Autor: P. Juan Bottasso

¿Por qué este título? Porque existe el peligro que se acabe reduciendo al p. Bolla a una “estampita”, un misionero sacrificado, paciente,  inmensamente generoso, siempre sereno y alegre. Gracias a Dios misioneros así los hay y está claro que Yankuam fue todo esto, pero fue también muchísimo más. El con su vida revolucionó en profundidad el perfil del misionero, explorando nuevos caminos para la evangelización. Y no lo hizo reflexionando en un cuarto aunque ubicarlo en la selva y poniendo por escrito sus intuiciones. Tampoco lo hizo viviendo al interior de un pueblo amazónico, portador de una cultura  que no podía ser más distante de aquella en que había nacido. Lo hizo viviendo literalmente como ellos. Para un occidental, y por añadidura citadino, el estilo de vida de los Achuar es sumamente duro y para Yankuam lo fue mucho más, porque él no podía contar con el apoyo de una familia suya, apoyo que para todo Achuar es fundamental.

El optó por pedirles que lo aceptaran como huésped y  necesitó tiempo para que ellos se convencieran que su pedido era desinteresado. Por años permaneció solo y fue capaz de llevar ese tipo de vida, rígidamente fiel  a sus compromisos de sacerdote y de religioso, únicamente sostenido por el ideal abrazado desde niño de anunciar  el Evangelio a un pueblo al cual nunca había sido predicado.

Una experiencia así no puede dejar de plantear algunas preguntas.

  • ¿En qué consiste la “revolución” del p. Bolla?
  • Para anunciar el Evangelio a los Achuar ¿es indispensable vivir como ellos?
  • ¿El p. Bolla puede ser imitado?
  • ¿Su experiencia es únicamente válida para evangelizar a un pueblo de la selva?

 

La revolución del p. Bolla

Cuando las repúblicas americanas después del remezón de la independencia, alcanzaron cierta estabilidad se dedicaron con entusiasmo a modernizarse y pusieron un empeño particular en “civilizar a los salvajes” que aún se encontraban en sus territorios. No disponiendo de personal preparado y dispuesto a asumir la difícil tarea, se la confiaron  casi  todas a la Iglesia. Muchas órdenes y congregaciones religiosas asumieron con gusto el reto, movidas por el despertar del fervor misionero, que, desde Francia, se había extendido a muchas naciones.

En el Ecuador fueron creados cuatro Vicariatos Apostólicos  confiados a otras tantas instituciones religiosas. El de Méndez, que corresponde aproximadamente a la actual provincia de Morona Santiago,  entonces poblada casi exclusivamente por Shuar, fue entregado a los salesianos.

Es conocido el coloquio de Monseñor Comín con el Papa, en el cual el obispo lamentaba la esterilidad del trabajo con esa etnia “aristocráticamente altiva”, comparándolo a la inutilidad del “regar un palo seco”. Las cosas cambiaron cuando se generalizó la práctica de reunir a los hijos de los Shuar en internados.

Yankuam llegó a las misiones en el momento en que el sistema “internados” estaba alcanzando su máximo florecimiento. En un comienzo debe haberle parecido el camino más práctico para “civilizar y evangelizar” a este pueblo. Pero, poco a poco, su visión cambió radicalmente.

Él se fue convenciendo que el bien supremo que  posee un ser humano es su dignidad, la satisfacción de ser lo que es, el orgullo de pertenecer al grupo humano en el cual ha nacido. Pero fue viendo que la actividad que se llevaba a cabo en las misiones no conducía a esto.

Allí se decía  a chicos y chicas  que debían “civilizarse”, que sus pueblos habían sido “primitivos”, o peor, “salvajes”, y que ellos debían  llegar a ser diferentes. La intención era sin duda buena, pero de esta manera, se denigraba a su pueblo, con todo su pasado, describiéndolo de manera negativa. El modelo entonces llegaba a ser el “blanco” , el colono, aunque los misioneros no se lo propusieron explícitamente. Es fácil ver como por este camino se podía llegar a formar individuos acomplejados, que tenían vergüenza de ser lo que eran, y querían ser algo diferente, pero inalcanzable, porque la identidad profunda de uno no se puede borrar.

