Los intereses colonizadores que expandieron y expanden —legal e ilegalmente— la extracción de madera y la minería, y que han ido expulsando y acorralando a los pueblos indígenas, ribereños y afrodescendientes, provocan un clamor que grita al cielo: «Son muchos los árboles donde habitó la tortura y vastos los bosques comprados entre mil muertes» 
(Querida Amazonia, N. º 9)

 

La Pascua es, sin duda, la fiesta más significativa para los católicos, ya que representa la culminación del viaje de Jesús, el cumplimiento de su misión y la invitación a todos, sin distinción ni preferencia, a participar en su llamada a contribuir en la construcción del reino. Es el recuerdo distintivo del camino entre la Encarnación y la Resurrección de Cristo. 

Este año estamos llamados a reconocer de nuevo el camino de Jesús entre nosotros en nuestra hermosa y herida realidad amazónica. Es a través de los ojos de los pueblos indígenas y las comunidades amazónicas que nos enfrentamos a la presencia de un Jesús que sufre y se encuentra con su destino, como tantos otros en esta región, por ponerse en pie y defender su cultura, su territorio, el lugar en el que florece su espiritualidad y sus derechos. No hay ningún retrato romántico sobre la Amazonia en estos días, su belleza está amenazada y sus hijos e hijas están siendo criminalizados, expulsados de sus tierras e incluso asesinados porque se interponen en el camino del llamado progreso. 

La desigualdad está llegando a un punto en el que cada vez más gente se vuelve descartable, produciendo una sociedad de lo «desechable», donde la diversidad no tiene cabida. Estamos experimentando la crisis climática más grave de la historia y, aun así, no reconocemos el cambio radical que tenemos que experimentar, especialmente por parte de las sociedades más desarrolladas. Nuestra casa común, incluyendo el Amazonas, está literalmente en llamas como resultado del deseo ilimitado de acumular más y más por parte de muy pocos, como si no hubiera un mañana, ni generaciones futuras.

Al enfrentarnos a esto, estamos tentados a perder la esperanza y abandonar cualquier búsqueda de un cambio verdadero, pero aquí es donde la esperanza pascual supera cualquier sentimiento de desesperación: sabemos que la muerte nunca tendrá la última palabra.

La certeza de nuestra esperanza en la resurrección es el resultado de nuestra confianza en un Jesús que no nos abandona, ya que se ha comprometido con nosotros uniendo su vida con la nuestra. Está presente en la belleza de la diversidad de la región amazónica, en las expresiones culturales de las comunidades en las que vive y está presente de manera innegable a través de las semillas del Verbo encarnado, y en la resistencia diaria de las comunidades amazónicas que se niegan a ser dominadas por las potencias de este mundo. Ellas saben que Dios navega con ellas, y que prevalecerán como siempre lo han hecho, tan seguro como que el Cristo resucitado volverá a ellas una y otra vez. 

En este tiempo de Pascua, hacemos una invitación para que su corazón se llene de la indignación esperanzada de permitir que en su interior reconozcan la resurrección de Cristo en medio de ustedes, y que encuentren su propia llamada a la acción para hacer de este mundo uno mejor. Que su vida esté llena de razones para defender la justicia, y con una búsqueda continua del reino en su vida ordinaria, en la que pueden ocurrir cosas extraordinarias cuando permitimos que se produzca esa esperanza pascual. Durante estos días siéntanse invitados a recibir la llamada y a reconocer su propia Amazonia interior y exterior.  Al encontrar el misterio de Dios en eso, hagan lo que sea necesario para protegerla, defenderla y verla florecer una vez más.

Por: Mauricio López Oropeza
Secretario Ejecutivo de la REPAM

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *