El conocimiento de la realidad es un elemento fundamental a la hora de hacer un análisis. La Iglesia católica se está preparando para el Sínodo para la Amazonía, donde se han envuelto un buen número de personas de la región. El pasado 11 de marzo, Monseñor Erwin Kräutler, Obispo emérito del Xingu y Coordinador de REPAM-Brasil,

En el Aula Inaugural en la Facultad Jesuita – FAJE, de Belo Horizonte, hacía una lectura del Sínodo desde una perspectiva histórica, a nivel social, político y eclesial, provocando una reflexión y lanzando propuestas de futuro.

Monseñor Erwin Kräutler llegó a la Prelatura del Xingú en 1965, de donde fue obispo de 1981 a 2015. Sus casi 54 años de misionero en la Amazonía brasileña le han permitido conocer y denunciar muchas situaciones de injusticia contra los pueblos y el medio ambiente, algunas de las cuales son narradas en el texto, dado a conocer por la REPAM-Brasil el último 5 de abril. Al mismo tiempo, coloca la importancia de algunos encuentros de la Iglesia católica, destacando el encuentro de Santarém, en 1972.

Finalmente, centrándose en el Sínodo para la Amazonía, hace algunas propuestas, que independientemente de que puedan ser aprobadas, deben ser tenidas en cuenta, especialmente por quienes tendrán voz y voto en la asamblea sinodal. Son propuestas que surgen del conocimiento, el compromiso, la preocupación y el amor por la Amazonía y sus pueblos de alguien que ha dado la vida por la región, poniéndola en riesgo en diferentes momentos, como fruto de su actitud profética.

También podemos decir que son ideas que vienen de lejos, pues no podemos olvidar que Monseñor Kräutler, en un encuentro en 2014 con el Papa Francisco, fue el primero en plantear abiertamente, en las más altas instancias vaticanas, cómo resolver el problema de la celebración eucarística en las comunidades amazónicas, a lo que el Papa le respondió que hiciesen propuestas valientes y osadas. Llegó la hora de hacer esas propuestas, de buscar nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral. Tenemos entre manos un buen instrumento que nos puede orientar en esa tentativa.

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Amazonía: un desafío para la Iglesia y la humanidad

Aula Inaugural en la Facultad Jesuita – FAJE (Belo Horizonte, Brasil)

Mons. Erwin Kräutler, Obispo emérito del Xingu, Coordinador de REPAM-Brasil

 

El título escogido para esta Aula Inaugural me hace recordar las palabras del Papa Francisco a los obispos de Brasil con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud en 2013 en Río de Janeiro. Llamó a la Amazonía de “prueba decisiva, banco de pruebas para la Iglesia y la sociedad brasileñas» [1]. La defensa de la Amazonía en realidad no es sólo una prueba decisiva para Brasil, sino para toda la humanidad, pero de modo especial para el continente sudamericano.

La Amazonía es la mayor cuenca hidrográfica del mundo con el 20% del agua dulce no congelada del planeta. Es de una biodiversidad gigantesca que hasta hoy no ha sido suficientemente investigada y catalogada. Aún más, el bosque tiene una función reguladora del clima, absorbiendo el gas carbónico, gran responsable del calentamiento global. Nos impresiona particularmente el fenómeno de los llamados Ríos Voladores, una especie de curso de agua invisible que circula por la atmósfera. Se trata de la humedad generada por la Amazonía y que se dispersa por todo el continente sudamericano. Las principales regiones de destino son el Centro-Oeste, Sudeste y el Sur de Brasil, de forma que algunos investigadores afirman que, sin esa humedad, el ambiente de esas regiones se va a transformar en algo parecido a un desierto. El origen de los ríos voladores ocurre de la siguiente forma: los árboles del Bosque Amazónico «bombean» las aguas de las lluvias de vuelta a la atmósfera. El agua de las lluvias que queda retenida en las copas de los árboles se evapora y permanece en la atmósfera en forma de humedad. [2]

En el sur y sureste de Brasil y en los gabinetes de Brasilia se defiende hasta el agotamiento el eslogan «La Amazonía es nuestra». Tal vez sea aún consecuencia de un montaje en un ficticio libro escolar que habría circulado en los Estados Unidos en que en el mapa de América del Sur la Amazonía aparece como un enorme espacio blanco. La confusión llegó a tal punto que la Embajada de Brasil en Washington tuvo que manifestarse afirmando que se trataba de un fraude. Pero en las cabezas de unos y otros ese fantasma sigue existiendo hasta hoy.

