La celebración de la fiesta de Santa Laura Montoya, este año (el 21 de octubre), coincidió, “providencialmente”, con la realización de la segunda etapa del sínodo de la Amazonía en Roma. El sínodo busca el rostro que la iglesia debe asumir en la Amazona. En esta etapa, los indígenas, las mujeres, la ecología integral y la ministerialidad para responder al llamado de Dios desde “el grito de los pobres y de la tierra” son las luces del Espíritu que quiere conducir la Iglesia por los caminos de Dios: desde los márgenes, desde los pequeños, desde los empobrecidos, desde la naturaleza y desde la historia concreta de los seres humanos.

Luara Montoya Upeguí, nació en mayo de 1874 en Jericó Antioquia y murió en octubre de 1949 en Medellín. Su vida la marcó la violencia con el asesinato de su padre a los dos años, la familia tenía una buena situación económica, pero este hecho los llevó a la pobreza y a abandonar su pueblo buscando mejores condiciones económicas. Estudió con muchas dificultades y se graduó  como maestra en 1893, fue profesora en varios pueblos y en un Colegio en Medellín, del que se hizo cargo a partir de 1901, por la calidad y el tipo de formación que ofrecía tuvo gran reconocimiento y grandes enemigos porque la educación no era la educación “normal” para las mujeres. La campaña de desprestigio orquestada por “la gente de bien” la obligó a cerrar el colegio. Mientras fue profesora, fortalecía su experiencia de Dios y su espiritualidad, igualmente, conoció a los indígenas que se convirtieron en el motivo de su discernimiento “espiritual” y humano y que la llevaron a reconocer que Dios la quería como “instrumento” para llevarles la “salvación”.

Para cumplir la “voluntad de Dios” convenció a cinco amigas y a su madre de acompañarla a buscar a los indígenas. En 1914, salieron las siete mujeres desde Medellín en “busca” de los indígenas, ante la mirada escandalizada de la “sociedad” antioqueña porque salían solas, sin un hombre que las “guiara” y “protegiera” y el reproche de parte del clero, que no aceptaba un proyecto misionero sin su definición y control, una compañera de devolvió del camino al terminar el primer día. Caminaron una semana para llegar a Dabeiba y encontrar los Indígenas Embera Katios. Allí fundaron la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, con el apoyo de Monseñor Crespo, quien llamó a Laura “la madre del monte”.

De la época en la cual vivió la Madre Laura, e incidió en ella y ella en la época, destaco las siguientes características: la violencia política y la guerra entre liberales y conservadores (la iglesia se colocó del lado de los conservadores), además del asesinato de su padre, fue testiga de la muerte y los odios que generó;  el ambiente social racista y clasista que caracterizaba a la sociedad Antioqueña y que ella vivió en carne propia, por ser la familia pobre entre sus parientes y por ser la “más negra” del entorno familiar y social, que estaba presente en los lugares donde trabajó;  el machismo social que consideraba a la mujer como “posesión” del hombre, la mujer no podía votar, ni ir a la universidad, ni desempeñar cargos públicos, siempre debía estar bajo la “protección” de un varón; en general, la iglesia no reconocía el protagonismo de las mujeres, rechazaba la ciencia aplicada a los estudios bíblicos, la sociología crítica, la democracia y el liberalismo que consideraba pecado, monseñor Ezequiel Moreno llegó a afirmar que “matar liberales no es pecado”.

Laura Montoya, la primera santa colombiana, fue y es una mujer por encima de su época eclesial y social, vivió en medios de las dificultades y las superó, convirtió sus limitaciones y carencias en fortaleza y lecciones de vida. Laura fue una “mujer de dificultades”, como lo escribió el periodista y escritor Javier Darío Restrepo, quien ahora está conversando con ella.

Tuvo dificultades familiares por el asesinato de su padre, por la pobreza que generó su asesinato, por ser “la negra” de la familia, por el racismo, el clasismo y el machismo de la sociedad paisa y que estaba presente en su familia, por ser mujer en un ambiente dominado por hombres.

Dificultades con la “alta sociedad” antioqueña porque no aceptaba el protagonismo público de las mujeres y ella fue protagonista, no se encerraba en su casa; porque las mujeres debían aprender solo lo necesario para ser buenas esposas (cocinar, cuidar la casa, encargarse de sus hijos y atender el esposo) ella estudiaba, leía y escribía bien;  porque la educación para las mujeres debía llevarlas a ser buenas esposas, amas de de casa y madres y ella les enseñaba literatura, ciencias sociales y sobre todo a pensar, algo muy peligro, por eso la obligan a cerrar “su colegio” a pesar de ser muy bien calificado humana e intelectualmente; porque pasaban los años y no se casaba ni se iba de monja lo cual era mal ejemplo para las mujeres; porque discutió con escritores e intelectuales de su tiempo y eso no era bien visto; porque profesaba igual respeto para liberales y conservadores, ricos y pobres.

