Dorival Junior vivió su peor noche como seleccionador de Brasil en el momento más delicado: la derrota 4-1 ante Argentina en Buenos Aires llegó apenas dos meses después de una Copa América 2024 que terminó de forma amarga en los cuartos de final, decidida por penales. Con ese golpe, el ambiente dentro y fuera del país se volvió insoportable para el técnico brasileño, y el clamor de cambio se instaló con fuerza.
El partido aún no había terminado cuando ya se intuía que la continuidad de Dorival estaba condenada. La selección, que durante mucho tiempo se sintió como un “país de las maravillas” futbolístico, volvió a mostrar la presión acumulada de décadas sin conquistar un Mundial, y esa carga suele caer primero sobre los entrenadores.
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La trayectoria de Dorival como DT de Brasil acumulaba apenas la segunda derrota en sus primeros 16 encuentros al mando. Sin embargo, el 4-1 ante Argentina terminó pesando más que los números. En pocas horas se reactivó el debate sobre el rumbo de la Selección, y el cambio dejó de ser una posibilidad para convertirse en una sentencia.
Cuando la televisión brasileña, históricamente muy influyente en el seguimiento del combinado nacional, anunció la necesidad de “cambiar el curso” de cara al Mundial de 2026, el mensaje fue claro: la CBF tendría que buscar un nuevo entrenador. En ese proceso, Brasil se encaminaba hacia su cuarto seleccionador del ciclo rumbo al torneo en Norteamérica.
Carlo Ancelotti: el nombre que encendió la esperanza del “sexto título”
Dos semanas después, Brasil confirmó a Carlo Ancelotti. La elección no fue menor: el italiano aterrizaba cerca del Mundial, con un historial que lo ubica entre los entrenadores más exitosos del planeta.
La llegada de Ancelotti además tuvo un componente simbólico para el aficionado brasileño: durante años, en el imaginario colectivo se hablaba de ver a Pep Guardiola como DT de la Selección. En ese contexto, colocar a Ancelotti —un técnico de élite, con conocimiento profundo del fútbol europeo y familiaridad con varias de las figuras brasileñas— se convirtió en una razón potente para volver a ilusionarse con el ansiado “sexto” Mundial.
El entusiasmo también se explica por el momento en que se produce: en 2024-25, Ancelotti tuvo una temporada final con Real Madrid que no cerró como se esperaba, y el club le abrió la puerta para una salida elegante. Así, el salto a Brasil apareció como una oportunidad histórica.
El problema de fondo: el “descenso” de los entrenadores brasileños
Más allá del análisis técnico de cada partido, el cambio en la Selección puso sobre la mesa una discusión de fondo: la percepción de una caída acelerada en el nivel de los técnicos brasileños. En Brasil, el debate no es nuevo, pero en los últimos años se volvió más visible.
En el fútbol brasileño siempre hubo presencia de extranjeros. De hecho, el llamado “método húngaro”, activo globalmente en los años 40 y 50, también dejó huella en Brasil con nombres como Dori Kurschner, que introdujo ideas tácticas profundas, y Bela Guttmann, cuyo asistente en el São Paulo en 1957 fue Vicente Feola, quien luego guiaría a Brasil a su primer título mundial en 1958.
Pero desde 2019, la puerta para entrenadores foráneos se abrió con más fuerza. El gran impulso lo dio Jorge Jesus en Flamengo, y luego se sumaron otros casos que marcaron época: Abel Ferreira en Palmeiras y Artur Jorge en Botafogo, ambos con logros que consolidaron la tendencia. Incluso entrenadores llegados como incógnita terminaron convirtiéndose en figuras, como el argentino Juan Pablo Vojvoda, que en 2021 llegó a Fortaleza sin un gran cartel previo y terminó convirtiéndose en leyenda al llevar al club a soñar con trofeos nacionales y continentales; se marchó en 2025, tras un adiós emocional.
Mientras tanto, muchos técnicos brasileños se fueron quedando relegados a un rol de “plan alternativo”. De hecho, en la actualidad una parte importante de los entrenadores en la máxima categoría del país proviene del extranjero.
¿Por qué Brasil tarda tanto en producir “pensadores” de élite?
El interrogante que flota en el ambiente es simple: si Argentina o Uruguay han sostenido entrenadores que llegan a dirigir clubes de élite en la Champions League, ¿por qué Brasil no logra exportar técnicos con la misma regularidad desde hace décadas?