«La Amazonía es nuestra»

Considero de cierto modo hasta grotesco ese eslogan frente a las empresas extranjeras que se establecieron con el aval de los diversos gobiernos brasileños. Hace mucho tiempo se sienten dueñas de la Amazonía y explotan suelo y subsuelo y a la mano de obra barata. La mayor parte de las actividades económicas están dirigidas a intereses de países que tienen legislación mucho más severa que la nuestra en relación a la preservación del medio ambiente.

Paradigmático es el caso de Barcarena en el Pará, a 100 km de Belém. La bauxita es transformada en alúmina. El costo ambiental y energético es altísimo, de modo que la legislación ambiental de ninguno de los países a donde el producto final está siendo exportado permitiría tan enormes riesgos para la población y el medio ambiente. Después de una fuga de las represas de deshechos de bauxita de la refinería noruega Hydro Alunorte entre 16 y 17 de febrero de 2018, un laudo del Instituto Evandro Chagas (22.2.2018) confirmaba la contaminación en diversas áreas de Barcarena. En Noruega un accidente de este tipo redundaría en el inmediato cierre de la refinería y condena de la empresa a pagar todos los daños. En la Amazonía la empresa primero niega el accidente, luego toma sólo conocimiento del laudo y promete un posterior análisis. Arrasan el medio ambiente, contaminan las aguas, perjudican gravemente a la población, pero nada de significativo sucede. Los beneficios no pueden menguarse o aplicarse en medidas para una mayor seguridad. ¡El pueblo es que se fastidie!

Otro ejemplo para comprobar la «internacionalización» de la Amazonía es la tan hablada Zona Franca de Manaos, creada en 1957 y bendecida diez años después por la dictadura militar con el propósito de estimular el desarrollo económico de la Amazonía Occidental. Los verdaderos beneficiados son, sin duda, empresas extranjeras. Lo que la Amazonía realmente gana no es tan expresivo y hasta bastante cuestionable, visto el éxodo rural y consecuente hinchazón de la capital amazonense con todos los problemas que derivan de su crecimiento desordenado.

Después de la construcción de las represas y de la Hidroeléctrica Belo Monte, cerca de la ciudad de Altamira en el estado de Pará, y sus consecuencias irreversibles sobre la población y el medio ambiente, ahora pasa en el Xingu otra desgracia. En comparación con esta nueva embestida inescrupulosa la Hidroeléctrica es poca cosa. Una minera canadiense quiere instalar el mayor sistema de extracción de oro a cielo abierto. Brasil está entregando su oro a una empresa extranjera a cambio de «royalties». Ya rodearon una área significativa en la Vuelta Grande del Xingu. Será un pedazo de Canadá en el Xingu. Si el proyecto realmente llega a concretarse amenazará de modo dramático a los habitantes indígenas y ribereños, afectará sensiblemente el ecosistema de la región y destruirá de una vez por todas los sitios arqueológicos allí existentes. El cianuro utilizado para extraer el oro del suelo o de las rocas es altamente tóxico, pero Belo Sun habla «de total seguridad» de sus emprendimientos. Lo que significa total seguridad aprendimos en Mariana y ahora hace poco tiempo en Brumadinho. Sabemos muy bien que las consecuencias de un desastre serán irreversibles y jamás habrá recuperación de las aguas y de las zonas afectadas en el Xingu. ¿Pero para qué una firma extranjera, interesada solamente en extraer 60 toneladas de oro en un período de doce años, va a preocuparse por lo que viene después? Canadá se queda con el oro y Brasil con otra región y aguas envenenadas. ¡Que absurdo! ¿Pregunto al ministro general Augusto Heleno [3] si un proyecto de esa envergadura no afecta la soberanía de nuestro país?

