Hay como mucha gratitud, y por otro lado como una sensación de confianza, de que no venimos aquí para terminar con resultados hechos, con propuestas finalizadas, sino que creo que están todas las semillas que nos hacen falta para poder ponernos a sembrar y trabajar lo que viene más adelante

No podrá haber otro sínodo que no considere de la misma manera las voces que vienen de las territorialidades, las voces del pueblo sencillo, del Pueblo de Dios

Las grandes reformas que el Papa quiere hacer en la curia, estarán también fuertemente impulsada por los signos también renovadores, por el soplo de vida y esperanza que vienen en este kairós del Sínodo Amazónico

Por: Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil

El Sínodo para la Amazonía es un proceso, que acaba de vivir un momento importante en la asamblea sinodal, pero que va a continuar, propiciando que maduren poco a poco  los frutos de las semillasque han sido plantadas. Sólo estamos iniciando una etapa, que se coloca al servicio del Reino, un puente hacia una Iglesia que se renueva.

Uno de los mejores conocedores de este proceso es Mauricio López, secretario ejecutivo de la Red Eclesial Panamazónica – REPAM, que también ha sido auditordurante la asamblea. En esta entrevista hace un análisis de lo vivido hasta ahora y, al mismo tiempo, muestra por donde puede continuar un camino que ha marcado un divisor de aguas en la historia de la Iglesia.

¿Cómo te sientes al final de esta segunda etapa, de la asamblea sinodal? ¿Cuáles son tus impresiones?

Me siento profundamente agradecido. Cuando alguna persona me había preguntado cuál era mi expectativa mayor cuando vine a la asamblea, siempre dije que lo que deseaba era poder ver a los ojos a tantas personas hermanas y hermanos de Iglesia, del territorio, que  habían puesto en nuestras manos sus vidas, sus corazones, sus esperanzas, sus gritos. Mi deseo era poder volver y  verlos a los ojos para decirles sus vidas y sus palabras calaron  hondo, tuvieron sentido y marcaron un antes y un después, y estoy seguro que les puedo decir que esto ha sido cumplido.

Hay  mucha gratitud, y por otro lado  una sensación de confianza, de que no venimos aquí para terminar con resultados ya hechos, con propuestas finalizadas, sino que creo que están todas las semillas que nos hacen falta para  ponernos a sembrar y trabajar para lo que viene más adelante. Creo que sólo el que trabaja la tierra en este sentido, sólo el que camina en medio de la realidad, y que viene de un proceso largo en este camino del Sínodo  de la Amazonía, entiende que lo que tenemos ahora es comenzar una nueva etapa y ponernos  a trabajar en ello.

El que esperaba frutos ya maduros resultantes  de este proceso se equivocó por completo en ese sentido y yo creo que esto también nos da  una sensación de sentirnos al servicio de algo mucho mayor a nosotros-as mismos. Así lo vivimos en estos días, junto con el Papa, que también con su mera presencia nos iba dando cuenta de que estamos sirviendo a un proyecto mayor, a un proyecto de Reino, de un nuevo mundo posible, y que incluso todos somos, de alguna manera, puentes y servidores y servidoras para esto. Así que estamos con mucha ilusión, con el corazón dispuesto para prepararnos para la siguiente etapa, ya que esto apenas comienza.

Terminaría diciendo: siempre que nos preguntaron cómo había terminado todo, los corregíamos  y decíamos, es que en realidad esto apenas está comenzando. Esta asamblea ha sido un puente entre una preparación muy larga, muy intensa, irreversible por muchos motivos, pero un puente hacia esta experiencia nueva de ser Iglesia que se renueva y que quiere ser toda ella ministerial y toda ella sinodal.

Hablas de mirar a los ojos a los pueblos indígenas, muchos dicen que la voz de los pueblos indígenas ha sido fundamental, no solo en la asamblea sinodal como en el proceso preparatorio. ¿Crees que el proceso vivido hasta ahora ha ayudado a los pueblos indígenas a sentir realmente que la Iglesia hoy es una de sus grandes aliadas?

Lo que hicimos en el proceso de escucha fue constatar la profunda confianza que tienen en la Iglesia Católica, a veces inmerecida, porque hay muchos rasgos también de fragilidad, hay páginas oscuras de nuestra propia historia eclesial, por las cuales no solo el Papa ha pedido perdón, sino que nosotros mismos nos sentimos llamados así nuevamente a pedir perdón y tratar de enmendar el camino. Pero lo que puedo decir es que desde el inicio de nuestro camino como Red Eclesial Panamazónica, y especialmente en la escucha sinodal, los pueblos abrazan a la Iglesia como hermana, como aliada, y aquellos que son creyentes esperan de ella mucho, esperan que no esté de espaldas a ellos, esperan que asuma también su propia identidad, su rostro. Por esto me parece que los pueblos han puesto también, con todos los que participaron en la escucha sinodal, sus esperanzas en este camino.