Como referencia histórica, se mencionan los últimos nombres que sí tuvieron ese salto: Luiz Felipe Scolari en Chelsea y Vanderlei Luxemburgo en Real Madrid, a mediados de los 2000.
Además, existe el factor del “carrusel” de entrenadores. Muchos que tuvieron éxito en Sudamérica terminan cayendo en el ambiente de presión brasileño, o bien llegan a la Selección con expectativas altísimas y, cuando los resultados no acompañan, son juzgados con dureza por el público.
Una lista de decisiones que no terminaron de cuajar
Brasil intentó distintos caminos. Carlos Alberto Parreira, campeón del mundo en 1994 y uno de los estrategas más influyentes de su generación, volvió a dirigir el equipo en 2006. Sin embargo, no logró organizar una plantilla llena de estrellas como Ronaldo, Ronaldinho, Adriano, Kaka, Roberto Carlos, Cafu, Dida, Juninho Pernambucano, Zé Roberto, Lúcio y Juan.
De esa etapa se pasó a una reacción que terminó marcando el siguiente capítulo: se eligió a Dunga, héroe de 1994 y capitán triunfador, un técnico que no había dirigido clubes antes de asumir el rol. Tuvo dos ciclos (entre 2006-10 y 2014-16), pero en ninguno de ellos logró convencer de forma sostenida.
Mano Menezes apareció con fuerza en torno a 2010, aunque no pudo sostener el impulso. Luego regresó Scolari en 2013 por nostalgia del Mundial de 2002 y por el peso emocional de su famosa “Familia Scolari”. Incluso llegó a verse en un anuncio con una imagen paternal, pero el contraste fue cruel: Brasil cayó 7-1 ante Alemania en una semifinal del Mundial, un golpe que dejó la sensación de “hombres contra niños”.
Con Tite, Brasil creyó haber encontrado al técnico más preparado. Llegó antes del Mundial de 2018, su arranque en Eliminatorias fue inspirador y su trayectoria pesaba: había sido el entrenador con más títulos en la historia de Corinthians, además de generar respeto general. Incluso se llegó a describirlo como “un entrenador europeo con piel brasileña”.
No obstante, Tite también quedó corto: no consiguió pasar de los cuartos de final en dos Mundiales. Tras dejar el cargo en 2022, no aterrizó en ningún puesto grande en Europa, algo que había soñado.
El interinato de Diniz y el “plan improvisado”
Con la CBF atravesando un clima institucional complicado, la planificación para 2026 se fue torciendo. El nombre de Fernando Diniz apareció como una apuesta con identidad: era visto como el técnico brasileño más innovador de las últimas décadas por su estilo valiente basado en la posesión.
En 2023, Diniz lideraba a Fluminense hacia una campaña histórica que terminaría con el título de la Copa Libertadores. Sin embargo, Ednaldo Rodrigues, presidente de la CBF en ese momento, le pidió que duplicara funciones: dirigir club y selección de forma interina mientras Ancelotti aún estaba en la órbita de negociación.
El problema, según el análisis que se impuso, fue la falta de un proyecto de largo plazo para esa transición. Se improvisó, y el plan no funcionó: cuando Ancelotti renovó con Real Madrid a finales de 2023, Diniz apenas logró dos victorias en seis partidos.
Dorival como puente… pero el final llegó más rápido de lo esperado
En ese contexto apareció Dorival Junior. Venía de etapas sólidas con Flamengo y São Paulo, y su perfil encajaba como “plan B” por dos razones: su calma y su reputación como entrenador capaz de manejar egos con diplomacia, algo clave en planteles donde la personalidad de las estrellas puede volverse un desafío.
Pero el destino se encargó de cerrar el ciclo con rapidez. La derrota ante Argentina, con el 4-1 en contra, fue el último golpe en una secuencia que ya venía cargada de dudas.
Una contratación con apoyo… y con críticas
En Brasil no todos celebraron la elección de un extranjero. Algunos técnicos brasileños cuestionaron la decisión de traer a Ancelotti, argumentando que el país ya había sido campeón del mundo con entrenadores brasileños. Antonio Lopes, figura respetada en el ambiente local y coordinador durante el título mundial de 2002, expresó su postura al preguntar por qué se debía recurrir a un técnico foráneo cuando Brasil ya había conquistado el Mundial con cinco entrenadores de su país.