 

«La Amazonía es nuestra»

 

En la visión geopolítica del gobierno militar de la dictadura el miedo de un día perder la Amazonía, no sé para quién, hizo que el primer presidente de la Dictadura Militar Humberto de Alencar Castelo Branco 1966, en tiempos de «Brasil Grande», acuñase el famoso slogan nacionalista «Integrar para no entregar». Y el fruto de ese pavor de que alguien robase la Amazonía está detrás de la construcción de la Ruta Transamazónica. A partir de la década de 70, la Amazonía se convirtió en escenario de grandes migraciones. La construcción de inmensas carreteras que cortan la selva hasta entonces intocable, provocó una carrera de miles de familias del nordeste a la Amazonía. Sobrevolando el noreste, el presidente General Medici habría exclamado con los ojos hacia el norte, «Tierra sin hombres para hombres sin tierra», mirando de las alturas a los nordestinos duramente castigados por la sequía. El reportaje de la Folha de São Paulo, el 10 de octubre de 1970, con el título «Medici implanta en la selva el marco inicial de la Transamazónica», es emblemático para aquella época. «El general Medici presidió ayer en el municipio de Altamira, en el Estado de Pará, la solemnidad de implantación, en plena selva, del marco inicial de la construcción de la gran carretera Transamazónica, que cortará toda la Amazonía, en el sentido este-oeste, en una extensión de más de 3.000 kilómetros e interconectará esta región con el Nordeste. El presidente emocionado asistió al derribo de un árbol de 50 metros de altura, en el trazado de la futura carretera, y descubrió la placa conmemorativa (…) incrustada en el tronco de una gran castañera con cerca de dos metros de diámetro, en la que estaba escrito: En estas márgenes del Xingu, en plena selva amazónica, el Sr. Presidente de la República da inicio a la construcción de la Transamazónica, en un arranque histórico para la conquista de este gigantesco mundo verde.

La carretera que hoy ostenta la noble sigla de BR-230 fue planeada para conectar, en una extensión de 8 mil kilómetros, el Nordeste y el Norte con Perú y Ecuador. En realidad se quedó en 4.223 kilómetros y hasta hoy continúa en su mayor parte sin asfalto y prácticamente intransitable durante el «invierno» [4]. Las promesas de concluir la Transamazónica y así aliviar el sufrimiento del pueblo que vive a lo largo de la carretera y sus ramales y de los conductores que a veces pasan días con los camiones atollados en algún trecho, ya duran casi 50 años y nada o poco sucede. Una verdadera calamidad.

Con la apertura de esa arteria que corta la selva milenaria de este a oeste la destrucción del bosque estaba programada. Por increíble que parezca, derribar y quemar la selva se ha convertido en sinónimo de progreso y desarrollo. Y para allá fueron los nordestinos huyendo de la sequía, atraídos por promesas milagrosas del gobierno. Pero pocos, apenas el 15%, permanecieron. Los otros se desanimaron y abandonaron la nueva «tierra prometida» y volvieron en un camión al noreste de la aridez y de las sequías periódicas, o bien se refugiaron en las ciudades que de la noche a la mañana se hincharon, duplicando y triplicando el número de sus habitantes.

La llamada segunda colonización, también incentivada por el gobierno, trajo familias del sudeste, del centro y del sur de Brasil a esta nueva frontera. Vinieron en busca de tierras para la agricultura o crianza de ganado.

Muchos de los pioneros, sujetos a las más diversas enfermedades, como la malaria, el agotamiento físico, sin asistencia médica, sin escuela, sin caminos vecinales transitables para sacar el producto, se desanimaron y vendieron a precio ínfimo su lote a hacendados que concentraron así tierras con título de propiedad, degradando a los pequeños campesinos a la condición de peones, de agregados o haciéndolos trabajar «a medias» en los lotes de los cuales hasta hace poco eran dueños con título definitivo. Los lotes familiares de 100 hectáreas disminuyeron y cedieron lugar a grandes haciendas. El dinero obtenido por la venta del lote dio para sostener a la familia sólo por poco tiempo. Algunos, de repente sin nada más, intentaron probar suerte buscando oro. Si no encontraron oro, la malaria la encontraron con certeza. Como consecuencia de las enfermedades, muchos murieron «de muerte segura», otros tantos, por la violencia que reina en los lugares donde se busca oro. No hay estadísticas.

