Fue un largo y sufrido camino: el de reconocerse en el espejo como indígena a pesar del color claro de su piel. Con su identidad encontrada luego de haber nacido y crecido entre el pueblo shipibo y su vocación religiosa descubierta tras vivir y sentirse una más en la comunidad Caco Mapaya (río Alto Ucayali), la misionera Pati Blasco siente la Amazonía en sus venas: “Tocar la Amazonía es como tocar mi sangre”.

Beatriz García Blasco – CAAAP

Ciudad del Vaticano. 09 de octubre de 2019. El segundo apellido de su madre le dio la pista: Manchinari. Y los curas y monjas con los que se rodeaba en su natal Pucallpa, en un tiempo donde se promovía la inculturación recogiendo los frutos del Vaticano II, le motivaban a buscar su verdadera identidad. Pati Blasco es de rostro y cabello blanco, sus facciones poco tienen que ver con las de una indígena de la selva central peruana. “Por más que fuera amazónica, me sentía distinta”, explica. Diferente en un mundo de shipibos-konibos, en un mundo de masato y plátano, de cuentos y mitos. La historia de su abuela, violentada como tantas otras indígenas por un patrón sin escrúpulos en lo que fue una de las peores épocas para las mujeres indígenas de toda la Amazonía, le daba la respuesta.

Se siente shipiba, porque vivió y creció entre shipibos, pero su apellido le indica que, en realidad, tiene raíces yines y cocamas. Indígenas, al fin y al cabo. Descubrir su pasado y acercarse a la Compañía Misionera del Sagrado Corazón de Jesús le cambió la vida. Desde 2002 es religiosa. Una religiosa de sangre indígena: “Lo que siento, lo que me vibra, lo que me identifica, es lo que he nacido y he vivido. Y me siento indígena”. De su paso por Brasil admira el cambio que se está dando, pues tanto los denominados “mestizos” como los “ribereños” están empezando a admitir y comprender que, en realidad, todos tienen raíces indígenas. “Yo los llamo los indígenas invisibles, en ese grupo estaba yo”, afirma la misionera.

Estos días Pati, como le gusta que le llamen simplemente, está en Roma junto con el equipo itinerante intercongregacional, una propuesta novedosa de unos años a esta parte a la que cada vez se suman más hombres y mujeres (religiosos/as y laicos/as) y que recorre las comunidades más inóspitas, especialmente en las fronteras de la Panamazonía. No participa en el aula sinodal, pero difunde sus mensajes en diferentes espacios. “Este Sínodo me mueve, me toca, hasta las lágrimas me salen. Tocar la Amazonía es como tocar mi carne, mi sangre”, asegura.

Su vocación va, inevitablemente, ligada a un lugar: Caco Macaya. Es una comunidad shipiba, del distrito de Iparía, en el Alto Ucayali. Con 27 años, con el ánimo de vivir una experiencia cercana, armó su mochila y se fue para allá. Era 1995. Entró en contacto con la que hoy es su congregación. “En aquel tiempo ni sabía su nombre, sólo les llamábamos las Hermanas de Macaya y decíamos, ellas viven como los indígenas, visten como ellos, hablan como ellos… y dije, eso quiero”, recuerda con cierta nostalgia. Una decisión de vida.

En su encuentro con el Papa Francisco, la emoción le venció y abrazó con naturalidad al Santo Padre. Imagen: Cedida

Al llegar a Caco Macaya una señora se acercó a regalarle plátano como símbolo de bienvenida. Ella le llama su ‘tita’, su ‘mamá’. La señora hablaba, pero ella no le entendía nada. Y en ese diálogo entre dos desconocidas, ella le regaló un nombre en shipibo. “Me llamó Netem Huesna, que significa amanecer claro, cuando despierta el día”, cuenta, “lo puso por el tono de mi piel”. Sentirse hermanada desde el primer día con la comunidad, viviendo como uno de ellos, yendo a la escuela con los niños le confirmaron su vocación: “Por eso entré a la vida religiosa, por un apostar por la cultura, por los pueblos, por lo sencillo, lo simple… por eso me consagro, porque quería estar metida en los lugares más profundos y alejados, donde la iglesia no está presente, respetando y valorando las culturas”.

