Una Iglesia discípula, aprendiz, que escucha, pero no porque ahora el Papa Francisco nos lo pide, sino porque eso ayuda a hacer realidad nuevos caminos, a encarnar el Evangelio, a asumir compromisos, especialmente en la Amazonía. No se trata de una escucha intrumental, de escuchar para seguir actuando igual. Desde esos presupuestos puede ser más fácil traer de vuelta al territorio todo lo vivido hasta ahora en el proceso sinodal. Quien nos cuenta todo eso es Romy Gallegos, que forma parte del equipo de la Secretaría de la Red Eclesial Panamazónica – REPAM.

 

En su trabajo en los últimos años ha ido descubriendo que  “la Iglesia en el territorio tiene el protagonismo principal y son los que pueden generar los cambios reales que el Papa Francisco sueña y que la misma realidad exige”. Eso es fundamental, como ella misma reconoce para tener “cuidado con los nuevos tipos de colonización a los pueblos”, una advertencia que el Papa Francisco hace en Querida Amazonía al inicio del sueño social.

Una actitud fundamental es empujar lo que ya se está haciendo, que es mucho, independientemente de que ello haya sido recogido en los documentos surgidos a lo largo del proceso sinodal. Romy Gallegos afirma que “como Iglesia tenemos mucha historia, mucho camino recorrido, mucho proceso andado y muchas luces y sombras”. Desde ahí, insiste mucho en impulsar procesos de formación, “sobre todo vinculando los temas de inculturación, de ecología integral, de diálogo intercultural y sobre el liderazgo femenino”.

Todo lo expresado en esta entrevista es algo que a Romy Gallegos le permite soñar, “con una Iglesia coherente”, que haga carne lo que dice y escribe, con una Iglesia que actúa de inmediato ante las necesidades, “que no espera a tener un documento para transformarse”, “con una Iglesia que se siente y escuche”, una Iglesia que no impone lo que nos otros deben ser, sino que “construya lo que ella primero puede ser, para luego dialogar con los otros”. También sueña “con una Iglesia que esté siempre dispuesta al cambio…, que tome en serio el tema de la desinversión de las grandes empresas extractivas…, que no tema cambiar su estructura y su institución, que escuche a Cristo Encarnado y se deje llevar por él, y así ser en modelo y forma Iglesia Pueblo de Dios”.

 

Con la publicación de Querida Amazonía se ha impulsado todavía más el proceso postsinodal, que mucha gente coincide en que es el momento en que se pone en juego todo lo reflexionado durante el proceso sinodal. ¿Cuál es la importancia que el territorio y los pueblos del territorio pueden tener en ese proceso postsinodal?

En este nuevo momento, después de toda la alegría, de toda la emoción, de toda la generación de tantas expectativas, es tiempo que se encarnen, se trabajen, se asuman los compromisos y los buenos deseos, para que puedan realmente convertirse en acciones y solamente desde el protagonismo del territorio puede esto hacerse realidad.

Creo que los territorios tienen, o deben tener, la mayor responsabilidad de llevar a la vida el sueño que planteó el Sínodo. Ahora es el tiempo de retomar lo que la gente dijo, soñó, pidió durante el proceso de consulta, pero también de retomar lo que ha sido el sueño de tantos años sobre el modelo de Iglesia en América Latina, y sobre todo en la Amazonía. Debemos tomar todo lo positivo y bueno que nos ha dejado, tanto el Documento Final de la Asamblea como la Exhortación, pero sobre todo retomar todo eso que la gente propuso y que a lo mejor no puede estar literalmente, o directamente, recogido en la Exhortación, o en los documentos, pero que es apuesta y es sueño de la gente en los territorios. La Iglesia en el territorio tiene el protagonismo principal y son los que pueden generar los cambios reales que el Papa Francisco sueña y que la misma realidad exige.

 

En Querida Amazonía, en concreto en el número 32, se habla de la gran variedad de pueblos en consecuencia del territorio en el que viven. ¿Podríamos decir que siguiendo eso que acabas de decir, independientemente de que haya aparecido en el Documento Final o en la Exhortación, es momento de retomar, a partir del territorio, elementos que surgieron en el proceso de escucha?

