El Señor, Dios de la Vida, me hizo nacer en São Paulo (Brasil), pero por su inmenso amor me guía, al igual que a toda mi familia migrante por las manos de mis padres, a esta “tierra sagrada” y a los pueblos amazónicos, en aquel entonces, todavía muy pequeños. Ahí me convertí en una hija adoptiva del corazón de la Amazonía; crecí y entendí la llamada del amor de Dios en mi vida.

 

“Antes que te formases en el vientre de tu madre te conocí, antes de que nacieras te consagré, para que fueras profetas de las naciones” (Jr 1,5)

Mi nombre es Dorismeire Almeida de Vasconcelos, laica consagrada de la Orden Franciscana Seglar, catequista, licenciada en Letras y Especialista en Lenguaje y Docencia en la Universidad Federal de Pará, activista socioambiental que trabaja junto a varios movimientos socioambientales del Xingu, en la Articulación del Comité de la REPAM Xingu, referente del Eje de Derechos Humanos e Incidencia Internacional de la REPAM Brasil, Animadora Laudato Si y estuve como auditora en el Sínodo Especial de Obispos para la Amazonía (2019).

Actualmente vivo en Altamira, un municipio del estado de Pará (Brasil), donde se encuentra la sede de la Diócesis del Xingu. Trabajo en la secretaría de pastoral, experimentando profundamente en mí el amor a Dios, a la Iglesia y a la misión con los pueblos del Xingu (indígenas, ribereños, comunidades tradicionales, campesinos, habitantes de la ciudad, jóvenes…) sin voz y sin muchas oportunidades.

 

LLAMADO

 

El vínculo de amor que allí surgió con esos pueblos me llevaron a decir sí, primero al magisterio y luego un sí a la misión evangelizadora. El llamado de amor profundo, como los rayos del sol, entró en mi piel, corrió por mis venas y resonó fuerte en mi corazón, desde el primer aliento de la vida, enraizado en la fe inquebrantable de mi padre José, y se fortaleció al caminar por los dones de Dios.

Dios me estaba guiando a la vida en común y a ser instruida en la vida y la fe por los carismas de las Hermanas Dorotheas (de Santa Paula Francinete), la Orden de los Hermanos Menores, las Adoradores de la Sangre de Cristo, los Misioneros de la Sangre de Cristo, los Misioneros Javerianos y por toda la familia franciscana. He comprendido la importancia de la vida, la fe y, sobre todo, el compromiso de la opción preferencial por los excluidos y excluidas, entregando la vida por la causa del Reino de Dios, con estos misioneros y misioneras.  La semilla de la Palabra estaba enraizada en mi corazón.

Lo que de verdad hizo germinar en mí el amor, la fe y la esperanza fueron las enseñanzas y el testimonio de fe y vida de dos grandes misioneros: Mons. Erwin Krautler, obispo emérito del Xingu, y del padre Savio Corinaldese, javeriano. Viviendo en el suelo sagrado del Xingu y con el amado pueblo que me acogió ahí, este llamado me lanzó a las aguas más profundas de la misión e hizo germinar y florecer esta semilla llamada de “amor”.

El obispo Erwin Krautler me bautizó, me confirmó y me enseñó a caminar en la vida misionera a través del servicio, diálogo, anuncio y testimonio de fe en Nuestro Señor Jesucristo, con el pueblo, dándolo todo, siguiendo firme y fuerte en fidelidad a Su proyecto.

El padre Savio Corinaldese fue quien me introdujo a la misión junto a la gente, enseñándome a defender la vida, a conocer los derechos y a luchar por la garantía de los derechos de los pueblos. Me enseñó a no cruzar los brazos.  Él siempre estaba dispuesto a emprender el camino, con voz alta y fuerte, dispuesto a asumir las consecuencias de esta ardua misión con los “descartados” de la sociedad, dejados de lado.

CON EL PUEBLO XINGUARA

 

Vivo hace años experimentando, día a día, el suelo y las aguas del Xingu, desde el amanecer hasta la última brisa de la noche, iluminada por las estrellas y la luz de la luna, en la conversa puerta a puerta, en las calles, en los caminos y en realidades, a menudo, olvidadas y descuidadas, o navegando en el Xingu con mujeres, hombres, jóvenes, adolescentes y niños xinguaras.