Estoy absolutamente convencido de que el Instrumentum Laboris tiene una fisonomía propia desde los propios pueblos y comunidades. No sólo los pueblos indígenas, sino también las comunidades ribereñas, también los campesinos y campesinas, las periferias de las ciudades, pero sí, sobre todo de los pueblos indígenas. Ese Instrumentum Laboris causó tantas reacciones porque rompe con los patrones tradicionales de un documento eclesial, y es que lo que tenía en sí mismo era la propia vida, la propia fuerza testimonial de los pueblos.

Entonces, aquí está algo que aprecio mucho en el Sínodo, que tiene que ver con la pregunta sobre  si creemos o no en el sensus fidei; en el sentir de la fe de los pueblos sencillo, donde también se revela el Espíritu, donde está presente Dios y que nos indica los nuevos caminos. Esto, de alguna manera, , entra en tensión con lo que hemos considerado el depósito de la fe que no se toca. Pero el Papa nos ha pedido desbordar, y en este sentido creo que el depósito de la fe, siendo muy importante y siendo un depósito  que ha dado cuenta de nuestra historia y nuestra vida, también está  siendo desbordado en un sentido muy positivo. Es el sentido de fe de los pueblos, de los creyentes que están en la Amazonía, que va más allá de ciertos límites estructurales y que llama a buscar nuevos odres, vino nuevo  en odres nuevos, pero sin rechazar el vino antiguo, que es el vino más bueno y  está en los odres antiguos que seguiremos cuidando.

Es una manera de buscar un equilibrio y decir que, dentro del aula sinodal, las voces de los pueblos marcaron mucho el tono y el ritmo en las discusiones en cuanto a la legitimidad de sus expresiones, en cuanto al testimonio de sus vidas, y en cuanto a la urgencia de sus llamados. Las voces de las mujeres indígenas inspiraron mucho, sobre todo cuando le hablaban  al corazón al Papa Francisco y atizando o sacudiendo también las conciencias por el hecho  de la urgencia de actuar y la conexión de sus propias vidas con la  vida del territorio. Realmente ha sido una experiencia maravillosa, y eso es para mí algo que se marca un elemento irreversible.

Confío en que no podrá haber otro sínodo después de este que no considere de la misma manera las voces que vienen de las territorialidades, las voces del pueblo sencillo, del Pueblo de Dios. Esto es también lo que nos dice la Constitución Apostólica Episcopalis Communio, sobre una mayor escucha, una mayor sinodalidad,  y una mayor participación.

El Papa Francisco dice que la reforma, los grandes cambios, siempre vienen desde abajo, desde las periferias. ¿Podríamos decir que las posibles reformas que van a surgir a partir de este sínodo, y que el Papa Francisco puede expresar en la exhortación postsinodal, surgen realmente de las periferias, surgen de una Iglesia que hasta ahora no había tenido mucho protagonismo?

Me acuerdo muy bien en la primera reunión del Consejo Presinodal, y recuerdo  haberlo conversando contigo en alguna entrevista, que cuando el Papa se acercó a nosotros, estábamos el padre Peter Hughes y yo tomando café, se acercó, y después de la conversación muy amena (esto hace ya un año y medio), nos dijo dos cosas que nunca voy a olvidar. La primera fue, pongan atención a lo más importante, la periferia es el centro, y entonces ya estaba, de alguna manera, exigiendo que esta Iglesia amazónica asumiera su condición de una periferia que ilumina, que ayuda al centro a reformarse. Esto era un pedido directo del propio Papa, era una indicación.

La segunda cosa que nos dijo era, nunca experimenté un consejo presinodal tan libre y tan alegre como éste. Y es que, de hecho, era otra vez la periferia eclesial, obispos misioneros, obispos que no tienen cargos en sus respectivas conferencias episcopales, y que están más cercanos a las urgencias del territorio, a la vida del pueblo, a sus alegrías, a sus esperanzas, y eso se notaba. Yo creo que Papa intuía, cómo lo viene también sintiendo en estos días, desde su propio servicio como pastor de la Iglesia en Argentina, y más específicamente en su experiencia personal en el CELAM de Aparecida en 2007, que con respecto a la Amazonía había una gran novedad eclesiológica, que empujaba hacia las conversiones  necesarias, sobre todo en este caso hacia la conversión pastoral, que venía desde esa periferia.