Décadas pasaron desde entonces. Los que permanecieron en la Transamazónica y se tornaron dueños de mayores extensiones de tierra, en parte hasta lograron buenos resultados. En el actual municipio de Medicilândia [5] de la tierra púrpura surgieron vastos cañaverales en sustitución de la selva tropical. Sin embargo, el drama del Pacal (1983), durante el cual fui arrestado por la Policía Militar, por orden del entonces Gobernador Jader Barbalho, entró en la historia como la gran rebelión de los cañeros contra los malos tratos, la falta de pago de la cosecha entregada y, la quiebra de la Usina de Azúcar y Alcohol Abraham Lincoln. Las plantaciones de caña desaparecieron. Los colonos, pequeños y medianos hacendados, empezaron a invertir en la ganadería, o bien, lo que trajo mejores resultados, en el cacao. Lentamente emergió una clase media rural, pero siempre sujeta a la oscilación de los precios en el mercado internacional.

En los últimos decenios surgió una nueva categoría de conquistadores de la Amazonía. Son los famosos “grileiros” (falsificadores de títulos de propiedad de tierra) que usurpan tierras de la Unión y hay casos en que a través de maniobras sin escrúpulos mandaron confeccionar títulos definitivos de propiedad. Disponen como en los viejos tiempos, de fuerzas paramilitares para defender sus intereses. Usan de sus influencias político-financieras para mantenerse en grandes áreas. Quieren apropiarse también de tierras pertenecientes a familias de agricultores, destinadas a proyectos de desarrollo sostenible. No respetan nada, ni nadie, y avanzan sin escrúpulos. Las familias de los pequeños agricultores que en las décadas 80 y 90 llegaron en busca de un pedazo de tierra para plantar y cosechar y sostener a sus familias siempre estuvieron y están en la mira de esos pseudo-propietarios.

En las décadas pasadas cientos de hombres y mujeres perdieron la vida de modo violento sin ninguna investigación, sin ninguna investigación del crimen. Son hombres y mujeres enterrados como indigentes. ¡Hay cementerios en la Amazonía con cruces sin nombres, hay cementerios clandestinos sin cruces! La mata crece por encima de las sepulturas y esconde la sangre derramada. ¡La justicia, si no es connivente, es ausente!

 

La Iglesia en la Amazonía, ¿es nuestra?»

La historia de la Iglesia en la Amazonía difiere mucho de la historia de la Iglesia en otras partes de Brasil. La mitad de la superficie de Brasil durante siglos fue olvidada por las diócesis del centro, sudeste y sur de Brasil. Sin embargo, ella fue pionera en dejarse entusiasmar por el Espíritu del Concilio Vaticano II. Medellín (1968) intentó latinoamericanizar las constituciones y decretos de aquel evento histórico, el Encuentro de los Obispos de la Amazonía en Santarém buscó amazonizar a Medellín. Desde 1954 los obispos de la Amazonía se reunieron periódicamente, pero el Documento de Santarém engendró una nueva primavera para toda la Amazonía. Los obispos hablaron de «una Iglesia con rostro amazónico». Se dejaron inspirar por la palabra del Papa Pablo VI «Cristo apunta a la Amazonía». [11]

De 24 a 30 de mayo de 1972, se celebró en Santarém, Pará, el Encuentro interregional de los Obispos de la Amazonía, que constituyó un hito en el camino de la Iglesia en esta inmensa región. Las «Líneas prioritarias de la Pastoral de la Amazonía» constituyeron un giro copernicano de la acción pastoral y evangelizadora. Los obispos renunciaron a todo triunfalismo. Se recomendó a todas las diócesis y prelaturas que bajasen de cualquier trono para que nuestra Iglesia realmente se convierta en una Iglesia «con los pies en el suelo». Iniciaron el documento con las palabras: «Recogiendo la experiencia y los anhelos de las bases» la Iglesia de la Amazonía escoge dos directrices básicas:

  • la Encarnación en la realidad, por el conocimiento y la convivencia con el pueblo, en la sencillez, y
  • la evangelización liberadora.