Son 22 años de misión en el Xingu viviendo las alegrías y en la resistencia con el pueblo xinguara frente al sufrimiento traído por los grandes proyectos. Estos son años de un sí convencido a Dios, a la Iglesia y al pueblo amado de Dios.

Con estos pueblos comparto sus tristezas y angustias, sus alegrías y esperanzas, en el compromiso con el servicio pastoral y catequético, y en los gestos fraternos y solidarios que dedico a los más necesitados, experimentando el anuncio de la Palabra que libera la vida, haciendo del Evangelio mi vida y de mi vida la práctica del Evangelio.

Siendo simplemente Doris en la pequeña comunidad nazarena de Recreio, en Altamira (Santuario de Nuestra Señora de Nazaret), rincón favorito donde repongo las fuerzas para caminar, siento el latido del corazón de cada hermano y hermana de fe y vida. El Santuario de Nuestra Señora de Nazaret es mi hogar materno; el regazo de mi madre, bajo el manto de María, renuevo mi amor a la Iglesia.

Allí las matriarcas, madres de 80 a 30 años, me educaron en la fe y siempre nos acogen cariñosamente con un abrazo materno que sana y cura las heridas de quienes viajan a través de todo este territorio en misión. Es una comunidad mayoritariamente de mujeres que evangelizan, en la familia, a toda la comunidad; educaron en la fe a todas las generaciones del Recreio, barrio más antiguo de la ciudad de Altamira, hecho de casas de paja, lavadoras y pescadores.

Son sencillas mujeres que, sin interrupción, hace 60 años pidieron al obispo Clemente Geiger que hiciera una capilla en el barrio de casas de paja para que pudieran orar y educar a sus hijos e hijas en la fe, porque eran muy pobres y se sentían mal para asistir a la imponente catedral. El obispo atendió a la solicitud y, hoy en día, la pequeña capilla construida se ha convertido en un Santuario Nazareno firme en la fe y la vida. Este proceso evangelizador está siendo llevado a cabo, durante más de 60 años, por mujeres, verdaderas “diaconisas”, orientadas y acompañadas por Dom Erwin Krautler, nuestro obispo emérito del Xingu.

ACTIVIDADES MISIONERAS

 

Cada día es un don total de agradecimiento a Dios por mi vocación, de empoderarme y proporcionar oportunidades para aprender y enriquecer experiencias en la fe y en la vida, viviendo con los pueblos del Xingu. El Dios de amor, en todos estos años, siempre me ha guiado, orientado y llevado a la misión:

  1. en el servicio catequético de iniciación a la vida cristiana con niños, adolescentes, jóvenes y adultos en la comunidad Santuario de Nuestra Señora de Nazaret, Altamira, en la profunda experiencia personal y comunitaria con Cristo;
  2. en diálogo, como secretaria pastoral, con más de 786 comunidades eclesiales de base, 122 parroquias, 6 regiones pastorales, 5 áreas pastorales “casi parroquias”, distribuidas por 10 municipios en una región de ríos, autopista transamazónica, carreteras vecinales, aldeas, territorios indígenas, zonas de conservación y áreas extractivas. Ahí viven más de 8 grupos étnicos indígenas en el medio Xingu (Xipaya, Kuruaya, Asurini, Parakaná, Arara, Juruna, Xkrin, Arawete) y varias comunidades tradicionales y afrodescendientes.
  3. En el apoyo, articulación y acompañamiento para unir las fuerzas vivas en una red, buscando el fortalecimiento de la Iglesia y para una práctica de la Ecología Integral fortalecida por la presencia y apoyo de todo el equipo de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), que nos acogió y nos enseña a estar firmes cada día a animar y articular, en nuestro territorio, las fuerzas locales al servicio de la vida, la evangelización y la Ecología Integral, afectados por diversos impactos sociales y ambientales.
CARISMA Y MISIÓN

 

Me consagré a la Orden Franciscana Secular para amar, servir y hacer de la práctica del Evangelio mi vida, donde mis pasos van encaminados y acompañados de grandes luchas en defensa de la vida, de los derechos humanos y de la naturaleza.

