Según Mons. Ernesto José Romero Rivas, obispo del Vicariato de Tucupita, Venezuela, la situación que vive el pueblo venezolano es “bastante crítica”, algo que “se percibe mucho más en las zonas pobres, como los barrios o las zonas indígenas”.

Por Luis Miguel Mondino *

La realidad de la región del Delta Amacuro, desembocadura del rio Orinoco, donde viven los indígenas warao, es una demonstración de una situación que impide que la población de Venezuela “lleve adelante con normalidad su vida”.

El obispo capuchino de Tucupita, Mons. Ernesto José Romero Rivas, lamenta la falta de “propuestas políticas que realmente salgan en la defensa de la población”, lo que ha provocado una salida en masa del país, también de los indígenas warao.

El obispo afirma que los waraos “lo que más piden es una inculturación del Evangelio”, pues “ellos insisten mucho que las diferencias culturales son una riqueza, no un problema. Este es uno de los desafíos más grandes, cómo atender al pueblo indígena warao, conservando sus valores culturales”, y junto con eso, “que la liturgia pueda ser un poco más comprensible en el ámbito indígena”.

 

¿Cuál es la realidad del pueblo warao en el Vicariato de Tucupita?

El pueblo warao como todos los pueblos indígenas en la región, viven una situación marginal, en la selva, sin tener acceso a la salud, a la educación, a una vivienda decente. Aquí los warao siempre han estado en los caños, donde las condiciones de vida siempre son difíciles, porque para acceder a esas comunidades hay que tener embarcaciones con motor fuera de borda, estos motores cada vez son más caros el combustible, a pesar de que Venezuela siempre ha tenido la fama de tener gasolina hasta para regalar, sin embargo en estos momentos es bastante complicado conseguir gasolina y se hace muy difícil el acceso a las comunidades indígenas.

La mayoría tiene que venirse a Tucupita (actualmente también a Barrancas, Monagas), a buscar alimentos, alguna medicina, porque en sus comunidades, que son las orillas del río en la desembocadura del Orinoco, no pueden vivir con normalidad, con tranquilidad, decentemente. Para los políticos, ellos nunca han representado un sector importante de la sociedad, sino que han representado un grupo que les puede ayudar a acceder al poder.

Comunidad Warao – Foto: Jan Costa

Entonces les visitan cuando hay elecciones y les contentan con una bolsa de comida, una caja de alimentos, y luego las promesas se vuelven en nada, se caen al río, como dicen ellos, los políticos al volver, tiran al río las promesas y se olvidan de ellos. Tanto lo que llaman la Cuarta República, como en estos veinte años de socialismo siempre han estado marginadas. En ese sentido, ellos lo reconocen, no está bien que yo lo diga, pero bueno, ha sido la Iglesia la única que ha trabajado y estado con ellos en las buenas y en las malas. Y bueno, ese es nuestro empeño, seguir acompañando al pueblo indígena en sus luchas, en sus tareas, y dándole esperanza de vivir y de echar hacia adelante.

 

¿Cómo la minería está afectando el medio ambiente y a los pueblos que viven en la Amazonía?

Nosotros estamos en la desembocadura del Orinoco. El problema nuestro es que somos el final de toda la contaminación que llega por el río, hasta aquí. Somos como ese reservorio de toda la contaminación que se vierte, de todos los componentes de la explotación minera, del mercurio, muchas veces derrames petroleros, todo el sucio, lo recibimos. Y es allí donde vive nuestro pueblo warao. Cada día son más comunes enfermedades que tienen explicación a través de esta contaminación. Niños con labio leporino, este síndrome del paladar hundido u otros. Los especialistas dicen que es por el alto contenido de hierro que se le está vertiendo al río.