El no entró en polémica con el trabajo de los demás misioneros, pero fue madurando el propósito de intentar otras vías.

No podía ser que la presencia de quienes anunciaban el Evangelio tuviera un resultado que él juzgaba negativo.

El cambio de enfoque fue lento y gradual, pero siempre más radical. Los estudios y las lecturas de antropología, así como el contacto ocasional, pero bastante frecuente, con especialistas en la materia, lo fueron convenciendo que el concepto de “salvaje” es una invención de los Occidentales, que asumen su cultura  como unidad de medida para juzgar a todas las demás.

El no solo dejó de considerar a los Achuar como “salvajes”, sino que llegó a verlos  – y lo repite varias veces en sus escritos –  como un pueblo de los más nobles. Como seres humanos son absolutamente iguales a todos los demás miembros de la especie “homo sapiens sapiens”. Si su cultura es muy diferente a la de los otros grupos esto es simplemente fruto de su historia  y de su adaptación al ambiente de la selva. Evidentemente no se trata de una cultura perfecta, como no lo es ninguna cultura humana, pero sus expresiones no hay que juzgarlas aisladamente, sino viéndolas en su conjunto. Yankuam en sus apuntes nunca critica a los Achuar, aun frente a manifestaciones que le parecerían inaceptables; él afirma siempre que “hay que intentar comprender”. Y a esta comprensión consagró la vida entera.

Jamás afirmó que ellos no debían modernizarse, que el ideal hubiera sido que se conservaran siempre como los había conocido en su primer contacto: se hubiera tratado de algo, no solo imposible, sino ridículo. Lo que le preocupaba (y en él se había convertido casí en una obsesión) era que en el proceso de cambio, perdieran su orgullo y su sentido de pertenencia. Una vez convertidos en “indios genéricos”, se habrían apegado a la llamada “civilización”, como pobres individuos acomplejados.

El Concilio Vaticano II le ofreció también la inspiración para renovar su manera de anunciar el Evangelio.

La teología misionera tradicional partía del presupuesto que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, que la única puerta  para ingresar  en esta Iglesia es el bautismo y que la predicación del Evangelio debe borrar todas las creencias anteriores, considerándolas falsas y hasta diabólicas.

El decreto conciliar “Ad gentes” constituyó una enorme novedad, al afirmar que la presencia de Dios ya se encuentra en todas las culturas, aunque de manera embrional (semillas de Verbo).

Yankuam se empeñó tenazmente en buscar esta presencia y la fue encontrando especialmente – aunque no solo – en los mitos. De aquí su otra “obsesión”: la de partir siempre de los valores ya presentes en el pueblo, preocupado de que el anuncio evangélico no resultara una introducción de algo completamente extraño, sino una fuerza, capaz de hacer brillar más una luz ya encendida. Cualquier pretexto para suscitar complejos de inferioridad debía ser evitado.

Se trataba entonces de resaltar que, de alguna manera, Dios ya les había hablado, y que, si él se había establecido entre ellos, era para ayudarlos a hacer florecer esta presencia de Dios. En otras palabras: el Evangelio no venía a sustituir, sino a enriquecer.

En la época en que Yankuam se estableció entre los Achuar se había difundido bastante entre los misioneros católicos la tendencia a postergar la propuesta explícita del Evangelio. Se afirmaba que lo prioritario era llevar cierto “desarrollo” y solo en un segundo momento convencía evangelizar. Yankuam, partiendo de su experiencia, se oponía resueltamente a esta posición. Él estaba convencido que el “desarrollo” , si no se funda sólidamente sobre la base de valores espirituales, no solo no ayuda, sino acaba corrompiendo.

¿Para anunciar el evangelio a los Achuar es indispensable vivir como ellos?