Totalmente, creo que el mayor cometido del Sínodo fue darnos la esperanza de que la Iglesia puede sentarse a escuchar, que la Iglesia no es solamente el obispo, ni los sacerdotes, ni los misioneros o misioneras, sino que la Iglesia somos todos, la Iglesia es el Pueblo de Dios, la gente laica, la gente vinculada, la gente creyente, la gente que transforma el día a día la realidad con su testimonio, la gente que cree en un Cristo Resucitado y Encarnado en su realidad. Creo que una de las mayores expresiones de esperanza que nos dio el Sínodo es que esto solo puede convertirse en realidad si realmente se vuelve a las personas, a los pueblos, a todos y a cada uno, ese sueño.

Nos permitimos soñar, nos animamos a pensar que los sueños pueden ser posibles, nos dieron la esperanza que es posible plantear todos esos temas, ser osados y osadas en lo que proponemos. Y ahora se nos devuelve para que el sueño no se quede en sueño, y que lo que se habilitó y se animó gracias a los documentos, al trabajo de los Obispos, auditores, peritos, y al mismo Papa Francisco, se fortalezca. Debemos ir encontrando los caminos para seguir empujando las propuestas y urgencias con respecto a todas las culturas que viven en la Panamazonía, a las poblaciones, a las mujeres, a los pueblos indígenas, a las culturas afros, a las culturas ribereñas, a la cultura urbana, etc. Por ello, creo firmemente que es el Pueblo de Dios el que va marcando el ritmo de esos cambios, y de esas apuestas.

 

Muchos coinciden en que el Documento Final, y sobre todo Querida Amazonía, son textos que abren muchas posibilidades de cara al futuro. ¿Cómo la Iglesia y los pueblos que habitan en el territorio podrían aprovechar esas posibilidades?

Creo que hay historia y procesos ya existentes, que se afianzan con los documentos del Sínodo y que permiten continuar con los nuevos caminos. Veo con mucha emoción y potencial toda la dimensión de procesos de formación. Creo que este es un camino muy interesante, que tiene muchas aristas y que los dos documentos nos animan a repensar los procesos formativos, en todos los niveles, para todos los miembros de la Iglesia, y sobre todo vinculando los temas de inculturación, de ecología integral, de diálogo intercultural y sobre el liderazgo femenino.

Tenemos que volver con la gente que estuvo involucrada en los procesos y que soñó eso también. Siento que hay que animar mucho a sentir cómo nuestra voz y el sueño común se encuentran en los documentos, y en caso de no sentirnos reconocidos, identificar cómo fortalecer los espacios de esperanza y de construcción que tenemos en nuestra jurisdicción eclesiástica, para continuar habilitando espacios para proponer otros sueños, u otras apuestas/propuestas también. La primera parte es recordar, es volver a retomar eso que se dijo al inicio. Ahí también está la fuente de cómo la gente puede sentir que esto es propio y que no es impuesto, que no viene de afuera.

Porque también hemos escuchado en algunos espacios, que tal vez la gente no conoce, o no conoció mucho el proceso de escucha inicial. Entonces no logra reconocer de dónde viene esto, por qué se proponen estos temas, o por qué salen esas cosas, o por qué faltan otros temas, etc. La gran habilitación que nos dio el proceso sinodal es a repensar la forma en cómo estamos siendo Iglesia y esta ha sido la gran posibilidad de transformación. Ya sólo haciéndonos esa pregunta, en cada territorio, en cada pastoral, en cada vicariato, en cada espacio de Iglesia, con las culturas, ya abre a no sólo tomar en consideración los números y las propuestas del Documento Final y de la Exhortación Apostólica, sino que nos exige construir planes pastorales que hagan realidad las propuestas dichas por estos territorios y a plantear los nuevos caminos aterrizados en cada realidad.

 

Hablas de replantearnos nuestra forma de ser Iglesia, de escuchar. En el número 70 de Querida Amazonía, que sería uno de los objetivos principales, porque el Papa siempre habló de una Iglesia con rostro amazónico y rostro indígena, dice que la Iglesia necesita escuchar su sabiduría ancestral y reconocer la riqueza del estilo de vida de las comunidades de los pueblos originarios. ¿Por qué la Iglesia debe escuchar a los pueblos, inclusive en este momento que ya es de aplicación de las decisiones del Sínodo, necesita seguir conociendo, escuchando, atenta a la realidad donde quiere anunciar el Evangelio?