La riqueza cultural de los indígenas warao – Foto: Juan Carlos Greco

Así muchas enfermedades, que pensábamos que habían desaparecido, van reapareciendo, como es el paludismo, el sarampión, y se ven muy afectados por toda la contaminación que se vierte, por la tala indiscriminada, el uso de componentes para la pesca que son perjudiciales, y todo lo que significa el Arco Minero del Orinoco, que es un proyecto de muerte para toda la Amazonía venezolana. Es un proyecto de muerte, donde el gobierno está decidido a explotar las minas de oro, de diamante, petróleo, y esto pone en jaque a todas las comunidades indígenas.

 

¿ En la realidad de Venezuela, cuáles son los desafíos pastorales para la Iglesia en la Amazonía?

Uno de los graves problemas es la movilidad, no tenemos acceso a poder visitar las comunidades y a llevar adelante un trabajo ordenado, coordinado y planificado, pues las embarcaciones tienen un motor fuera de borda, que es importado, en Venezuela ya no se puede importar, un motor está alrededor de doce mil, trece mil dólares, y eso es un precio inaccesible para nosotros, es imposible de pagar. Luego el tema del combustible, no es fácil conseguir combustible, de manera que estamos atados de manos, la situación es complicada por el tema de la movilidad.

Ese sería uno de los principales problemas, porque al haber movilidad, visita, organiza y coordina las tareas, que son tan importantes, mantener a las comunidades indígenas, porque por la situación geográfica hay más vías fluviales que vías terrestres, de manera que para nosotros la embarcación es vital. Hoy por hoy no podemos contar con esas embarcaciones, pues cada día se hace más complicado tenerlas, los motores son muy delicados, se rompen a cada rato, porque en el río hay deshechos, cualquier tronco de madera rompe la propela del motor.

En las comunidades había un programa educativo, de salud, de vivienda, de organizar cooperativas, entonces eso se hace bastante complicado, el acceso a las comunidades. Ese es uno de los problemas, pues la alimentación, las medicinas, si no podemos llevarlo es más complicado todavía.

Pueblo warao pide respeto a la cosmovisión e identidad cultural – Foto: venergia.org

El Papa Francisco ha insistido mucho en que escuchen a los pueblos a los que acompañan. Como fruto de esa escucha hemos tenido varias asambleas sinodales con líderes comunitarios, con jóvenes, con todas las personas involucradas, sobre todo indígenas, pero también acompañadas de criollos, en las parroquias. Lo que más piden es una inculturación del Evangelio, que podamos compartir las riquezas, las diferencias no son un problema, son una riqueza. Ellos insisten mucho que las diferencias culturales son una riqueza, no un problema.

El problema puede estar en no tener los modos, las maneras y las estrategias para integrarlos, es una de hacer una sociedad más pluricultural, que nos respetemos y al mismo tiempo podamos compartir las riquezas culturales de ambas naciones, en este caso la nación warao y la nación criolla que vive en el vicariato.

Creo que este es uno de los desafíos más grandes, cómo atender al pueblo warao, conservando sus valores culturales y que puedan integrarse como unos ciudadanos libres, importantes dentro de nuestra sociedad. Porque nuestra sociedad sigue mirando al indígena desde arriba abajo, sigue considerándolo como un pobrecito. No se le considera en su dignidad de persona, de ser humano, de hijo de Dios. Creo que esto es lo que hemos escuchado a través de las asambleas.

Lo otro es que podamos llevar adelante un programa pastoral mucho más acorde a las tradiciones, y cuando hablo de tradiciones, hablo de costumbres, bailes, cantos, lengua warao. Que la liturgia pueda ser un poco más comprensible en el ámbito indígena y que también podamos abrirnos a la riqueza cultural, en sus tradiciones, en sus ritos, sobre todo en sus mitos. Ellos tienen sus relatos como Dios se ha dado a ellos en sus momentos importantes de la vida, de la historia.

 

* Entrevista publicada originalmente en Religión Digital. Edición de Padre Juan Carlos Greco, IMC, misionero en Nabasanuka.

Mons. Ernesto José Romero Rivas obispo del Vicariato de Tucupita – Foto: Patricia Giraldet

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