Se escucha repetir con insistencia que el misionero debe inculturarse, es decir, adaptarse lo más posible al estilo de vida de los destinatarios, conocer su cosmovisión, comprender su manera de ser. Ahora bien: es evidente que la inculturación no solo no puede ser total, sino que tampoco es deseable que llegue a serlo, porque esto implicaría la destrucción de la personalidad del individuo. Por mucho que el misionero se esfuerce, nunca dejará de ser lo que es, siempre conservará su identidad, por sus herencias genéticas, su educación, su historia. Es deseable que cada uno emprenda un esfuerzo y haga lo posible, para llegar hasta donde pueda, pero en algo será siempre diferente de los miembros del pueblo al cual se dedica

En esto Yankuam quiso ser radical y asumió el modo de vida de los Achuar hasta donde su situación particular se lo permitió. Quien conoce como vive un pueblo amazónico tradicional, sabe muy bien que, para uno que llega de la ciudad, las condiciones son prohibitivas. La alimentación depende mucho de los avatares de la cacería y, ciertos días, simplemente “atsawai” (no hay). El trabajo, machete en mano, es durísimo, el clima enervante, las horas de sueño escasas, en situaciones de tranquilidad muy relativa, cuando uno es huésped de una familia numerosa.

¿Por qué Yankuam quiso vivir así? Es bien conocido que el desconfiaba de las mediaciones, que corren el riesgo de ofuscar la claridad del mensaje. En una misión la vida puede ser austera y pobre, pero no es la de los destinatarios y, a los ojos de ellos, es más cómoda. Las estructuras, sin proponérselo, separan; la misión fatalmente se convierte en una isla.

Para él la cercanía a la gente era algo indispensable, la utilización de su lengua total y permanente. Él quería que, viéndolo, los Achuar entendieran qué significa disponibilidad, soportación, solidaridad, perdón. Quería que los valores del Evangelio no se limitaran a ser transmitidos con palabras, sino con la vida.

Es lo que el Dr. Colaianni llama “pedagogía horizontal”, según la cual las enseñanzas no caen de lo alto, de maestro a discípulo, sino que nacen de la proximidad física, el intercambio, el diálogo permanente.

Yankuam quiso que quedara bien evidente el aprecio en el cual tenía el tipo de existencia de ellos. Si vestía como ellos, si celebraba con la corona de plumas en la cabeza, no era una concesión a un folklorismo barato, sino una manera de valorar una tradición, de la cual debían sentirse orgullosos.

Obviamente tenía perfecta conciencia que este tipo de vida presentaba no pocas dificultades para compaginar con la vida religiosa tradicional. La salesiana en particular atribuye mucha importancia a la comunidad, y esta tiene sus exigencias: horarios, ritmos, comidas y rezos en común…. Cuando él decidió ir a vivir como huésped entre los Achuar, todo esto resultaba imposible. No es que rehuyera vivir con otros, sino que, para ser aceptado, debía entrar solo.

Pero no dio un solo paso sin contar con las respectivas autorizaciones, que, a veces se hicieron esperar largo tiempo. De todas maneras deseó siempre que llegara el día en que pudiera contar con la compañía de otros salesianos. Ese dia llegó cuando el p. Diego Clavijo pudo viajar da Perú, para compartir su experiencia. La que conformaron fue una comunidad muy peculiar, porque el tiempo que pasaban juntos se limitaba a pocos días en el mes. Sobre este punto el padre tenía una idea muy clara.

Hay situaciones misioneras en las que la vida religiosa debe poder adoptar modalidades muy particulares en las cuales lo prioritario no es la observancia estricta de un horario, sino la disponibilidad para evangelizar con más eficacia.

Leyendo sus diarios se nota, especialmente en los últimos años, que él soñaba con algo así, e intentó varias veces redactar un reglamento para ese tipo de presencias misioneras, en las que los destinatarios se integraran a la comunidad evangelizadora.