Porque como Iglesia tenemos mucha historia, mucho camino recorrido, mucho proceso andado y muchas luces y sombras. Si hay algo que se repitió con mucha fuerza en los encuentros de escucha sinodal fueron los dolores y heridas que existen en los territorios, en los diversos pueblos indígenas y no indígenas. Creo que algunas de estas heridas fueron las acontecidas durante la colonización, y no quisieron ser apropósito, pero son dolores que marcaron mucho la historia de los pueblos en la Amazonía e involucran directamente a la Iglesia que llegaba en este momento, es una historia que debe ser resarcida.

Necesitamos escuchar con más atención, y en todos los casos que ameriten, continuar pidiendo disculpas por las sombras de nuestra Iglesia. El Papa Francisco lo ha hecho en varias ocasiones, y pone el ejemplo de cómo debemos seguir haciéndolo. La REPAM, en muchos de sus encuentros de diálogo con pueblos indígenas, también ha ofrecido este pedido de disculpas, porque solo así se puede intentar plantear nuevas formas de relacionarnos. En alguna ocasión, una lideranza indígena nos dijo que no basta sólo con pedir perdón, que la Iglesia debe ir más allá y fueron palabras que calaron hondo para comprender mejor esta historia tan compleja.

La escucha implica tomarnos en serio el ejercicio de replantearnos eso que somos y cómo somos. Porque no vamos a escuchar para seguir actuando igual, y ahí debemos tener cuidado para que la escucha no se vuelva instrumental. Necesitamos un espíritu sincero que nos permita escuchar y respetar a las culturas indígenas y no indígenas de la Amazonía. El Papa Francisco lo habla muy claro en el inicio del sueño social, “cuidado con los nuevos tipos de colonización a los pueblos”.

Podríamos escuchar a los pueblos y no construir realmente las nuevas formas de actuación como Iglesia, porque podríamos transformarnos superficialmente y tal vez no estaríamos haciendo la verdadera conversión que se requiere. Con respeto y cuidado, me atrevo a decir que esta conversión comienza por preguntarnos si lo que estamos haciendo realmente responde a las necesidades que los pueblos gritan y por los cuales están perdiendo la vida.  A nivel personal, sueño en la forma cómo podemos mejorar esa respuesta, para que este proceso Sinodal que nació con los territorios y que se devuelve ahora a ellos no sea un ejercicio de nueva colonización. Sueño con una verdadera conversión y transformación eclesial, que nos exija repensar cómo estamos dejándonos tocar por la realidad que sangra y que nos pide responder al estilo de Jesús.

 

A lo largo de todo este tiempo que has trabajado en la secretaría de la REPAM has participado de muchos momentos de escucha y de conocimiento de lo que los pueblos viven. ¿Qué es lo que eso te ha enseñado personalmente, sobre todo de cara al futuro, y cuál sería tu perspectiva para que eso pueda ser asumido por más gente?

Aprendí muchísimo sobre los diversos estilos, formas y particularidades de ser Iglesia en las Amazonía de Brasil, Colombia, Perú y Ecuador, pero pienso que aprendí muchísimo en el espacio de escucha a los pueblos indígenas de toda la Panamazonía, que se realizó en la comunidad Monilla Amena, en Leticia – Colombia. Este espacio fue realmente estar en medio de los pueblos, escuchando como ellos hablan, tal vez sin necesidad de que nos lo traduzcan, sino sólo estando presentes. Este espacio me hizo sentir lo pequeño que somos, aprendí cómo se siente ser una Iglesia que no solo es maestra, sino convertirnos en una Iglesia discípula, en una Iglesia aprendiz con ellos. Este ha sido uno de los momentos más grandes y representativos de lo que significa callar y escuchar. Lo mismo fue con el encuentro de mujeres, la posibilidad de sentir las diversas formas y la diversidad de las mujeres, de los territorios, de las realidades y sentir con mucha humildad y privilegio el estar ahí en medio, escuchando y documentado lo que es la voz y la vida de la Panamazonía.