Entonces, yo creo que las reformas se dieron de hecho incluso antes de la asamblea. Un modelo de participación para preparar el Sínodo como nunca antes se dio, un perfil de un consejo presinodal como nunca antes se dio, una selección de participantes que amplía la presencia, no solo de mujeres, sino también de miembros del territorio, de mujeres y hombres sencillos de los pueblos originarios como nunca antes se dio. Esos son rasgos inéditos y a la vez irreversibles, son de hecho ya la reforma sinodal en marcha y explícita. En el tema de la conversión ecológica, en ese sentido, el Papa también lo anunció claramente diciendo: este sínodo es hijo de la encíclica Laudato Sí. Y yo siempre añado, hijo legítimo, por lo tanto absolutamente reconocido y digno partícipe de la misión de la Iglesia, e hijo primogénito, o sea, heredero de lo más esencial que es el mandato hacia  una conversión ecológica que debe ser implementada  en la realidad concreta.

Es la reforma para una Iglesia comprometida con la ecología integral, con la conversión ecológica. La escucha de los pobres y del grito de la Tierra que se han expresado no solo como una idea o como una teoría, sino desde la vida, desde la urgencia, y proponiendo  acciones muy concretas y específicas. Las grandes reformas que el Papa quiere hacer en la curia, estarán también fuertemente impulsadas por los signos renovadores, por el soplo de vida y esperanza que vienen de este kairós del Sínodo Amazónico.

El Papa Francisco ha insistido mucho en la etapa postsinodal, y en ese sentido podemos decir que le ha confiado a la Iglesia latinoamericana, a través del CELAM y de la REPAM, esos trabajos. ¿Hasta qué punto crees que la exhortación postsinodal, que el Papa ha dicho que va a estar lista, en principio, antes de final de año, puede marcar ese trabajo a posteriori?

Yo creo que todos los que hemos estado aquí hemos sido testigos, hemos visto, hemos oído, hemos sentido también  el mandato que nos da el Papa como cabeza de la Iglesia, pero también como hermano. Entonces,  creo que todos aquí nos vamos con una tarea fundamental para realizar hacia el futuro. Incluso antes de la exhortación apostólica, que es la tarea de dar razón de nuestra esperanza, de dar cuenta de lo que hemos vivido, de regresar a la vida cotidiana y a todos los que allá esperan, y que han sido los que también sembraron todo este proceso sinodal, para  compartirles y contagiarles de lo vivido y que lo asuman como propio.

Esperamos que en enero ya esté la exhortación apostólica y así comience una nueva etapa, tanto para la REPAM, como para las conferencias episcopales, de religiosos, las Cáritas , etcétera, y hacer el mismo esfuerzo y con la misma magnitud, con la misma devoción, de regresar a cada uno de los sitios donde escuchamos las voces que nos ayudaron a preparar el sínodo, y poder no sólo hacerles partícipes de lo que ha sido está riqueza como proceso, sino de preguntarnos ¿y ahora cómo vamos a iniciar esta nueva fase en la historia de la Iglesia en la Amazonía?, ¿cómo vamos a hacer sentido de esto  para que se den respuestas concretas a situaciones que son insostenibles para muchos pueblos y muchos lugares en la Amazonia?

Creo yo, como lo decía incluso antes de la Asamblea, que este sínodo marca una línea, entre un antes y un después, y no por el sínodo amazónico en sí mismo, sino por todas las condiciones que se han dado luego del Concilio Vaticano II, más de  50 años después, que hoy encuentran un punto de plenitud y de convergencia y  abren una puerta nueva que nos permite  decir  que lo que hemos vivido, lo que hemos visto, ya no es reversible y se abre una nueva etapa para la Iglesia.

El Papa, a la salida de la última Congregación General, se acercó a algunos periodistas y repitió algo que ya había dicho en su discurso final, sobre la necesidad de fijarse en los diagnósticos.¿Cuáles serían, desde tu punto de vista, esos diagnósticos que han sido llevados a cabo durante el sínodo?

En términos de la REPAM, nosotros pudimos ofrecer el fruto de más de tres años de escucha, incluso antes de la convocatoria del sínodo, una escucha sobre quiénes somos, dónde estamos, qué hacemos, dónde están los gritos de la realidad, los vacíos. En ese ejercicio de escucha hemos producido un atlas sinodal, pero que en realidad es todo un sistema de información que da cuenta de los grandes llamados que tenemos en el territorio. En el sínodo pudimos ofrecer esto y confirmar cuáles son estos diagnósticos en materia de ecología integral, situaciones que no pueden seguir, hechos y sitios donde se viven sistemáticas violaciones de derechos humanos y de las identidades de los pueblos originarios, el cada vez mayor acaparamiento de tierras, presión sobre las reservas naturales, presión sobre los territorios indígenas, involución en materia de políticas públicas que tienen que ver también con defensa del derecho de los propios pueblos a la autodeterminación.

