Mundial 2026: el choque fútbol-política reabre el debate por Irán en EE.UU.

De cara al Mundial de 2026, la polémica por la participación de la selección iraní en Estados Unidos vuelve a poner sobre la mesa una vieja realidad: cuando el fútbol se cruza con la tensión política, los estadios pueden transformarse en espacios donde la seguridad y el control pesan tanto como el juego. Y, aunque el debate actual sea nuevo, la historia de los Mundiales ya ha vivido episodios similares, con concesiones forzadas y medidas extremas para evitar “fugas” o incidentes.

Cuando el Mundial obligó a ceder soberanía: el caso de Corea del Norte en 1966

El antecedente más llamativo se remonta a 1966. En plena Guerra Fría, el Reino Unido se vio en la obligación de albergar a la selección de Corea del Norte, que ya había logrado su clasificación para ese Mundial. La particularidad era que el gobierno británico no reconocía oficialmente al régimen comunista tras la Guerra de Corea, por lo que la presencia del equipo norcoreano representaba un choque político.

En un primer momento, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico valoró la posibilidad de negar visados. Sin embargo, la presión llegó desde FIFA: la amenaza de mover el torneo fuera de Inglaterra llevó a buscar una salida diplomática.

La solución pactada fue tan precisa como restrictiva: en los eventos del Mundial se usaría el nombre “North Korea” en lugar del nombre oficial del país (“Democratic People’s Republic of Korea”). Además, se prohibió interpretar el himno nacional y también el uso de banderas en los partidos, salvo en el acto de inauguración y en la final.

Pese a esas barreras, el fútbol rompió el guion. En Middlesbrough, el público local ignoró las restricciones y terminó abrazando al equipo norcoreano como favorito. En el partido histórico ante Italia, que concluyó con victoria de Corea del Norte por 1-0, se congregaron más de 18.000 espectadores, firmando una de las sorpresas deportivas más recordadas de ese Mundial.

La “Batalla de los Hermanos” en 1974: vigilancia y control total

Cuatro décadas de diferencia no borran el impacto de lo vivido en 1974. Ese Mundial incluyó el único enfrentamiento entre Alemania del Este y Alemania del Oeste que se disputó en territorio de la República Federal Alemana, un duelo que con el tiempo se conocería como la “Battle of the Brothers”.

Para evitar que los ciudadanos de Alemania del Este —y especialmente los aficionados— desertaran, el régimen prohibió a la gente común viajar. Solo se permitió que cerca de 2.000 “invitados seleccionados” acudieran, bajo supervisión estricta de la Stasi, el servicio de seguridad del Estado.

El control no quedó en la grada: también se extendió a la cancha. A los jugadores de Alemania del Este se les prohibió intercambiar camisetas al final del partido para impedir cualquier gesto simbólico de acercamiento. El entorno del estadio fue reforzado con policías armados y helicópteros sobrevolando el área, en previsión de cualquier incidente.

El encuentro terminó con sorpresa en el marcador: ganó Alemania del Este por 1-0, en una noche donde el componente político fue casi tan determinante como el deportivo.

Argentina–Inglaterra: fútbol como prolongación de un conflicto en 1986 y 1998

Las ediciones de 1986 y 1998 también dejaron un rastro claro: los partidos Argentina–Inglaterra no fueron solo confrontaciones futbolísticas, sino continuaciones emocionales de la Guerra de las Malvinas.

En 1986, mientras el Mundial se jugaba en México, las calles de Ciudad de México se convirtieron en escenario de choques violentos. Los incidentes terminaron con aficionados ingleses hospitalizados y con banderas robadas por grupos argentinos vinculados a las barras, conocidos como “Para Bravas”.

En 1998, en Francia, el dispositivo de seguridad fue aún más amplio: las autoridades desplegaron 1.600 policías para contener a los “Hooligans”. Al mismo tiempo, los servicios de inteligencia trabajaron en secreto para frustrar un supuesto plan terrorista dirigido a ese partido en particular. La información no se comunicó a jugadores y entrenadores para evitar que el torneo se viera interrumpido.

Cuba y las “fugas”: el control tras la participación en EE. UU. o Canadá

Otra sombra recurrente en torneos disputados en Estados Unidos o Canadá ha sido el fenómeno de las “mass defections”, es decir, deserciones en masa durante la estancia de la delegación. Para las autoridades cubanas, la posibilidad de que jugadores y miembros del equipo buscaran asilo convierte cada partido en un reto adicional.

En 2002, por ejemplo, los jugadores Rey Martínez y Alberto Delgado escaparon del hotel del equipo en Los Ángeles luego de fingir que salían a hacer una llamada telefónica.

La repetición ocurrió con mayor dramatismo en 2012. Cuba tuvo que jugar un partido decisivo contra Canadá con solo 11 jugadores y sin suplentes disponibles en el banquillo, después de que cuatro futbolistas y el médico del plantel desertaran justo antes del encuentro en busca de asilo.

Eventos regionales: el control se vuelve estructural en 2014

La tensión no se limita a los Mundiales. Incluso en competiciones regionales el patrón puede repetirse. En los Juegos Asiáticos de 2014, celebrados en Incheon (Corea del Sur), la delegación norcoreana funcionó con un esquema de control extremo: se transformó en una especie de “barracón móvil de inteligencia”.

Los agentes se registraron como “periodistas” para monitorear a los atletas, con una proporción de un funcionario por cada diez participantes. Además, los “periodistas” norcoreanos debían enviar sus reportes solo por fax, evitando el acceso a internet global. En respuesta, las autoridades surcoreanas tuvieron que retirar las banderas de todas las naciones de las calles alrededor de los estadios, limitando su exhibición al interior del recinto. El temor era que grupos extremistas arrancaran la bandera norcoreana y desencadenaran una nueva disputa fronteriza.

La conclusión histórica: en crisis, el estadio cambia de reglas

Estos episodios, separados por décadas y por continentes, apuntan a un mismo fenómeno: cuando hay crisis política o desconfianza, los estadios se convierten en zonas de “soberanía especial”. En ese contexto, las reglas habituales pueden pasar a segundo plano frente a protocolos excepcionales de seguridad, vigilancia y control.

Así, el fútbol termina jugando dos partidos al mismo tiempo: el que ocurre en el césped y el que se disputa en el plano diplomático y de las medidas de seguridad. Y de cara al Mundial de 2026, el debate sobre la participación iraní en Estados Unidos cae en el terreno donde el deporte, una vez más, se ve condicionado por la geopolítica.

Tomás Aguirre

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