Creo que es importante clarificar que no hay una sola respuesta, y que la REPAM no tiene la última palabra. Creo sin duda alguna, que este momento en la historia del mundo, de la humanidad y de la Iglesia nos exige sentarnos todos. Aunque nos demoremos más, es necesario hablar, escucharnos y decidir juntos. Esto nos convoca a todos, a quienes viven en la Panamazonía y en las “otras selvas” que deciden el futuro de este territorio.

Por otra parte, los espacios de escucha me dieron, a nivel personal, la posibilidad de desarrollar una nueva forma de oír, separar lo que pueden ser expectativas personales, y disponer el corazón para siempre dejarnos sorprender por lo que los pueblos indígenas y de otras culturas de la Panamazonía nos tienen que decir, y la forma cómo su palabra aporta a la propia vida. En cada espacio que pude participar sentí con mucha fuerza cómo su vida y su lucha inspiran a un nivel de transformar las apuestas personales, personas concretas, realidades concretas me alimentaron de formas que no conocía, alimentaron mi corazón, mi conciencia de lucha y resistencia, de construcción colectiva, y de esperanza en la experiencia de una Iglesia encarnada en su realidad, y sobre todo, aportaron al sentido de misión de mi vida y trabajo.

Esta experiencia me permitió también reconocer y ver cómo una es muy chiquita para ver la magnitud de la expresión de Dios vivo en estas realidades, de lo que para nosotros es Dios, y lo que para los pueblos y las otras culturas puede tener otros nombres, o inclusive no llamarlo así directamente. Reconocer que el misterio de la vida y de la encarnación va mucho más allá, y sentirnos uno más con ellos, sentirnos como familia, sentirnos como lo que me ha enseñado el pueblo Munduruku, sobre todo  Arnaldo, Juarez, y Daniela, la forma cómo somos parientes, hijos e hijas del mismo padre y madre, aunque tengan nombres diferentes y proveniencias diferentes, pero nos une la misma lucha y nos une el mismo territorio. Un misterio de sentirnos parientes en la Panamazonía.

Otra cosa que nos muestran los pueblos es la esperanza. Yo sigo extremadamente sorprendida que tras cada espacio de dolor, de vulneración de derechos, de amenazas, de criminalización, de asesinato, de muerte, de sangre, los pueblos tienen luz en sus ojos, tienen esperanza y creen realmente que la Iglesia puede cambiar y convertirse en una verdadera aliada en sus luchas y ayudarles. Ellos tienen una confianza especial que creo que nosotros no siempre la tenemos, o que nosotros la perdemos más fácilmente. Creo que es una de las formas de entender la vida más transformadora.

Hay mucho de la Panamazonía que no tenemos aún la forma de comprender, porque tal vez no se comienza comprendiendo con la cabeza, sino que se comprende desde el corazón. A nivel personal, siempre me sentí muy tocada y muy trastocada en cada espacio, muy confrontada, muy desafiada, para reconocer cuál es mi rol en medio de esto que se revela y de todo lo que esta realidad requiere. Un desafío que forma parte del servicio de la red, que es acortar distancias, servir de puentes y fortalecer la articulación en los territorios, desde ellos, con sus capacidades, sin forzar las cosas.

 

El Papa Francisco sueña, la Iglesia sueña, pero tú, personalmente, ¿qué es lo que sueñas para el futuro de la Amazonía y de los pueblos que la habitan, especialmente para el futuro de los pueblos originarios?

Sueño con una Iglesia coherente, que lo que dice en discurso, que lo que escribe en documentos, realmente lo haga carne. Sueño con una Iglesia que no espera a tener un documento para transformarse, sino que pueda reconocer en la realidad que está siendo vulnerada, y en los hermanos y hermanas, en los parientes, que están siendo violentados, encuentre las formas para acompañarlos inmediatamente. Sueño con una Iglesia que se siente y escuche antes de que juzgue a una mujer, por lo que haga, por lo que deje de hacer, por lo que deba decir que sea.

Sueño con una Iglesia que no pretenda establecer ese deber ser para todos, sino que más bien construya lo que ella primero puede ser, para luego dialogar con los otros. Sueño con una Iglesia que esté siempre dispuesta al cambio, que lo que ahora damos por sentado, si en 10 años ya no tiene sentido, entonces que se lo replantee, que no espere a volver a tener un Sínodo para reconocer todo lo que puede hacer para responder a la realidad que grita, que no esperemos años para cambiar lo que ahora requiere replantearse. Sueño con una Iglesia que tome en serio el tema de la desinversión de las grandes empresas extractivas, para que eso nunca impida que podamos denunciar los atropellos y vulneraciones que comenten. Sueño en una Iglesia que no tema cambiar su estructura y su institución, que escuche a Cristo Encarnado y se deje llevar por él, y así ser en modelo y forma Iglesia Pueblo de Dios.

