Por: P. Agustín Raygada

La conformación de los estados y naciones actuales son el resultado de la necesaria organización civil de las sociedades para una convivencia ordenada y que garantice el desarrollo de todos sus habitantes. Surge de intereses políticos, en el más puro sentido del término; y, por ende, se debe mantener siempre independiente de inclinaciones religiosas o raciales para garantizar la imparcialidad de sus acciones. La Iglesia, sin embargo, no surge de ninguna intención política, sino que es resultado de una Revelación, un dinamismo que siempre estuvo más allá de intereses inmanentes. En pocas palabras, la Iglesia surgió de la misma voluntad divina como sacramento de Cristo vivo.

Los estados y naciones son instituciones, la Iglesia por tener una dimensión visible también se comporta como una institución, pero no debemos confundir algo esencial y es que, aunque la Iglesia mantenga un carácter institucional no se limita jamás a un actuar temporal (entendido como inmerso solamente en las categorías espacio y tiempo), sino que siempre tiene su horizonte en una plenitud que encontrará en la unión final con aquel que la llamó a ser: Dios.

La Iglesia en su organización visible también tiene un gobierno, organización de trabajo, obligaciones, reglas y normas que regulan su caminar. Esto se asemeja muchas veces al mismo concepto usado en los estados y naciones que hoy conocemos. Por tal motivo, no son pocas las veces en las que, por diversas cuestiones, algunas de ellas lamentables, Iglesia y Estado se han confundido. Es decir, se le ha exigido a la Iglesia actuar como si fuera el reemplazo y ejecutora de acciones que le corresponden al Estado, y por su lado la Iglesia ha querido interferir en acciones que le competen enteramente al Estado. En conclusión, se ha querido ver a la Iglesia desde ambos bandos como un Estado paralelo al que ya existe. Esto es un gravísimo error.

Aunque el Estado y la Iglesia compartan en el fondo una misma motivación, esto es, el bienestar de la ciudadanía, no son iguales en aquello que cada uno debe aportar al hombre. El Estado aporta los medios necesarios para un desarrollo profesional, social y económico de la persona; la Iglesia aporta un encuentro trascendente igual de vital que las anteriores dimensiones que aseguran al hombre la plenitud de su vocación esencial como tal. El Estado aporta el cumplimiento de los Derechos Humanos, de su Constitución y de un orden público que garantizan la correcta convivencia social; la Iglesia aporta la revelación divina de la dignidad humana y la lucha constante para que jamás sea olvidada, levantando su voz cuando ella cree no está lo suficientemente presente en el garante estatal. En el actual orden nacional que vivimos las autoridades son elegidas democráticamente por un período, en la Iglesia las autoridades se rigen por una elección donde el que quiere ser primero se convierte en el último y lo hace no por oficio, como si de trabajo se tratase, sino por vocación, es decir, para siempre. Esto no quita para nada que ambas puedan cooperar y compartir acciones en conjunto, de hecho, a lo largo de la historia se dan constantemente pruebas de una cooperación entre Estado e Iglesia.

Dicho lo anterior pido disculpas por la teorización que puede resultar pesada, pero considero necesario un mínimo de contenido formal antes de entrar en un terreno más propio.

Es conocido por todos, o al menos la gran mayoría de ciudadanos de Loreto la iniciativa de la Iglesia para recaudar fondos con el fin de ayudar al Pueblo de Dios en la lucha contra la pandemia del COVID-19. Ya antes de embarcarnos en esta aventura valiente, estuvimos necesariamente relacionados a la participación de las autoridades civiles representantes en esta parte del Perú de lo que antes llamamos Estado. Es normal, el Estado debe conversar con una institución visible y por ello, con la parte institucional de la Iglesia. Sin embargo, jamás se pretendió en este diálogo la suplantación de funciones. Esta acción no surge como respuesta de un Estado paralelo llamado Iglesia ante la “inactividad” del Estado oficial, ni tampoco pretendemos una suerte de competencia para ver quién hace mejor su trabajo.

No nos confundamos, la Iglesia no está para tapar los agujeros que deja la autoridad civil. La Iglesia no debe asumir obligaciones que no le corresponden, porque entonces empezaría a descuidar lo que realmente debe hacer. Esto quiere decir que ella no debería gestionar plantas de oxígeno, ni medicina, ni implementos ni pruebas COVID-19, por poner ejemplos más cercanos; sino que debe ser PROFETA ante todo aquel que le escucha, y eso incluye ANUNCIAR, DENUNCIAR y SANAR. ANUNCIAR que Cristo murió y resucitó por salvar al hombre y que le dio la dignidad de hijo de Dios, DENUNCIAR a aquellos que vayan contra esta dignidad y, finalmente, SANAR el dolor que el pecado del hombre deja en sus hermanos. Olvidar lo anterior puede llevar a escenarios lamentables donde la Iglesia se funda tanto con el Estado que pierda su personalidad y se mundanice. Si en esa labor profética la Iglesia debe levantarse y organizar una colecta u otra cosa para salvar la dignidad del hombre, lo hará; pero sin perder jamás el carácter y esencia de su ser, que no es la del Estado. No lo hará de ordinario porque bien sabe que sería suplantar obligaciones que no son suyas. Lo hará porque siempre defenderá la vida.

Se me viene a la mente la escena de Jesús delante de los fariseos cuando le preguntan por la imagen grabada en la moneda romana: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, que en este contexto significa una distinción clara, o al menos no confusión entre Iglesia y Estado, entre lo que le corresponde al actuar del gobierno civil y al actuar de la Iglesia. La Iglesia jamás debería levantarse como un intento de gobierno paralelo al que exista. La Iglesia siempre debe levantarse como la voz de aquellos que tienen su voz acallada, o incluso apagada para siempre como digno sacramento de aquel que dio su vida por salvarnos: Cristo. En eso consiste la misión de la Iglesia, en acompañar como profeta, es decir como portadora de la Palabra de Dios, a todas las personas por el simple hecho de tener la dignidad de hijos de Dios. Aunque muchas veces esa labor quede en el anonimato, olvido y hasta en el menosprecio porque lo que motiva es un convencimiento que sobrepasa la simpatía a un modo de pensar o ideología política.

La Iglesia mantiene su diferencia con el Estado porque sabe que ella nació para una misión mayor. Además, la Iglesia así tiene la libertad de recordar a las autoridades civiles sus obligaciones y de denunciarles sus faltas.

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Fuente: www.facebook.com/Padre-Agustín-Raygada

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