Son palabras de aquella canción de Ángel Parra, que tatareo de vez en cuando si  las cosas son difíciles de aceptar,  y creo que encaja muy bien para esta pandemia que estamos pasando, este camino del confinamiento se nos hace cuesta arriba pero es más fuerte nuestra fe y nuestra esperanza en esta lucha que las dificultades y obstáculos que encontramos en el camino.

 

En la vida espiritual de los místicos, narran los tiempos de sequedad espiritual, de obscuridad, de quedarse como en el vacío, de no encontrar fondo. Una sensación de sabor amargo, de querer buscar la vertiente pura donde calmar la sed. Quizá se pudiera comparar al momento que hemos llegado con esta pandemia del coronavirus. Nada nos puede asegurar que se ha parado el peligro latente y amenazante para tener la alerta y no bajar la guardia. “El enemigo me rodea, buscando a quien devorar,” como dice la palabra.

Después de más de un mes de pandemia en nuestro país, es momento en que surge el deseo de hacer balance, y análisis después de tener una sensación que los desafíos rebasaron nuestras flacas fuerzas para hacer frente al mal que se nos metió sin hacer ruido, como el aceite en el algodón, como el perfume en un ambiente que nos asfixia, como si sintiéramos la amenaza de los peligros que siempre están como negras nubes que amenazan tormenta.

Pero frente a estas sensaciones amargas y dolorosas que hemos podido compartir, hemos visto siempre gente solidaria dando mas allá de lo que pensaban que podían dar, queremos felicitar a tantos médicos enfermeras y personal auxiliar en los centros médicos, en las fuerzas de seguridad ciudadana, y, además de esto, no podemos olvidar el esfuerzo titánico de las familias en sus casas, unos con gran disciplina otros lamentablemente tomando a la ligera las normas sanitarias sin pensar en las consecuencias que pudiera traer el actuar irresponsablemente. Pero vamos subiendo a la cima.

Podemos pensar en los cuentos y leyendas de esperanza que los mayores y papás hayan podido contar a los niños y jóvenes en sus casas preguntando: ¿cuando va terminar esto mamá? Y no poder decirles mas que, no lo se, y a pesar de eso levantando el ánimo cada día y quitando el miedo del contagio que atenaza.

Podemos pensar en  la cantidad de oraciones de fe y confianza que se habrán pronunciado, desde los corazones más creyentes hasta la de los mas fríos y ateos convertidos, pidiendo a Dios y a la Virgen María el fin de esta pandemia. Quizá no podemos calcular que hubiera sido de nuestro mundo sin fe para sobrevivir y resistir este confinamiento. Dice el refrán: «que nos acordamos de Dios cuando atruena»; ciertamente que así está, muchas veces, en la realidad de nuestra sociedad, cuando nuestras pobres fuerzas humanas y técnicas se han sentido inútiles e impotentes para contener el mal y acudimos a Dios que nos socorra.

Todos hemos sido sometidos a prueba y todos hemos podido sentir aunque de distintos niveles, que el hombre no puede vivir de espaldas a Dios, mandatarios del mundo también han pedido a su pueblo que recen a Dios para frenar esta pandemia.

Nuestra  Iglesia, empezando por su cabeza el Papa  Francisco, no ha dejado ni un día de alimentar el espíritu que hace fuerte el cuadro inmunológico de nuestros cuerpos y, sobre todo, de nuestras almas. Importantes reflexiones hemos escuchado que nos iluminan y orientan para dar respuesta al problema que sufrimos. La creatividad de nuestros sacerdotes y obispos por mantener encendida la lámpara de la fe a través de los medios de comunicación, de la telemática y de las redes sociales, nunca como ahora estuvieron mas al servicio de la fuerza espiritual, tan necesaria en estos tiempos.

Por ello nuestra felicitación a todos los que han puesto sus iniciativas y su solidaridad para combatir la pandemia, felicitaciones a las instituciones públicas y privadas, que actúan con responsabilidad y acierto a la hora de tomar decisiones que meritaba el caso.

Pero creemos que es el momento de hacer un «stop» ante esta pandemia y, echando una mirada al futuro por llegar, mirar atrás en este camino doloroso, para que podamos hacer un juicio equilibrado y justo de la situación.