Por otro lado situaciones de violencia, expulsión violenta de sus territorios, los incendios. Creo que hemos confirmado que esta situación ya no da más y que tiene que haber una acción orgánica como Iglesia, pero como sociedad también, porque estamos llegando al punto de no retorno. Expertos científicos del más alto nivel confirmaron lo que a todas luces es una experiencia percibida por los que viven en la Amazonía y es que en términos  climáticos, en términos de aumento de la temperatura, estamos cerca del punto de no retorno, y los gobiernos siguen fracasando en hacer cambios reales y estructurales para cumplir el acuerdo de París.

En materia eclesial es una situación también de reconocer nuestras limitaciones estructurales y humanas, que necesitan otra vía  de respuesta completamente distinta, ya no pensando soluciones a partir  de los sujetos específicos, sea el presbítero o  el misionero, sino desde las propias comunidades. La necesidad de una vivencia de su propia experiencia de fe ydel acceso a los sacramentos. Este punto de mirar a la comunidad y sus necesidades y posibilidades desde el punto de vista ministerial  cambió por completo la tónica del sínodo. Me parece que lo que el Papa nos está diciendo es que miremos los rostros concretos,las necesidades específicas, y que no tengamos miedo a buscar soluciones. Si nos enfocamos primero en las discusiones más bien morales o estructurales de lo que es posible, o antes ha sido posible o no es posible hoy, perdemos de vista por completo los gritos de la realidad y las esperanzas de la realidad de los sujetos que viven ahí, y eso es al final del día lo esencial.

Pienso que el Papa nos está diciendo que es más importante el sensus fidei, como lo mencionó  en la homilía de la Eucaristía final. Insisto, no es para sustituir la disciplina canónica, pero es para que el sábado sea para el ser humano y no viceversa.

A nivel personal, ¿qué es lo que más te ha impactado de estos días de asamblea sinodal?

Primero la comunión, me hacía mucho contraste lo que se decía fuera, todas estas tensiones que se vivían extramuros , cuando adentro había una experiencia de profunda libertad, transparencia, confianza, fraternidad, que no quiere decir que no hubiera disenso en algunos temas, pero había una sensación  muy clara de estar trabajando desde cariño y amor por la Iglesia, de querer llevarla para adelante, sacarla adelante. Eso me marcó mucho. Me marcó mucho también el modo de presencia del Papa, profundamente conectado, profundamente implicado y preocupado por atender cada una de las cosas que se iban diciendo y tomarlas en consideración como un ejercicio real de consulta.

Eso me da total confianza en que aquello que va a producir en la exhortación apostólica, resultará de su propio modo de implicarse, de estar disponible para todas y para todos, de su predilección por aquellos que han sido considerados descartables o poco propicios para estos espacios. Él mismo dijo que cuando había escuchado algunas críticas o burlas para algunos representantes de los pueblos indígenas, inmediatamente habló en contra de esto con todas las letras. Cuando hubo este acto criminal y de intolerancia, también lo denunció y lo habló con todas sus letras, pero en positivo. Esto también lo vivimos en su encuentro  con los pueblos originarios. Cuando Monseñor Roque Paloschi y yo tuvimos la oportunidad de acercarnos al Papa y plantearle esta inquietud que teníamos, de una necesidad de un diálogo más directo sólo con ellos como pueblos originarios, él inmediatamente dijo que sí y se dispuso para escucharlos, y expresó: yo no quiero decir nada hasta escucharlos a ustedes, quiero saber qué sienten, qué les preocupa, y fue algo que los marcó mucho. Tanto así que dijeron que el que mejor los entiende, el que tiene más claro el asunto es el Papa. Decían que el Papa es uno de ellos, es amazónico. Eso fue muy bonito.

El otro gesto fue uno sobre  la sinodalidad de la Iglesia y que tenía un peso muy simbólico. Desde la tumba del apóstol Pedro, la piedra donde se sostiene la Iglesia, peregrinamos juntos, en romería, todo el Pueblo de Dios alrededor del Papa, entremezclados, con todos los símbolos y colores que se ven en esas fotografías, caminando juntos hacia el aula sinodal para comenzar  un proceso que para algunos tenía que ver con estar dentro del aula en discernimiento y consulta, y para muchos más era vivir el sínodo  desde fuera, en todo lo que denominamos Amazonía casa común. Nuestra sensación es que no eran dos sínodos o eventos paralelos: era un solo sínodo, uno intramuros, en el aula, otro extramuros, amazonizando Roma.