Por: Luis Miguel Modino

 

ARTIGO EM PORTUGUÊS

 

Romy Gallegos: «o Sínodo nos deu esperança de que a Igreja pode se sentar para escutar»

 

Uma Igreja discípula, aprendiz, que escuta, mas não porque o Papa Francisco está nos pedindo agora, mas porque isso ajuda a tornar novos caminhos realidade, a fazer carne o Evangelho, a assumir compromissos, especialmente na Amazônia. Não é uma escuta instrumental, uma escuta para continuar agindo da mesma maneira. A partir dessas suposições, pode ser mais fácil trazer de volta ao território tudo o que foi vivido até agora no processo sinodal. Quem nos conta tudo isso é Romy Gallegos, que faz parte da equipe do Secretariado da Rede Eclesial Pan-Amazônica – REPAM.

Em seu trabalho, nos últimos anos, ela descobriu que «a Igreja no território tem o papel principal e são eles que podem gerar as reais mudanças que o Papa Francisco sonha e que a própria realidade exige». Isso é essencial, pois ela própria reconhece a necessidade de «estar atentos aos novos tipos de colonização dos povos», um aviso que o Papa Francisco faz em Querida Amazônia, no início do sonho social.

Uma atitude fundamental é apoiar o que já está sendo feito, o que é muito, independentemente de isso ter sido incluído nos documentos que surgiram ao longo do processo do sínodo. Romy Gallegos afirma que «como Igreja, temos muita história, um longo caminho percorrido, um longo processo e muitas luzes e sombras». A partir daí, ela insiste muito em promover os processos de formação, “especialmente ligando as questões de inculturação, ecologia integral, diálogo intercultural e liderança feminina».

Tudo o que recolhe esta entrevista é algo que Romy Gallegos lhe permite sonhar, «com uma Igreja coerente», para tornar carne o que ela diz e escreve, com uma Igreja que age imediatamente diante de necessidades, “que não espera ter um documento para transformar…, com uma Igreja que sente e escute», uma Igreja que não impõe o que os outros deveriam ser, mas «constrói o que ela pode ser primeiro e depois dialoga com os outros». Ela também sonha «com uma Igreja sempre pronta para a mudança …, que leva a sério a questão da alienação de grandes empresas extrativas …, que não tem medo de mudar sua estrutura e instituição, que escute Cristo Encarnado e deixe-se levar por ele e, portanto, seja um modelo e uma forma da Igreja do Povo de Deus ”.

 

Com a publicação de Querida Amazônia, o processo pós-sínodo foi promovido, o que muitas pessoas concordam que é o momento em que tudo o que tem sido refletido durante o processo do sínodo vai ser colocado em jogo. Qual a importância que o território e os povos do território podem ter nesse processo pós-sínodo?

Nesse novo momento, depois de toda a alegria, toda a empolgação, toda a geração de tantas expectativas, é hora de encarnar, trabalhar, assumir compromissos e bons desejos, para que realmente se transformem em ações e somente do papel principal do território isso pode se tornar realidade.

Acredito que os territórios têm, ou deveriam ter, a maior responsabilidade de dar vida ao sonho que o Sínodo suscitou. Agora é a hora de voltar ao que as pessoas disseram, sonharam, pediram durante o processo de consulta, mas também para retomar o que tem sido o sonho de tantos anos sobre o modelo da Igreja na América Latina, e especialmente na Amazônia. Devemos pegar todo o positivo e o bem que ele nos deixou, tanto o Documento Final da Assembléia como a Exortação, mas, acima de tudo, retornar a tudo o que o povo propôs e que pode não ser literal ou diretamente incluído na Exortação ou nos documentos, mas isso é uma aposta e um sonho das pessoas nos territórios. A Igreja no território tem o papel principal e são eles que podem gerar as reais mudanças que o Papa Francisco sonha e que a própria realidade exige.