Dificultades porque vivió en tensión con la iglesia; por una lado, tenía una profunda fidelidad a la Iglesia que la llevaba a soportar el “autoritarismo de muchos clérigos”, que le impidieron realizar las acciones que le señalaba su discernimiento, por ser mujer, laica, formada e inteligente; por otro lado, su profunda experiencia de Dios y su profundidad espiritual la llevaron a mirar más allá de las estructuras religiosas tradicionales y a realizar una obra de Iglesia por encima de las mismas estructuras eclesiales, fue una mujer adelantada a su tiempo.

Laura tuvo dificultades con la Iglesia porque pedían obediencia ciega a la autoridad y ella hacia discernimiento de la voluntad de Dios y miraba más allá de las autoridades; porque le pedían hacer lo que siempre hacían las mujeres sin preguntar y ella, con su capacidad intelectual preguntaba y pensaba;  porque la mujer siempre debía estar sometida a los varones sin preguntar y ella analizaba y cuestionaba el principio de autoridad; porque los fieles laicos, especialmente las mujeres, debían hacer la “voluntad de Dios” que solo “conocía” el clero y ella discernía la voluntad de Dios más allá del “mundo clerical”; porque las decisiones importantes en la Iglesia (como fundar una comunidad) debía hacerse bajo la autoridad ordinaria y ella tomaba las decisiones que el discernimiento le aconsejaba.

En la vida y obra de la Madre Lura, hay grandes lecciones para el rostro amazónico que la iglesia necesita, entre ellas:

“Evangelización” de los “indios” por amor y en libertad. El amor a Dios y a los indígenas, dio sentido a su vida, concentró todas sus capacidades y energías y fue la razón de su misión y de la fundación de la congregación religiosa. En el tiempo en el que los “indios” eran despreciados, humillados y maltratados ella los amaba, los trababa con dignidad y exigía respeto para ellos. En un tiempo en el que la “evangelización” se imponía bautizando a la fuerza, ella lo hacía con amor y respeto. En el tiempo en el que las costumbres indígenas, los vestidos, las viviendas y los rituales eran vistos como satánicos, idolátricos y despreciables,  ella los contempló con respeto y vió en ellos la obra de Dios. En el tiempo en el que había que “civilizar” a los “indios”, sacarlos de allá y nadie consideraba digno ir donde ellos, ella fue hacia ellos y colocó el noviciado en medio de los “indios”, recordando que el verbo de Dios se hizo ser humano y puso casa entre los más pobres. Ella hizo vida la opción por los pobres.

El protagonismo de las mujeres. La madre Laura fue una mujer convencida que Dios se manifestaba de muchas maneras y en todas las personas cuando se pensaba que Dios ya se había manifestado y solo hablaba por medio de la autoridad; convocó solo a mujeres, sin la tutela de hombres, para ir a los indígenas cuando todas las decisiones importantes las tomaban los hombres; asumió la pedagogía del amor, la libertad, el buen trato y el respeto con los indígenas cuando se acostumbrara a convertirlos a la fuerza y obligarlos a “civilizarse”; mostró un rostro femenino de Dios cuando la imagen dominante era la del juez implacable y padre que generaba miedo.

La dimensión sagrada de la naturaleza. La Madre Laura contemplaba y descubría a Dios en la naturaleza en los tiempos que era una buena obra y muy bien vista, destruir la naturaleza, la selva para hacerla “culta”, para “civilizar la tierra”, “para domarla” y “ponerla a producir”. Dos hechos lo expresan muy bien: el uno, la reflexión que le hizo a sus hermanas de que era necesario aprender a descubrir a Dios en toda la naturaleza porque cuando les llegara la hora de la muerte no tendrían ni confesión ni Eucaristía porque estaría muy lejos de los sacramentos, es decir, la naturaleza era sacramento de dios para ella; el otro hecho, lo que ella llamó “la gracia del hormiguero”, a los 7 años, se divertía observando algunas hormigas que llevaban hojitas hasta a su nido, y de repente sintió la certeza que Dios estaba allí, “Lo sentí durante mucho tiempo, sin saber qué sentía, no podía hablar… Miré de nuevo el hormiguero y en él, con una ternura desconocida, sentí a Dios”. Esta experiencia marcó profundamente su vida interior.

Cuando pensamos en el tiempo que le tocó vivir a la Madre Laura y en lo que hizo, en las opciones que tomó y en las críticas e incomprensiones que sufrió ocasionadas por personas creyentes, por la “sociedad antioqueña”, por religiosas y religiosos, por sacerdotes y obispos y al “pensarla”  en nuestros días, reconocemos que sería incomprendida por mucha gente que hoy le reza y le pide milagros, que se siente orgullosa de ella y la admira, la tratarían de loca, de quererlo cambiar todo, de irrespetuosa con las tradiciones de la Iglesia, de hacerle el juego a la “ideología de género”, de comunista o creerse más que los hombres.

Alberto Franco, CSsR, J&P, Red Iglesias y Minería

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