Algunas de las grandes luchas, como el caso de los niños castrados, el abuso y explotación de niños, mujeres adolescentes, violencia contra mujeres y jóvenes, contra los grandes proyectos (UHE Belo Monte, Belo Sun y otras empresas mineras) y los conflictos en el campo provocados por la invasión de madereros, acaparadores de tierras, mineros y exploradores de recursos naturales, extracción depredadora, siguen fortaleciendo mi fe y mi compromiso con los pueblos del Xingu.

Cabe señalar que el 90% de este camino de evangelización, defensa de la vida y lucha por la garantía de los derechos y del territorio lo realizamos nosotras, las mujeres, madres y profesionales luchadoras. Además de todos los viajes y el cuidado de las familias, encontramos tiempo para participar en sindicatos, organizaciones sociales e instituciones estatales, para exigir derechos que garanticen la vida plena a todos los pueblos y al territorio del Xingu.

En mi misión acompaño a mujeres y madres que pierden a sus hijos e hijas, hermanos y hermanas que lloran, pero transforman este luto en lucha y cuido de las comunidades más distantes, a las que el sacerdote solo puede visitar cada 6 meses o uno, dos o, incluso, diez años.

¡Ahí estamos! Después de la lucha y el trabajo diario, rezamos el rosario, organizamos círculos bíblicos, novenas, reflexionamos a la luz de la Palabra y preparamos a cada comunidad para, cuando el sacerdote venga, recibir los sacramentos. Durante todo el día, enseñamos a nuestra comunidad, desde la práctica, a vivir en el compromiso de las promesas bautismales, en el compartir de la Eucaristía, con la misión y el diálogo, servicio, anuncio y testimonio de fe y vida, visitando a los enfermos y familias vulnerables, resolviendo los problemas socioambientales y de sostenibilidad, para garantizar una vida plena a todos en sus territorios.

LIDERAZGO DE LAS MUJERES

 

¿Qué sería de los equipos misioneros y sacerdotes de la parroquia sin nosotras, mujeres “diaconisas” en las comunidades?

La Iglesia en el Xingu está compuesta en un 90% por mujeres en la pastoral, liturgia y socioambiental; solo hay 21 sacerdotes, 37 religiosas y 5 religiosos para aproximadamente 247.501 católicos en una enorme distancia geográfica de 361.981 km2.

Si no somos nosotras, laicas y religiosas en las más de 607 Comunidades de Comunidades de Base (515 en el medio rural y 93 en el urbano), no habría evangelización. Nosotras nos responsabilizamos y somos muchas Marías, Marienes, Socorros, Raimundas, Madalenas, Josefas, Antonias, Ivonetes, Franciscas, Rosas, Estes, Malaques, Terezas, Elianes, Francinetes, Fátimas, Cristianes, Danielas, Lucias, Cassias, Saras, Silvias, Anas, Marlucias, Doris, Anas Claras ….

Son estas mujeres las que en mis 22 años de misión me han afianzado en que, con cada nuevo amanecer, al mirar al sol en las orillas del Xingu, el Dios de la vida solo quiere que yo esté siempre presente con la gente. Es como si contáramos los granos de arena en las orillas de las aguas del Xingu. Si recorremos las comunidades nos encontramos con mujeres, jóvenes y niños que educan a sus hermanos y hermanas en la fe en cada ribera, en cada camino y en cada puerta y patio trasero de casas, malocas, aldeas y pueblos.

MI VIVIR Y SENTIR MISIONERO

 

Que yo sea esa presencia activa, afectiva y eficaz con la mirada amorosa, atenta y esperanzada que Dios me enseña permanentemente en la navegación del Amazonas.

Vivir la misión en el Xingu con la gente a lo largo de los años, visitar las comunidades, trabajar en la catequesis y la formación y en acciones socioambientales, han hecho que con las experiencias vividas aprendan-desaprendan y reaprendan con la gente.

Aprendí que evangelizar en la Amazonía es una misión llamada a realizarse con el corazón y el alma abiertos, para dejar ir los hábitos y costumbres insertos en nuestra experiencia, y entrar en un diálogo intercultural que se asume en el intercambio de conocimientos, experiencias y sentimientos; que solo se pueden trabajar en el colectivo para profundizar al personal, en la profundidad de nuestro ser: conversión integral.