También se escucharon quejas desde el exentrenador Emerson Leão, campeón del mundo en 1970, quien lamentó el contexto: “Los grandes clubes están liderados por extranjeros. ¿Dónde está Brasil? ¿Dónde están los entrenadores brasileños? ¿Dónde está la gente que dirige esta función?”, y se mostró decepcionado con la nueva generación de técnicos, a los que consideró incapaces de ofrecer más fuerza, más derechos y más calidad para la Selección.
Sin embargo, hubo respaldos importantes. Parreira y Scolari, dos nombres vinculados directamente a la historia de Brasil como campeón del mundo, dieron su bendición al italiano. Incluso Ancelotti recibió como bienvenida una réplica de la chaqueta de Mario Zagallo, uno de los símbolos más representativos del fútbol brasileño.
En el acto de presentación, Parreira le deseó éxito para alcanzar el sexto título. Scolari, presente en el evento, lo recibió con calidez y le pidió que se mantuviera fiel a su estilo, recordándole que en Brasil podría lograr lo que ya había conquistado en otros destinos.
Más tarde, Dorival también apareció en una foto amistosa con Ancelotti, sonriendo lado a lado, un gesto que reflejó el respeto mutuo pese al final acelerado del ciclo anterior.
Brasil, Uruguay y el “síndrome del entrenador extranjero”
Entre las ocho selecciones que han ganado el Mundial, hay tres que atraviesan ahora las sequías más largas con entrenadores extranjeros: Uruguay, con Marcelo Bielsa; Inglaterra, con Thomas Tuchel; y Brasil, con Ancelotti. En cada caso, el contexto es diferente, pero la coincidencia apunta a un cambio en la identidad de los proyectos nacionales.
Desde 2006, más del 80% de las convocatorias a Copas del Mundo en Brasil incluyeron jugadores que desarrollan su carrera en Europa. Muchos salen de Brasil siendo adolescentes y terminan su formación en academias europeas, lo que hace que su relación con el ecosistema futbolístico local sea menor que en generaciones anteriores.
En ese marco, un entrenador europeo para un grupo de futbolistas con mentalidad y entrenamiento europeo puede no ser una traición cultural, sino una necesidad táctica y de comunicación. Y Ancelotti, por trayectoria y conocimiento, aparece como una opción particularmente compatible.
La conexión futbolística de Ancelotti con el talento brasileño
Ancelotti no llega como un desconocedor de la realidad brasileña. Como jugador, fue discípulo de Nils Liedholm, entrenador sueco que se convirtió en admirador del fútbol brasileño tras presenciarlo de primera mano; Liedholm incluso marcó en la final del Mundial de 1958, cuando Brasil se coronó campeón.
Antes de retirarse, Ancelotti compartió equipo con dos grandes volantes brasileños: Paulo Roberto Falcão y Toninho Cerezo. Pero como técnico, su vínculo con las estrellas brasileñas se profundizó todavía más.
En AC Milan, dirigió a Ronaldo, Ronaldinho, Cafu, Dida, Rivaldo, Serginho y muchos otros nombres. Uno de sus logros más destacados fue moldear a Kaka hasta convertirlo en ganador del Balón de Oro en 2007.
En Real Madrid, su trabajo fue clave en la transformación de Vinicius: pasó de ser un joven talentoso pero irregular a un delantero de primer nivel, autor de goles decisivos. Bajo su gestión, Vinicius fue elegido Jugador Masculino “The Best” de la FIFA en 2024.
Además, Ancelotti conoce de cerca la generación brasileña actual: Casemiro, Rodrygo, Éder Militao y Richarlison (con quien tuvo un paso breve en Everton) figuran entre más de 30 futbolistas brasileños que jugaron bajo su dirección a lo largo de su carrera.
Si el fútbol brasileño, impulsado por la globalización del dinero y las academias, ha convertido a muchos de sus cracks en profesionales formados en Europa, entonces contratar a un técnico que comprenda a fondo esa realidad puede ser menos una ruptura y más una estrategia para competir al máximo.
Un detalle final: el idioma importa menos que la historia
Al final, que Ancelotti sea italiano puede quedar como un dato secundario. Lo importante será lo que ocurra dentro del campo: si el “nuevo rumbo” prometido por la CBF se traduce en resultados reales y Brasil vuelve a acercarse al Mundial como en su mejor versión.
Para los entrenadores brasileños que aún sueñan con dirigir a la Seleção, la historia de Ancelotti es un recordatorio: el tiempo, el contexto y el proyecto pesan tanto como la identidad. Y ahora, el desafío es enorme: convertir la esperanza en el sexto título mundial.