Na Querida Amazônia, especificamente no número 32, fala-se da grande variedade de povos como conseqüência do território em que vivem. Poderíamos dizer que, seguindo o que você acabou de dizer, independentemente de ter aparecido no Documento Final ou na Exortação, é hora de retomar, a partir do território, elementos que surgiram no processo de escuta?

Totalmente, acho que o maior compromisso do Sínodo foi dar-nos esperança de que a Igreja pode se sentar para escutar, que a Igreja não seja apenas o bispo, nem os sacerdotes, nem os missionários, mas que a Igreja seja todos nós, a Igreja é o Povo de Deus, o leigo, o povo vinculado, o crente, o povo que transforma a realidade dia a dia com seu testemunho, o povo que acredita em um Cristo Ressuscitado e encarnado em sua realidade. Penso que uma das maiores expressões de esperança que o Sínodo nos deu é que isso só pode se tornar realidade se realmente transformar esse sonho nas pessoas, nos povos, em todos e em cada um.

Nos permitimos sonhar, ousamos pensar que os sonhos podem ser possíveis, eles nos deram esperança de que é possível levantar todas essas questões, ser ousados e ousadas no que propomos. E agora nos é devolvido para que o sonho não permaneça um sonho, e que o que foi possibilitado e encorajado graças aos documentos, ao trabalho dos Bispos, auditores, especialistas e do próprio Papa Francisco, seja fortalecido. Devemos encontrar maneiras de continuar pressionando as propostas e urgências relativas a todas as culturas que vivem na Pan-Amazônia, às populações, às mulheres, aos povos indígenas, às culturas afro, às culturas ribeirinhas, à cultura urbana, etc. Por esse motivo, acredito firmemente que é o Povo de Deus que está dando o ritmo dessas mudanças e dessas apostas.

Muitos concordam que o Documento Final, e especialmente Querida Amazônia, são textos que abrem muitas possibilidades para o futuro. Como a Igreja e os povos que habitam o território poderiam tirar proveito dessas possibilidades?

Acredito que já existam uma história e processos, consolidados com os documentos do Sínodo e que nos permitam continuar com novos caminhos. Vejo com grande emoção e potencial toda a dimensão dos processos de formação. Penso que este é um caminho muito interessante, com muitas arestas e que os dois documentos nos incentivam a repensar os processos formativos, em todos os níveis, para todos os membros da Igreja e, acima de tudo, vincular as questões da inculturação, ecologia, diálogo intercultural abrangente e liderança feminina.

Temos que voltar para as pessoas envolvidas nos processos e que sonharam com isso também. Sinto que devemos ser muito encorajados a sentir como nossa voz e o sonho comum são encontrados nos documentos e, se não nos sentirmos reconhecidos, identificar como fortalecer os espaços de esperança e construção que temos em nossa jurisdição eclesiástica, para continuar possibilitando espaços. propor outros sonhos ou outras apostas / propostas também. A primeira parte é lembrar, é voltar ao que foi dito no começo. Há também a fonte de como as pessoas podem sentir que isso é seu e que não é imposto, que não vem de fora.

Porque também ouvimos em alguns espaços que talvez as pessoas não saibam ou não soubessem muito sobre o processo inicial de escuta. Portanto, ele não consegue reconhecer de onde isso vem, por que esses temas são propostos, ou por que essas coisas saem, ou por que outros temas estão faltando, etc. O grande poder que o processo sinodal nos deu é repensar a maneira como estamos sendo Igreja e essa tem sido a grande possibilidade de transformação. Já nos fazendo essa pergunta, em cada território, em cada pastoral, em cada diocese os prelazia, em cada espaço da Igreja, com as culturas, já se abre não apenas para levar em consideração os números e propostas do Documento Final e da Exortação Apostólica, ao contrário, exige que construamos planos pastorais que tornem realidade as propostas ditas por esses territórios e proponham os novos caminhos que se estabelecem em cada realidade.

Você fala de repensar nosso modo de ser Igreja, de escutar. No número 70 de Querida Amazônia, que seria um dos principais objetivos, porque o Papa sempre falava de uma Igreja com rosto amazônico e indígena, ele diz que a Igreja precisa escutar sua sabedoria ancestral e reconhecer a riqueza do estilo de vida das comunidades de povos originários. Por que a Igreja deve escutar os povos, mesmo neste momento, que já está aplicando as decisões do Sínodo, precisa continuar a conhecer, escutar e estar atenta à realidade em que deseja proclamar o Evangelho?

