La pandemia nos da fuerza para introducirnos en el gran río de la Vida. Nos empuja a saber vivir con lo que hay, en contraposición con la sociedad del consumo. Y sí, se puede vivir con menos

 

Por: Equipo Itinerante

Es importante, a pesar de que estemos cansados de la exigencia de este tiempo de confinamiento que cada día se alarga más, que dejemos que siga su curso por más doloroso que sea, pues la gestación de una nueva vida lleva su tiempo. Pero la alegría del nacimiento de esta nueva vida, nos permitirá alegrarnos y sentir que habrá valido la pena el sufrimiento vivido. Probablemente es temprano y prematuro vislumbrar lo nuevo, pero sí podemos entrever que la pandemia ha puesto en evidencia varios aspectos.

Uno de ellos es la vulnerabilidad de todos los seres humanos. Todos estamos sometidos a la enfermedad y la muerte producida por un virus insignificante. Y todos, sin excepción, sometidos a la misma suerte: todos somos iguales, estamos en las mismas condiciones existenciales, y estamos conectados (LS 16) Al mismo tiempo se pone de manifiesto la fragilidad de nuestras relaciones con la totalidad de la vida. “En medio de ella, necesitamos reafirmar la integridad de nuestro centro personal, nuestra fuente única, en correspondencia con los centros personales de todos los seres, de todas las especies de la tierra o del universo, al mismo tiempo, aceptar la transitoriedad de nuestra existencia”(Cf. Rose M. Radford).

Por otro lado, todos nos hemos visto obligados a “quedarnos en casa” o también se nos invitaba a “quédate en tu comunidad”. Es como si volviésemos a los núcleos familiares, a nuestras matrices, al útero materno que nos engendró y nos dio (y da) la vida, volver a nuestras raíces. ¿Cuántos fueron para las ciudades, para estudiar, trabajar, o en busca de un “futuro mejor”, y en realidad la pandemia les ha obligado a rehacer el camino inverso, el camino de vuelta al Hogar? Un momento de retorno a la tierra, al clan, a la esencia, a la raíz de la existencia, la Fuente o la Tuna que nos dio el ser. Regresar para reconocer que lo que parecía que “no valía” se presenta hoy como un gran valor, el de la sobrevivencia: en nuestras chacras, en nuestras plantas medicinales, en la sabiduría de nuestros abuelos. Ahí está la verdadera Vida.

La pandemia nos da fuerza para introducirnos en el Gran Río de la vida, que corre por nuestro interior, de manera que, si se amplía el espacio interior de reflexión, de observación y contemplación, se amplía el espacio exterior. Esta experiencia reaviva la imagen que frecuentemente hemos visto en nuestras comunidades, o que hemos escuchado de nuestros pueblos: ¿has escuchado el río?, ¿has escuchado la madre del monte? Si escuchamos nuestro mundo interior, escucharemos lo que hasta ahora ni sabíamos que pudiese hablar: el monte, los peces, el agua, el viento, la vida. Escuchar la vida en las cosas y las cosas de la vida.

Foto: Pavel Martiarena
Foto: Pavel Martiarena

Esta desescalada interior nos conduce también a dar atención a la soledad que esta nueva situación genera. El aislamiento provoca cierta soledad, pero soledad no es aislamiento ni desconexión.  Los pueblos originarios nos enseñan que son colectivos los que se separan, no individuos; se separan para salvaguardar la vida, protegerla, y cuidarla.

Hay pueblos que por motivo del COVID salieron de la comunidad definida en un territorio organizado y estructurado, para ir a sus chacras, al monte, o montaña, para protegerse. Se han desplazado de sus comunidades y poblados al espacio sagrado de sus ancestros, para tener contacto con la Madre Tierra, el monte, el agua, contacto directo con aquella que les alimenta y cuida. No es desconexión con lo que está alrededor, es respetar y reconocer que, si no me protejo no protejo la Creación. Siempre en estas circunstancias hay mensajeros, miembros de la comunidad que salen periódicamente para vigilar e informar cuando el peligro ya no acecha. Y así, discernir cuándo volver a la cotidianidad que nunca será igual que antes del peligro, porque aprendieron a enfrentar esta amenaza.

Estar atentos al exterior, a lo que viene de fuera, es estar atentos a las informaciones necesarias, pero el silencio, la separación, es necesaria para escuchar, para acoger las nuevas circunstancias que nos fueron impuestas, teniendo en cuenta que excesiva información es intoxicación. Con los pueblos aprendemos a escuchar y al mismo tiempo a no renunciar a lo auténtico de cada uno de nosotros, pero apostando siempre en dirección a los demás, a lo colectivo.

Esta pandemia nos empuja en la dirección de saber vivir con lo que hay, en contraposición con la sociedad de consumo. Los pueblos viven con lo que la tierra les ofrece, con lo que plantan, viviendo del día a día con lo necesario, sin acumular. Confiar en la naturaleza es confiar en lo que el río y la tierra les dará. Viven en la lógica de acoger lo que la naturaleza ofrece y lo que cultivan es para vivir. Comen lo que tienen, lo que hay. El mercado es la selva y el río. Esta lógica está lejos de la sociedad actual que vive para acumular, sin considerar que el exceso, lo que sobra, perjudicará a los otros, porque faltará para los hermanos. Lo que acumulas quitas al otro. De los pueblos podemos aprender a nacer a la sociedad del de-crecimiento, vivir con menos, para que todos tengan sin faltar para nadie. Y se puede vivir con menos.

“La naturaleza se sostiene en ´proceso de crecimiento de límites inter construidos a través de una diversidad de seres en mutua relación, de manera que ninguno excede su propio nicho. Y, la vorágine del ‘desarrollo sostenido o sustentable’, como lo hemos llamado, del crecimiento económico y del poder omnímodo de algunos ha excedido el nicho de los seres vivientes” (Cf. Rose M. Radford)

Exceder nuestros nichos, nuestros espacios, es desestabilizar el equilibrio y armonía de la Tierra, y las consecuencias de esto, lo hemos sentido en nuestros cuerpos. Lo que se ha forzado exteriormente fruto de un virus, ahora el desafío es asumirlo libremente. ¿Seremos capaces de cambiar? ¿Será que tantas muertes serán inútiles?

A pesar de todo esto, puede sonar romántico hablar de cambio. Evidentemente que hablar de mudanza estructural siempre tiene sus límites, porque estamos tan acostumbrados a este modelo social que hemos construido, hay tantos intereses creados, que tenemos la tentación de querer volver a la normalidad, como si nada hubiese pasado. La pandemia es la naturaleza misma hablándonos, “la creación gime dolores de parto (…); Y también nosotros gemimos en nuestro interior, anhelando el día…” (Rm 8, 22-23), el día en que nuestros sueños de ‘QUERIDA AMAZONIA’ se hagan realidad. Hay una consciencia emergente de solidaridad, del reconocimiento del límite de nuestra pretendida omnipotencia, de nuestra interconexión, pero hace falta más tiempo para que esta conciencia sea colectiva y universal. “¡Hay que nacer de nuevo!” (Jn 3,3).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *