De la primera explosión de alegría en Roma en 1934 al último llanto que cayó en Rusia en 2018, pasando por canchas modestas y calles polvorientas hasta el brillo de los grandes escenarios del planeta: esa es la historia de Egipto en los Mundiales. Un relato de sueños que tardan, de generaciones que sueñan igual y de una fe que, incluso cuando se rompe, vuelve a levantarse.
1934: el primer sueño mundialista de Egipto
Todo comienza en 1934, en un mundo completamente distinto. No había televisión ni cámaras; la información llegaba por radio, con interferencias y frases incompletas. Aun así, once jugadores egipcios cargaban en el pecho una ilusión enorme: jugar el primer Mundial de la historia para un país árabe y africano.
La selección viajó a Italia con un recorrido largo y en barco. La fatiga del trayecto quedó atrás cuando llegaron los partidos de clasificación: Egipto superó a Palestina y selló su boleto. El Mundial, para ellos, todavía era un territorio desconocido.
Roma y el hito de Abdelrahman Fawzi
En Roma, Egipto se midió ante Hungría, una de las potencias europeas del momento. El marcador final fue 4-2 para Hungría, pero hubo una marca histórica: Abdelrahman Fawzi anotó y se convirtió en el primer africano que marcaba en un Mundial.
Mientras tanto, en El Cairo, la gente se reunía alrededor de las radios. Sonrisas, aplausos y orgullo: por primera vez, el sueño no era solo personal, era colectivo. Desde ese instante, el Mundial dejó de ser una quimera y pasó a ser una meta.
Silencio, guerra y una espera larguísima
Después de aquel primer grito, llegó un periodo de silencio prolongado. Las guerras apagaron el ruido del fútbol y, con el país enfocado en reconstruirse, el Mundial solo se seguía por periódicos. Egipto seguía formando futbolistas y compitiendo en África, donde lograron títulos en la Copa de Naciones, pero el Mundial seguía lejos.
Durante décadas, nombres como Saleh Selim, Taha Ismail, Hassan Shehata y Mahmoud El Khatib mantuvieron viva la llama. Sin embargo, la puerta mundialista no se abría.
1990: la vuelta de los “Faraones” y el comienzo de una nueva era
En 1990, Egipto regresó al Mundial tras 56 años de ausencia. Con Mahmoud El Gohary como capitán y figura clave del equipo, comenzó un capítulo nuevo en la historia deportiva del país.
Clasificación y la explosión en las calles
La clasificación fue dura. El gol de Hossam Hassan contra Argelia permitió que Egipto rompiera una especie de “techo de cristal”. En la noche de noviembre, las calles se llenaron: banderas en balcones y cánticos hasta el cielo. Era un regreso que se celebraba como si fuera imposible.
Palermo 1990: el gol de Magdy Abdelghany
En junio de 1990, Egipto volvió a Italia, específicamente a Palermo, para enfrentar a la selección de los Países Bajos, campeona europea. En el primer tiempo no hubo goles. Sin embargo, en el minuto 58, Wim Jonk marcó para los neerlandeses tras un centro de Marco van Basten.
La historia cambió en el 83’: Hossam Hassan fue derribado dentro del área y el árbitro señaló penal. Magdy Abdelghany tomó la pelota, ejecutó con firmeza y decretó el 1-1. El partido terminó igualado, pero en Egipto se vivió como una victoria emocional.
Años después, ese momento quedó también como anécdota: Abdelghany seguiría recordándolo en entrevistas, como si ese gol fuera el único gran logro futbolístico del país, aunque el tiempo demostrara que la historia tenía más capítulos por escribir.
Egipto 1990: tensión, carácter y orgullo
En su segundo partido, Egipto enfrentó a Irlanda. Fue un duelo cargado de tensión: sudor, gritos y presión constante. La defensa egipcia resistió y Ahmed Shobeir, el arquero, se convirtió en figura al detener cada intento con la sensación de que jugaba su vida en cada balón.