Trabajar junto a la mujer indígena

“Vi como ellas iban empoderándose desde su cultura, no desde el esquema occidental. Eso me enriqueció y me hizo buscar otra manera de ser religiosa partiendo de mi identidad”. Pati no habla de la selva, sino de África. Luego de sus años de estudios en Lima tras tomar la decisión de consagrarse, fue a El Chad por cuatro años. Una experiencia que fue un antes y un después, tanto para su vida como para su trabajo. Descubrir su identidad fue un largo peregrinar. “Me hizo sufrir mucho tiempo, por más que era blanca tenía algo dentro de mí. Fue un camino interior, profundo”, admite con emoción.

Reconocerse como mujer y como indígena le permite tener clara una idea. “Las mujeres indígenas tienen algo que proponer, podemos empoderarnos no desde los valores feministas occidentales, sino desde nuestros valores originarios podemos liberarnos desde ahí, desde donde hemos nacido. No se trata de copiar otros modelos, sino que nuestras raíces tienen elementos. La mujer amazónica ya tiene un rol, ahora nos falta creer que sí es verdad que nosotras cambiamos, construimos y preservamos lo mejor que tenemos”. Destaca sobre todo el vínculo especial que las mujeres amazónicas tienen entre madres e hijas, muy similar al de la Madre Tierra con todos nosotros como hijos. Percibe, siente que se crea un círculo de protección extraordinario, difícil de describir con palabras.

  • ¿Quién es la mujer amazónica?
  • Creo que la mujer amazónica no se define, no habla de quién es, pero es la fuerza de toda la Amazonía, son las mamás las que han preservado las culturas, las que han educado a los hijos, las que han mantenido lo que es ahora. La mujer es la que, sin saber leer ni escribir, ha sostenido la forma de vida, la forma de relacionarse, de empoderarse. La mujer amazónica sabe manejarse, tiene su espacio, ahora, que esto se destruya y manipule con conceptos equivocados sobre la valoración de la persona en el aspecto humano y sexual… Los indígenas tenemos una relación humana distinta a nivel afectivo y sexual, pero no podemos decir que eso es lo que define la cultura.

Se refiere a la costumbre de tocarse. “Es algo diferente a lo sexual, es algo de relación, cercanía, familiaridad… lo  veía en mi familia también, eso mismo que hacen los indígenas, eso de tocarnos la cabeza, estar echados tocándonos… son espacios de confianza, de compartir, de familiaridad, ahí es donde se habla de corazón a corazón, con franqueza, hablamos sin ocultar nuestras intimidades, miedos, secretos, interrogantes. Todos los pueblos tienen eso afín, la relación, entre las personas y con la naturaleza, ir a la chacra, libertad, corriendo cantando, cultivando, sembrando…”. Esto último lo redescubrió y confirmó en el Datem del Marañón, trabajando en un hogar intercultural con mujeres jóvenes indígenas de siete pueblos (awajún, wampís, shawis, kwichua…), por la formación de lideresas desde la cultura de cada una de ellas.

Un nuevo reto por venir

Está ilusionada, se refleja en su rostro la emoción por emprender una nueva aventura, un nuevo proyecto. Su integración en el equipo itinerante es reciente y, el próximo año, espera recorrer lugares complicados para llegar hasta quienes más ajenos y alejados viven de nuestro mundo. “Espero que esto acreciente mi experiencia amazónica. La Amazonía no es Ucayali, no es Perú, es todo. No podemos estar cada uno por nuestro lado pescando, eso no funciona, hay que unirnos para apostar por la vida que clama en la Amazonía, lugares que no se escuchan, que no se ven…”, opina. Asume que no será fácil, duda sobre si podrá aguantar, pero estar con las gentes más alejadas le llama.

Le llama la vida misionera, la vida compartida, la vida dedicada a los indígenas a quienes, de corazón, considera sus hermanos y hermanas de sangre amazónica.

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