no tuvo la adaptación esperada.

Rodrygo apenas tuvo oportunidades desde el arranque y el equipo terminó goleado por un inspirado Paris Saint-Germain en la semifinal. Tras ese partido, Alonso admitió que aquel Madrid no era todavía «su» equipo y prometió que el trabajo serio empezaría tras las vacaciones de los jugadores.

Choque entre ideas y realidades

Alonso llegó con convicciones claras: juego posicional, presión sin balón y patrones de salida definidos. En Alemania había mostrado flexibilidad y fluidez, pero en el Madrid necesitaba que algunas figuras principales rebajaran costumbres y roles. Probó un 4-3-3 con Mbappé como referencia central, algo que favoreció al francés pero dejó a otros futbolistas fuera de su mejor versión.

  • En la derecha se prefirieron soluciones como Arda Guler o el juvenil Franco Mastantuono por encima de Rodrygo.
  • La ausencia de Luka Modrić y la falta de un reemplazo claro para Toni Kroos complicaron la búsqueda de equilibrio en el mediocampo.
  • El repliegue de espacios y la rotación no terminaron de encajar, dejando a menudo huecos para contraataques rivales.

Oponentes organizados, como Manchester City y Liverpool, aprovecharon esas fisuras con relativa facilidad. Además, la herencia táctica de Alonso en Leverkusen —un 3-4-2-1 con dos mediapuntas creativos y un ‘9’ que enlaza más que anota— topó con la falta de amplitud y con un Alexander-Arnold que pasó buena parte del tiempo recuperándose en la sala de tratamiento.

La batalla por el vestuario

Lo que más erosionó a Alonso fue la dificultad para gestionar los grandes egos del vestuario. El episodio más colorido llegó en El Clásico de octubre: Vinicius fue sustituido, reaccionó visiblemente enfadado y se marchó al túnel tras recriminar al técnico. No era un comportamiento nuevo, pero la situación escaló con informes que vincularon la permanencia del brasileño a la continuidad de Alonso en el cargo —e incluso a la suspensión de negociaciones por su contrato, vigente hasta 2027, mientras el técnico permaneciera al frente.

Conviene matizar: las prestaciones de Vinicius llevaban por lo menos un año por debajo de lo esperado, y su gol en la final de la Supercopa puso fin a una sequía de 18 partidos. Mientras tanto, Mbappé convirtió con notable regularidad: 29 goles en 25 partidos en todas las competiciones y un papel más central que le colocan entre los candidatos al Balón de Oro.

Así nació una división interna: Alonso contó con el aval deportivo de Mbappé, mientras que Vinicius tenía el respaldo de Florentino Pérez y de buena parte de la cúpula. A esto se sumaron las fricciones alrededor de Rodrygo y los supuestos rifirrafes con Jude Bellingham que alimentaron la prensa.

Resultados, presión y la final decisiva

Los problemas habrían pasado a segundo plano si los resultados hubieran sido brillantes. Al principio, hubo señales positivas: en octubre, tras vencer al Barcelona en el Bernabéu, el Madrid llegó a tener cinco puntos de ventaja en la liga y había arrancado con tres triunfos en la Champions. Pero la derrota en Anfield abrió una racha de ocho partidos con solo dos victorias que enfrió el impulso liguero y europeo.

A mitad de la temporada el equipo estaba a cuatro puntos del Barça, aunque las victorias sobre Mónaco y Benfica dejaron al Madrid clasificado para los octavos de la Champions sin pasar por el playoff. El club seguía vivo en tres competiciones, pero la sensación en Madrid es que las formas importan tanto como los resultados.

La final de la Supercopa, donde el Madrid perdió 3-2 ante el Barcelona, fue el momento culminante. El partido resumió los problemas: buen gol de Vinicius y uno de Gonzalo García, pero tres tantos concedidos que pudieron evitarse. Con ese triunfo el Barcelona selló dos Supercopas consecutivas y el clima entorno a la continuidad de Alonso se volvió insostenible.

Salida, consecuencias y horizonte

Alonso terminó saliendo del Real Madrid tras ocho meses en el cargo. Su reputación, en muchos análisis, quedó relativamente intacta: defendió sus ideas hasta el final, pero fue superado por las dinámicas internas de un vestuario notoriamente complejo —el mismo que exigió manejo a entrenadores como Zidane y Ancelotti—.

Es previsible que Alonso reciba ofertas importantes en el futuro cercano; entre los clubes que podrían interesarse, según el contexto mediático, figuran Manchester United, Liverpool, Chelsea, Manchester City, Tottenham e incluso el PSG.

En Chamartín, la lectura es dura: los jugadores tienen hoy un poder enorme para influir en la decisión deportiva. Álvaro Arbeloa, su eventual sucesor, se enfrenta al mismo desafío: domesticar un plantel repleto de estrellas. El club sigue pensando que es especial y que puede operar por encima de las convenciones, pero la expulsión de un técnico de primer nivel podría ser la señal de que esa creencia empieza a volverse en contra.

¿Qué viene ahora?

  • Necesidad de reordenar roles dentro del equipo y equilibrar egos con cadenas de mando claras.
  • Decisión sobre la planificación deportiva: tantos talento individual requieren un proyecto colectivo coherente.
  • Posibles movimientos en el banquillo y en la dirección deportiva que definirán el próximo ciclo del club.

En el Santiago Bernabéu, la derrota de Xabi Alonso revela que, por ahora, el poder dentro del vestuario sigue siendo un factor determinante. La pregunta abierta es si el club logrará transformar ese peso en una ventaja estructural o si acabará siendo un obstáculo para quien quiera imponer un rumbo distinto.