Ojalá, a través de estas páginas, la pregunta inicial haya encontrado una respuesta. Para evangelizar a los Achuar, o a cualquier otro pueblo, para la mayoría de los misioneros será imposible vivir literalmente como ellos. Yankuam fue radical: cada uno llega hasta donde sus posibilidades se lo permiten.

¿Yankuam puede ser imitado?

¿Puede imitarse a Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Charles de Foucauld, Teresa de Calcuta? No se nombra a estos personajes para equiparar a Yankuam con ellos (¡no exageremos!) sino solo para usar una imagen que aclara el concepto. Los ideales deben ser altos, aunque pocos los alcancen.

Pocas personas logran coronar la cumbre del monte Everest, pero muchas intentan medir sus fuerzas subiendo a cimas más modestas. El resultado depende de las capacidades de cada uno. Yankuam tal vez sea irrepetible y hay que pensarlo mucho antes de querer intentar hacer literalmente su misma experiencia. Algunos misioneros quedaron fascinados por su radicalismo pero, cuando intentaron seguir un idéntico camino, constataron que se trataba de algo superior a sus fuerzas.

Hablando, por ejemplo, del aspecto humano, no faltó quien lo tildó de irresponsable y, por algo, los superiores demoraron en autorizar su experiencia. Vivir a muchos días de distancias del último punto en el cual pudiera ser socorrido en caso de peligro grave para la salud, significaba exponerse al riesgo de morir por falta de medicinas y de cualquier auxilio.

De esto él era del todo consciente y ese riesgo lo corrió más de una vez. Por no hablar de las repetidas amenazas de muerte de parte de madereros, mineros y narcotraficantes.

En lo espiritual  es evidente que solo una reciedumbre interior como la suya pudo permitirle vivir tantos años solo, tenazmente apegado a la observancia de los votos religiosos. Es verdad que cada año abandonaba su remoto rincón de la selva, para participar en los retiros espirituales con sus hermanos salesianos, pero durante todo el resto del tiempo debía hacer frente solo a su situación de aislamiento. El amor y la admiración por los Achuar los habían convertido en parte de su familia, pero toca admitir que ese amor, esa admiración y el apego a su vocación evangelizadora, debían ser enormemente fuertes para sostenerlo durante tantos años.

Recorriendo sus apuntes se descubre cuál fue la fuente de esa energía espiritual, fuera de lo común. Con frecuencia habla de la necesidad de buscar un tiempo para quedar solo y así poder orar y meditar. No son pocas las veces en que, regresando de unos de los raros viajes fuera de su territorio, después de haber pasado algunos días es una comunidad salesiana, agradece por el cariño y la acogida, pero lamenta que las oraciones se hayan rezado con una prisa excesiva y con superficialidad.

Sí, a Yankuam se puede intentar imitarlo en su entrega, su constancia, su generosidad, su identificación heroica con los destinatarios, su consagración hasta el último día a la misión evangelizadora, pero en este esfuerzo cada uno llegará hasta donde le permiten sus fuerzas y sus convicciones.

 

¿La experiencia de Yankuam es únicamente válida para evangelizar a un pueblo amazónico?

Es necesario aclarar: la modalidad que él utilizó resultaba literalmente posible solo  en el ambiente en el cual le tocó vivir, la selva; pero el espíritu, la esencia de su intuición, no solo es aplicable en cualquier ambiente, sino que resulta sorprendentemente actual, muy cercana al estilo del Papa Francisco. Es en un mundo como el nuestro que la experiencia del “misionero huésped” se está convirtiendo en casi la única posible.

Para justificar esta afirmación puede ser útil acudir al recuerdo de lo que sucedió en el pasado cuando, a raíz de los grandes descubrimientos, España,  y Portugal se lanzaron  la gran aventura misionera. Los métodos utilizados fueron esencialmente dos, muy diferentes el uno del otro: el de América y el de Asia, el que utilizó el poder y el que partió de la debilidad.