Y todo con el mismo fin, el de buscar nuevos caminos de esperanza para la Iglesia, y respuestas claras también para toda la Amazonía, y que se extendió con estos momentos preciosos como la Vigilia antes de iniciar el sínodo en la Iglesia de la Traspontina, el acto de reconciliación con los pueblos originarios,  el Vía Crucis con los mártires,  y la renovación del pacto que se dio en las catacumbas.

¿Podríamos decir que de la aplicación práctica de este sínodo en la Amazonía, puede depender que la Iglesia descubra que, a partir de la escucha de las realidades concretas, se puede llevar a cabo un cambio eclesial válido y duradero?

Yo usé una imagen dentro del aula, y además la puedo decir porque fue una intervención mía,  que me parece que es muy útil. Estamos ante la disyuntiva del propio Bartimeo, el ciego Bartimeo. Aquel personaje de la Biblia que está sentado a un lado del camino, con la fuerza de esta imagen de estar a un lado de camino, así como muchos se han sentido con respecto a la Iglesia o la sociedad, sea por excluidos, sea porque no encajan, o sea porque están o han sido confinados a la periferia. En este Sínodo nos ubicamos junto con este ciego Bartimeo y cuando él se entera de que la esperanza está caminando cerca de él, que Jesús como Buena Noticia está cerca, comienza a gritar con todas sus fuerzas.

La Amazonía y el mundo, están gritando con todas sus fuerzas, pero eso no basta, no basta sólo gritar. Y además, como sucedió con este ciego Bartimeo, la gente nos quiere callar, nos dicen: no grites, no incomodes, no rompas el protocolo. Así creo que la Amazonía se había sentido por algún tiempo , pero ha sido un grito desesperado por la vida, por querer vivir, pero también por querer salir de esta situación de sentirse los descartables, de ser invisibilizados por un sistema mundo que mata y que no da más.

Ahora bien, lo que sucede en Bartimeo, es lo que está sucediendo en este momento con el Sínodo. Los que no quieren que nada cambie, que están pegados a las estructuras, al poder, a la visión centralizadora, controladora, necesitan, como el propio Bartimeo para poder acercarse a esta Buena Noticia, lanzar su manto y desprenderse de sus aparentes seguridades pasajeras. Quizás esa manta era su única pertenencia  y lo único que le daba un poco de consolación ante  frío.  Toda su seguridad existencial estaba asociada a ese manto que lanza inmediatamente cuando sabe que Jesús está cerca para poder, de alguna manera, liberarse de las ataduras. ¿Estamos dispuestos a liberarnos de las ataduras internas y estructurales para buscar los odres nuevos para el vino nuevo?

Pero también aplica para hacernos conscientes de nuestra ceguera como la del propio Bartimeo. Hay muchas personas que también han venido al sínodo con una visión unívoca o ideológica, por tanto ciega sin disposición genuina de escuchar, sino con la pretensión de imponer, influir, hacer lobby. Una visión donde esperan que su modo de comprender el mundo sea la única que prevalezca, y sea incluso impuesta como la medida de todas las cosas transgrediendo por completo el camino de discernimiento. Ese grado de ceguera nos invita a hacernos conscientes de querer de alguna manera salir de ella, de querer poder ver para entender este Kairós que es mucho más que nuestras estructuras y mucho más que nuestras miradas autorreferenciales.

Esos dos movimientos están presentes en el sínodo y estarán en los siguientes años. Y cuando nos presentamos a Jesús, y Él nos preguntará ¿qué es lo que quieres? Poder decir con Bartimeo  luego de despojarnos de las ataduras y asumir la ceguera: Señor ten compasión de mí. Dejar que el Señor abrace  mi vida, mi fragilidad. Y ante la pregunta   poder  decir:  Señor que veamos. Que la Amazonía pueda ver otro mañana, que la Amazonía pueda ver un mejor futuro, que los pueblos y comunidades que ahí viven, puedan ser sujetos de su propia historia, y que los misioneros, misioneras, obispos, religiosos, religiosas, sacerdotes, laicos, laicas podamos ver un mejor mañana y trabajar para que así sea, siempre y cuando seamos   capaces de asumir nuestra ceguera y pedir ver, y también despojándonos al lanzar nuestras pequeñas seguridades, puestas en ese manto, para poder abrazar lo nuevo.

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