1. Ante esta situación de crisis sanitaria y económica, política y espiritual como problema global que sufre el planeta, debemos ver que también se necesita dar una respuesta global  e integral: ¿cómo organizar cuando se llega a la cima, el descendimiento desde la cúspide hasta donde nos está llevando esta pandemia? Cuando se ha dejado en el camino devastación, paralización, dolor y muerte de cientos de miles de vidas caídas en el ascenso de la prueba. ¿Qué hacer en adelante?

Están en juego el bien común, la vida de enfermos y sanos, la libertad y seguridad de pueblos y naciones, los cuestionamientos de mirar la realidad con las cartas boca arriba, desde la transparencia y la verdad, sin ocultamiento de cifras, las razones sanitarias de los que se creen entendidos y con autoridad para tapar la verdad que es un derecho de todos.

Han corrido el riesgo y sigue corriendo la vida de los más vulnerables por encima de la dignidad de la persona cualquiera que sea su condición, ancianos o niños. Ante el drama que se ha vivido con los ancianos en la residencias y hospitales quedando muchos descartados para seguir viviendo. Ante la falta de medios que garanticen la protección debida del virus de quienes les puedan cuidar, ¿qué hacen los gobiernos y que hacemos cada uno de nosotros para responder hacia una mirada de futuro?

La pandemia aceleró para justificar lo que Aparecida nos decía: estamos en un cambio de época: “Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios” aquí esta el gran error de las tendencias dominantes en el ultimo siglo…Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad  y solo puede terminar en caminos equivocados  y con recetas destructivas” (DA, nº 44).

Son palabras iluminadoras que nos advertían a donde nos lleva esta forma de vida que nuestra sociedad ha querido imponer al mundo: «Cuando nos olvidamos de los derechos universales y el individualismo está por encima del bien común. Cuando como dice también Aparecida “la ciencia y la técnica, cuando son puestas exclusivamente al servicio del mercado con únicos criterios de rentabilidad, creando una nueva visión de la realidad» (DA, nº 45).

Es necesario un giro copernicano para no resbalar hacia un precipicio que nos lleve a un punto sin retorno, como ya nos ha dicho la encíclica Laudato Si´,  por nuestra falta de responsabilidad en el cuidado de la casa común: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a los que nos sucedan? Está en juego nuestra propia dignidad: ¿para qué pasamos por este mundo? (LS, nº160).

Si ante este campo de batalla que contemplamos y que ha dejado tantas bajas en esta guerra de la pandemia, no aprendemos a cambiar de táctica, de actitudes y de forma de vivir, nuestro futuro está llamado al fracaso. Por ello, es un tiempo el ahora, el «kairós» que tanto hemos hablado, de una conversión integral de la que nos ha habló el Sínodo Amazónico y el Papa Francisco en los sueños de su exhortación apostólica “Querida Amazonia”.

Como Iglesia, también nos desafía a nuestro trabajo, que exige una conversión pastoral, de la que también nos hablaba Aparecida (nn. 365-370).

Es necesario un espíritu creativo y echar una imaginación que rompe esquemas para vivir el Evangelio genuino con el Espíritu Santo que en medio de la tempestad siempre guía la Iglesia, a través de Pedro, a quien le promete que las puertas  del infierno no prevalecerán contra ella (cf. Mt 16,18).  Debemos nos dejar conducir, sin resistirnos, al Espíritu para que hagamos una Iglesia más profética y fraterna.

Debe darse una transición o un trasvase por encima de banderas e ideologías, la unidad para el bien es superior a todas las ideas, aun acogiendo la diversidad de pensamientos. Debemos ser constructores de una nueva historia que construiremos entre todos. Llamamos a todos los gobiernos y políticos del mundo a que no queremos mantener guerras, queremos construir ese Reino de paz y justicia que todos necesitamos.

La pandemia nos sorprendió, y nos descubrió nuestro individualismo y nuestra codicia, nuestra soberbia y nuestra ignorancia. Nos ha hecho caer del caballo desbocado, para hacernos entender y entrar en razón que todos somos parte del mismo mundo, que todos necesitamos y hemos de trabajar unidos buscando el bien común, pero, sobre todo, que no podemos prescindir del amor de Dios, manifestado en su misericordia. Somos humanos, no dioses. Por eso decimos: si el camino es largo, no importa, seguimos andando, porque estamos seguros que llegaremos a la meta. Dios es nuestra fuerza y esperanza.

 

Por. Mons. Rafael Cob García, Vicario Apostólico de Puyo – Ecuador.

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