Porque, como Igreja, temos muita história, um longo caminho percorrido, muito progresso e muitas luzes e sombras. Se há algo repetido com grande força nos encontros de escuta sinodal, foram as dores e feridas que existem nos territórios, nos vários povos indígenas e não indígenas. Eu acho que algumas dessas feridas foram as que ocorreram durante a colonização, e elas não queriam ser de propósito, mas são dores que marcaram muito a história dos povos da Amazônia e envolvem diretamente a Igreja que estava chegando naquele momento, é uma história que deveria ser compensada.

Precisamos escutar com mais atenção e, em todos os casos que o justifiquem, continuarmos a pedir desculpas pelas sombras de nossa Igreja. O Papa Francisco fez isso em várias ocasiões, dando o exemplo de como devemos continuar fazendo isso. A REPAM, em muitas de suas reuniões de diálogo com os povos indígenas, também ofereceu esse pedido de desculpas, porque somente dessa maneira ela pode tentar propor novas maneiras de se relacionar. Em uma ocasião, uma liderança indígena nos disse que não basta pedir perdão, que a Igreja deve ir além, e essas foram palavras que penetraram profundamente para entender melhor essa complexa história.

A escuta envolve levar a sério o exercício de repensar o que somos e como somos. Porque não vamos escutar para continuar agindo da mesma forma, e é preciso ter cuidado para que a escuta não se torne instrumental. Precisamos de um espírito sincero que nos permita er e respeitar as culturas indígenas e não indígenas da Amazônia. O Papa Francisco fala muito claramente no início do sonho social: «atenção aos novos tipos de colonização dos povos».

Poderíamos escutar os povos e não construir realmente novas formas de ação como Igreja, porque poderíamos nos transformar superficialmente e talvez não estivéssemos fazendo a verdadeira conversão necessária. Com respeito e cuidado, ouso dizer que essa conversão começa nos perguntando se o que estamos fazendo realmente responde às necessidades pelas quais os povos gritam e pelas quais estão perdendo suas vidas. Pessoalmente, sonho com a forma de melhorar essa resposta, para que esse processo sinodal que nasceu com os territórios e que agora lhes é devolvido não seja um exercício de nova colonização. Sonho com uma verdadeira conversão e transformação eclesial, que exige que repensemos como estamos nos permitindo ser tocados pela realidade que sangra e que nos pede para responder ao estilo de Jesus.

Durante todo esse tempo em que trabalhou no secretariado da REPAM, participou de muitos momentos de escuta e aprendizado sobre o que os povos vivem. O que isso lhe ensinou pessoalmente, especialmente para o futuro, e qual seria sua perspectiva para que possa ser assumido por mais pessoas?

Aprendi muito sobre os diferentes estilos, formas e particularidades de ser Igreja na Amazônia do Brasil, Colômbia, Peru e Equador, mas acho que aprendi muito no espaço de escuta dos povos indígenas de toda a Pan-Amazônia, realizados na comunidade Monilla Amena, em Leticia – Colômbia. Este espaço estava realmente no meio dos povos, escutando como eles falam, talvez sem a necessidade de traduzi-lo para nós, mas apenas estando presente. Esse espaço me fez sentir como somos pequenos, aprendi como é ser uma Igreja que não é apenas uma mestra, mas tornar-se uma Igreja discípula, uma Igreja aprendiz com eles. Este foi um dos maiores e mais representativos momentos do que significa ficar em silêncio e escutar. O mesmo aconteceu com o encontro das mulheres, a possibilidade de sentir as diversas formas e a diversidade das mulheres, dos territórios, das realidades e sentir com grande humildade e privilégio estar lá no meio, escutando e documentando qual é o voz e a vida da Pan-Amazônia.

Penso que é importante esclarecer que não existe uma única resposta e que a REPAM não tem a última palavra. Acredito sem dúvida que este momento na história do mundo, da humanidade e da Igreja exige que todos nos sentemos. Embora demoremos mais, é necessário falar, escutar e decidir juntos. Isso convoca a todos nós, àqueles que vivem na Pan-Amazônia e nas «outras florestas» que decidem o futuro deste território.