Ese encuentro quedó marcado por las tácticas deliberadas de tiempo de Shobeir. Muchos aficionados relacionaron lo ocurrido con la posterior introducción de la regla del pase atrás por parte de FIFA, aunque más allá del debate, el resultado fue un empate sin goles que, por la forma en que se sostuvo, se sintió como triunfo.
El duelo ante Inglaterra y la “semilla” de El Gohary
Luego llegó Inglaterra, un rival exigente donde Egipto sufrió presión constante y cayó 1-0. Sin embargo, el equipo no lo tomó como una derrota final. Mahmoud El Gohary lo resumió con una frase que quedó grabada en el relato: “Hemos plantado la semilla hoy… alguien la cosechará mañana”.
2010: la cercanía que duele
Tras 1990, Egipto siguió dominando en África con múltiples títulos de la Copa de Naciones, pero el Mundial seguía cerrándose. Pasaron los años y el sueño no se abría.
En 2010, Egipto estuvo a un paso: perdió un repechaje ante Argelia en Sudán. La nación entera lloró, pero el sueño no murió; quedó en pausa, esperando el momento de un nuevo héroe.
2018: Mohamed Salah y el penal que devolvió el Mundial
El protagonista llegó desde Nagrig: Mohamed Salah. Su historia atravesó clubes y continentes. De Al Mokawloon a Basilea, de Chelsea a Fiorentina, de Roma a Liverpool. Cada partido y cada gol parecían llevar un mensaje: el sueño egipcio podía volver.
El héroe en la clasificación
En los clasificatorios para el Mundial 2018, Salah fue determinante. Sus goles reactivaron la esperanza y, en una noche inolvidable en el Borg El Arab Stadium, esa fe se transformó en realidad.
Con el marcador 1-1 ante el Congo cuando el partido entraba en tiempo añadido, el estadio y la emoción subían con cada ataque. En el minuto 94, Trezeguet fue derribado: penal. La narración se aceleró y el grito “¡Danos algo, hermano!” dio paso al momento decisivo.
Salah tomó la pelota, la colocó en el punto y, con una calma casi serena, convirtió. El estadio explotó: el sonido sacudió Alejandría y la gente se volcó a las calles. Después de 28 años, Egipto regresaba al Mundial.
Rusia 2018: el sueño se rompe y se sostiene
Un mes antes del arranque en Rusia, en Kiev, la atención mundial se concentraba en la final de la Champions League: Real Madrid vs Liverpool. En ese contexto, Salah fue seguido de cerca y el “rey egipcio” se escuchó en la ciudad antes del partido, como una señal de que la noche era de él.
Pero en un instante del primer tiempo, todo cambió. Una acción con Sergio Ramos dejó a Salah en el suelo, sujetándose el hombro, con dolor evidente. No pudo levantarse y fue sustituido. En El Cairo, el silencio se impuso: pantallas congeladas, bocas abiertas, niños que minutos antes celebraban ahora inmóviles. Para Egipto, parecía que el país entero se caía con su estrella.
Semanas después, Salah regresó lesionado pero con el espíritu intacto. En el Mundial, el mensaje fue claro: “Los cuerpos pueden caer… pero los sueños nunca”.
El inicio: Uruguay y un golpe en el 89’
En Rusia 2018, los Faraones volvieron tras 28 años, pero no arrancaron de la mejor manera. Salah comenzó en el banquillo mientras Egipto disputaba su primer partido contra Uruguay. Aun sin su figura, el equipo defendió con orden y peleó cada balón con dureza, hasta que Uruguay marcó en el 89’. El golpe fue duro, aunque el espíritu del conjunto dejó claro que el torneo no se definiría solo por ese resultado.
La esperanza: el regreso ante Rusia… con un precio alto
Previo al segundo partido, contra los anfitriones, se repetía la idea de que con Salah todo cambiaría. Fue titular y salió sonriendo, aunque su cuerpo todavía no estaba en condiciones óptimas.