Comprendí que el tiempo y el conocimiento provienen de Dios, y que interactúa en la creación en su conjunto, estableciendo una conexión indescifrable entre Dios-las personas-la creación, pero fuertemente asentada en la fe.

No hay forma de evangelizar en este terreno sagrado entre los pueblos sin este diálogo, servicio, anuncio y testimonio construido colectivamente en la sencillez, la humildad y el compartir la fe y la vida. Por eso la cita de São Paulo a los Corintios, me describe la experiencia misionera en el Xingu, que es diálogo y servicio de entrega hasta el final por el amor de Dios, la Santa Iglesia y las personas:

“Porque, si anuncio el evangelio, no tengo que jactarme, porque esa obligación se me impone; y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría derecho a una recompensa; pero, si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado… Porque, siendo libre para todos, me convertí en servidor de todos para ganar a cuantos pueda. Me volví débil por los débiles, para ganar a los débiles. Hice todo por todos, para que por todos los medios pudiera salvar a algunos. Hago esto por el evangelio, para también ser partícipe de él” (1 Cor 9, 16-17, 19,22-23).

Me siento animada cuando visito las aldeas y veo a las mujeres apoyando a sus comunidades, caminando con ellas por senderos entre los bosques, guiando canoas o caminando para reunir a la gente para orar, especialmente cuando las veo en la choza del pueblo, en los sindicatos, en los concejos ribereños dialogando en voz alta con promotores, defensores y organismos públicos para garantizar la salud, la alimentación, la seguridad, la educación, el transporte y la vida.

Esta Palabra se refleja con fuerza cuando las veo llorar junto a un hijo violado, torturado y asesinado; cuando el dolor atraviesa el alma, como lo hizo con María. Una fuerza enorme nos asiste para levantar nuestros cuerpos y como guerreras, transformamos el duelo en lucha y garantizamos la vida a los hijos e hijas de nuestras otras hermanas mujeres.

Y resuena con profecía cuando juntas estamos en las grandes asambleas pastorales de decisión y dirección, cuando al hablar con fuerte voz logramos transformar vidas en signos de esperanza y alegría para las comunidades.

Según los datos estadísticos de la diócesis, estamos seguras de que, de las casi 1.090 confirmaciones anuales, el 80% fueron preparadas por nosotras las mujeres, que somos 871 catequistas. Y no hay mayor alegría que ver que la mayoría de los confirmados y confirmadas de una historia de más de 80 años de evangelización en el Xingu, se convierten en líderes sociales de la región, y precisamente ahora están transformando la realidad educativa y socioambiental.

Es espléndido ver el domingo, en el Día del Señor, allí, en ese taburete de la capilla, iglesia o catedral, las mujeres en silencio orando, alabando y glorificando al Señor. Agradecemos los logros de la semana y pedimos protección para otro trecho de camino, sin desánimo, sin duda, y con firmeza y coraje para animar a todos a seguir como lo hacemos nosotras.

Así evangelizamos en el Xingu. Así, como aprendiz de estas mujeres “diaconisas”, afirmo mi amor por Dios, la Iglesia y los pueblos amazónicos. En todas estas acciones, vivencias de fe y de vida, Dios actúa en mi vida y me voy dejando conducir, fiel y leal, a este llamado. Sigo caminando por este “Camino, Verdad y Vida” que me amó primero. El Dios del amor un día me eligió, me entrenó, y me hizo un instrumento de amor en sus manos para servir a mis hermanos y hermanas en la Amazonía.

Respondí a su llamado y vivo mi vocación consciente y confiada de que la mayor vocación es el amor. Y es este amor del toque de Dios en nosotros, el que se difunde como esencia divina y nos hace auténticos misioneros y misioneras con los pueblos amazónicos, que nos enseñan todos los días a vivir nuestra fe y nuestra vida en, para y con amor.

No sería quien soy sin esta experiencia de fe, vida, amor y esperanza. Y no hay un día en que me haya arrepentido de mi Sí, incluso ante tantas pruebas y tormentas.

Cristo apunta hacia la Amazonía. Nuevos caminos para la Iglesia y para una Ecología Integral. ¡Alabado seas, mi Señor, que me elegiste y me amas!!!

Altamira, Pará (Brasil), agosto 2020.

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