Por outro lado, os espaços de escuta me deram, em nível pessoal, a possibilidade de desenvolver uma nova maneira de escutar, separar o que podem ser expectativas pessoais e dispor o coração para sempre nos surpreendermos com o que os povos indígenas e outros culturas pan-amazônicas precisam nos dizer, e como sua palavra contribui para a própria vida. Em todos os espaços em que pude participar, senti muito fortemente como sua vida e sua luta inspiram a um nível de transformar apostas pessoais, pessoas concretas, realidades concretas, alimentando-me de maneiras que eu não conhecia, alimentando meu coração, minha consciência de luta e resistência, de construção coletiva e de esperança na experiência de uma Igreja encarnada em sua realidade e, acima de tudo, contribuíram para o sentido de missão da minha vida e trabalho.

Essa experiência também me permitiu reconhecer e ver como a gente é pequena demais para ver a magnitude da expressão do Deus vivo nessas realidades, do que Deus é para nós e que outros nomes podem ser para os outros povos e outras culturas, ou mesmo sem chamá-lo assim diretamente. Reconhecendo que o mistério da vida e da encarnação vai muito além, e sentindo mais uma com eles, sentindo-me em família, sentindo o que o povo Munduruku me ensinou, especialmente Arnaldo, Juarez e Daniela, a maneira como somos parentes, filhos e filhas do mesmo pai e mãe, embora tenham nomes e origens diferentes, mas estamos unidos pela mesma luta e unidos pelo mesmo território. Um mistério de se sentir parente na Pan-Amazônia.

Outra coisa que os povos nos mostram é a esperança. Fico extremamente surpresa que, após cada espaço de dor, violação de direitos, ameaças, criminalização, assassinato, morte e sangue, os povos tenham luz nos olhos, esperança e realmente acreditem que a Igreja pode mudar e tornar-se uma verdadeira aliada em suas lutas e ajudá-los. Eles têm uma confiança especial que acho que nem sempre temos ou que a perdemos mais facilmente. Eu acho que é uma das maneiras mais transformadoras de entender a vida.

Ainda existe muito da Panamazônia que ainda não temos como entender, porque talvez não se comece por entender com a cabeça, mas seja entendido com o coração. Em nível pessoal, sempre me senti muito emocionada e provocada em cada espaço, muito confrontada, muito desafiada, por reconhecer qual é meu papel no meio disso que é revelado e de tudo o que essa realidade exige. Um desafio que faz parte do serviço da rede, que é encurtar distâncias, servir de ponte e fortalecer a articulação nos territórios, a partir deles, com suas capacidades, sem forçar as coisas.

O Papa Francisco sonha, a Igreja sonha, mas você, pessoalmente, com o que sonha para o futuro da Amazônia e os povos que a habitam, especialmente para o futuro dos povos indígenas?

Sonho com uma Igreja coerente, que o que diz na fala, que o que escreve nos documentos realmente o faça carne. Sonho com uma Igreja que não espera ter um documento para se transformar, mas pode reconhecer na realidade que está sendo violada e nos irmãos e irmãs, os parentes que estão sendo violados, encontra maneiras de acompanhá-los imediatamente. Sonho com uma Igreja que se senta e escuta antes de julgar uma mulher, pelo que ela faz, pelo que ela para de fazer, pelo que deve dizer.

Sonho com uma Igreja que não pretende estabelecer esse dever para todos, mas constrói o que pode ser primeiro e depois dialoga com os outros. Sonho com uma Igreja que esteja sempre pronta para a mudança, que o que agora temos como garantido, se daqui a dez anos, não faz mais sentido, depois repensar, que não espera mais um Sínodo para reconhecer tudo o que pode fazer, para responder à realidade que grita, não esperemos anos para mudar o que agora requer repensar. Sonho com uma Igreja que leve a sério a questão da alienação de grandes empresas extrativas, para que isso nunca nos impeça de denunciar os abusos e violações que elas cometem. Sonho com uma Igreja que não tem medo de mudar sua estrutura e instituição, que ouve Cristo Encarnado e deixa-se levar por ele, e assim seja a Igreja Povo de Deus em modelo e forma.

 

Por: Luis Miguel Modino

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