Salah anotó desde el punto penal en San Petersburgo, pero el equipo ya iba con desventaja: para ese momento, Egipto ya acumulaba tres goles en contra. El Mundial quedaba prácticamente sentenciado cuando faltaba aún un partido por jugar.
Último grupo: Arabia Saudita y salida sin puntos
En el último duelo de la fase de grupos, Salah volvió a marcar contra Arabia Saudita. Aun así, la derrota llegó. Egipto se despidió del torneo sin sumar puntos, un final amargo para un regreso que había encendido a todo un país.
Después de Rusia: golpes en África y una fe que no se apaga
Tras Rusia 2018, Egipto enfrentó su etapa más dura. La misma generación regresó con la intención de recuperar la alegría en la AFCON 2019, pero el gozo se retrasó: en los octavos de final, Egipto cayó ante Sudáfrica en una eliminación que sorprendió a millones.
Dos años más tarde, en Camerún 2021, las condiciones fueron difíciles y el rendimiento no fue el ideal, pero el espíritu cambió. Salah lideró a un equipo que se repuso a golpes, y tras perder el primer partido ante Nigeria, Egipto eliminó a Costa de Marfil, Marruecos y Camerún antes de llegar a la final contra Senegal.
Por tercera vez en el torneo, el desenlace se decidió desde los penales. Esta vez, Salah no llegó a ejecutar: la tanda se inclinó a favor de Senegal antes de que él pudiera tomar su turno.
El golpe que faltó: la clasificación mundialista de 2022
Semanas después, Egipto y Senegal se volvieron a ver las caras, ahora con la clasificación para el Mundial 2022 en juego. Otra vez, la eliminatoria se definió desde los penales. Esta vez, Salah sí tuvo su oportunidad: se mostró sereno y confiado, incluso con los destellos de láseres en las gradas iluminando su rostro.
Pero cuando pateó, el balón se fue por encima del travesaño y se perdió en la noche. Egipto se quedó helado. El sueño de otro Mundial desapareció en un instante, aunque la fe —construida durante más de un siglo— no se cae de un día para otro.
Rumbo a 2026: una nueva generación y el mismo hambre
En las eliminatorias rumbo a 2026, Salah ya no camina solo. A su alrededor hay una generación nueva, chicos que crecieron viendo cómo él subía, caía y volvía a subir. Ya no lo miran solo como una estrella: lo ven como un hermano mayor.
El equipo también cambió en identidad. Desde el primer partido contra Djibouti se notó una diferencia: Egipto juega con organización, hambre y unidad. Salah sigue marcando, pero ahora comparte el protagonismo con Omar Marmoush y Ahmed Sayed, conocido como Zizo, que brillan junto a él.
El técnico Hossam Hassan recorre la línea técnica con intensidad, gritando: “¡Presionen! ¡No se rindan!”. Su rol no es solo táctico: vive el partido como si fuera el suyo, y ha devuelto al equipo una forma de jugar con miedo apagado y con fútbol de pasillo: los jóvenes, que antes lo veían desde la televisión, ahora le pasan la pelota dentro del campo.
Partido tras partido, Egipto se mantuvo invicto. De 10 encuentros clasificatorios, ganó ocho y empató los otros dos para liderar su grupo con calma y convicción. Al terminar el último compromiso, Hossam sonrió en silencio en la banda. Los futbolistas celebraron con modestia, como si dijeran: “El trabajo real empieza ahora”.
El futuro: el Mundial como misión, no como destino
Ahora, todas las miradas apuntan al Mundial. Hossam Hassan ya planifica y Salah dejó una promesa a la afición: “Esta vez no será solo por participar”.
Porque la historia de Egipto en los Mundiales no es un simple conteo de partidos: es una prueba constante de resistencia. Una nación que aprende a levantarse, a esperar su momento y a convertir la fe en fútbol.