América, antes de ser evangelizada, fue conquistada. Los misioneros llegaron junto con los conquistadores y, aunque muchas veces entraron en conflicto con ellos y condenaron sus métodos, caminaron juntos y se apoyaron mutuamente. Como los destinatarios habían sido previamente sometidos, la predicación asumió un tono muy peculiar y, a menudo, la evangelización resultó más que todo un endoctrinamiento,  con poquísimos intercambios con los valores y los saberes de las culturas locales.

Los inconvenientes de esta alianza entre el trono y el altar se pusieron de manifiesto a raíz  de la independencia, que dio origen a varias repúblicas, gobernadas por elites liberales, hostiles a la Iglesia. Esta, privada de apoyo del poder temporal, conoció la crisis más dramática de toda su historia.

En Asia el proceso fue diferente. Allá el protagonista fue Portugal; el único país asiático evangelizado por España fueron las Islas Filipinas, con el sistema “latinoamericano”.

Portugal, siendo un país pequeño, no pudo conquistar toda Asia, sino uno que otro puerto. No por esto sus misioneros renunciaron a hacerse presentes en muchos países y a penetrar en el corazón de China. No todos ellos eran portugueses. Algunos, como Francisco Javier, eran españoles y de otras nacionalidades.

Pero, desde un comienzo se dieron cuenta que no podían moverse con libertad, como en su casa, porque eran apenas tolerados. Fueron los jesuitas los más audaces en adaptarse a esta situación. Hombres como Ricci, Rodríguez y muchos otros, adoptaron las costumbres chinas: vestido, idioma, modales de la complicada etiqueta local. Estudiaron los clásicos y se ganaron  la amistad de los sabios, haciendo gala de sus conocimientos científicos, muy apreciados por un pueblo pragmático como el chino.

Aprendieron que les tocaba portarse con extrema discreción y prudencia, dada la permanente posibilidad de ser expulsados, por depender del capricho y el humor de los funcionarios. En otras palabras: vivieron la condición del huésped.

A pesar de estas limitaciones los resultados de sus actividades fueron enormes. Si no hubiera sido por la intromisión de los misioneros de otras Ordenes, que  juzgaron su método demasiado sincrético y reñido con la ortodoxia, es muy posible que el cristianismo habría penetrado profundamente en la mentalidad y la cultura, no solo de China, sino de toda Asia. Las denuncias  llegaron a Roma, y, después de un siglo de diatribas y controversias, los “ritos chinos y malabares” fueron prohibidos. Se perdió una oportunidad irrepetible.

Hoy, de alguna manera, la situación, a nivel mundial, es parecida a la de Asia de los siglos XVI y XVII.

Se acabó el tiempo de la cristiandad. En este nuestro mundo la Iglesia dejó de ser “potencia” y resulta siempre más minoritaria. Nadie soporta que ella se presente como quien sermonea, regaña, critica y condena. Los escándalos de los últimos años han contribuido también  volverla más humilde y a tomar conciencia de ser vulnerable y pecadora.

Es la Iglesia de Francisco. La que no quiere apoyarse en grandes estructuras, en ceremonias fastuosas o en la amistad con los poderosos. La que utiliza el dinero, pero conoce la facilidad con la que este corrompe; la que condena el clericalismo, porque no quiere que el sacerdote se considere privilegiado.

Una Iglesia que se pone a lado de las personas  heridas o dejadas a un lado, siempre dispuesta a servir, más que a juzgar.

Yankuam dejó este mundo pocas semanas antes de que fuera elegido el Papa Francisco. ¡Cómo se alegraría escuchando hoy sus palabras y viendo sus gestos, porque vería confirmado el estilo que lo caracterizó toda la vida!

En lo profundo de una selva o en el corazón de una ciudad, en una periferia urbana o entre una multitud de migrantes, en medio de obreros o de universitarios, la que no recibe rechazo es una Iglesia que vive como huésped y no dueña, la que no defiende sus privilegios, sino que busca solamente servir. La de Yankuam, la de Francisco.

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