Estas directrices orientaron la opción por cuatro prioridades:

1- La formación de agentes de pastoral;

2- Las comunidades cristianas de base, primer y fundamental núcleo eclesial;

3- La pastoral indigenista;

4- Carreteras y otros frentes pioneros.

En el encuentro de Manaus (1974) se añadió otra prioridad: la juventud.

Fue un verdadero Pentecostés. Se cristalizó para siempre otra «nueva forma de ser Iglesia» que exigía de los obispos, sacerdotes y religiosas también una nueva manera de ejercer su misión en la simplicidad y el compartir, en la dimensión samaritana y profética, en la opción por los pobres y en la solidaridad con los excluidos, en las celebraciones vivas y participativas que unen fe y vida, en el generoso compromiso de mujeres y hombres, jóvenes y adultos, en las diversas pastorales.

Comenzó a realizarse la intención del Concilio que colocó en su Constitución dogmática «Lumen Gentium» el «Pueblo de Dios» antes que la «jerarquía» [12] Laicos y laicas dejaron de ser meros consumidores de lo que el clero presentó y ofreció. Asumieron su responsabilidad bautismal y crismal de colaborar en la edificación del Reino de Dios en la Amazonía.

Nos preguntamos hoy, lo que sería de la Iglesia en la Amazonía sin ese compromiso del laicado principalmente de las mujeres. En la Prelatura del Xingu por lo menos dos tercios de las comunidades son dirigidas por mujeres. Estoy seguro de que en otras diócesis y prelaturas no es diferente.

En términos de sacerdotes y obispos la Iglesia en la Amazonía, el clero hasta hace poco, vino de Europa o América del Norte. En la época de la así llamada Romanización de la Amazonía que comenzó en la segunda parte del siglo XIX, la Amazonía fue «repartida» y entregada a la actividad misionera de órdenes y congregaciones que tuvieron sus sedes en otros continentes.

Ni la CNBB, fundada en 1954, se importa mucho con la situación del norte de Brasil, ya que fue considerada área misionera. Hasta que se llevó un susto cuando en enero de 1972, Monseñor Aloisio Lorscheider, presidente de la CNBB (Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil), Monseñor Avelar Brandão Vilela, vice-presidente, e Monseñor Ivo Lorscheiter, secretario general, y se dieron cuenta de la situación precaria de la Iglesia en la Amazonía, en todos los sentidos. Surgió el proyecto «Iglesias Hermanas» para despertar la solidaridad entre las diócesis o regionales. El añorado Monseñor Estevão Cardoso Avelar (+ 3.12.2009), en rueda de prensa comunicó que el episcopado brasileño promovería un programa de ayuda mutua entre las diócesis brasileñas. Todas las diócesis, aunque sean pobres, siempre pueden contribuir en favor de otras más pobres». [14]

Fue una iniciativa loable, pero lo que las Iglesias de la Amazonía esperaban sólo se realizó parcialmente. La euforia inicial se redujo rápidamente. En el momento en que la ayuda misionera no es cultivada por una relación fraterna, mutua y grata, el olvido y la fatiga van tomando el lugar de la solidaridad. Queda un hilo de vida, pero ya no hay vitalidad. Si la ayuda misionera se pospone hasta el día en que todas las comunidades locales de una diócesis son atendidas como merecen, entonces seguramente no llegará nunca el momento de una verdadera y generosa colaboración «[15].

Desde esa advertencia de don Paulo Moretto ya pasaron veinte años. Con la casi total ausencia de vocaciones misioneras en las órdenes y congregaciones con sede en Europa o en América del Norte, los obispos de la Amazonía comenzaron finalmente a invertir más en vocaciones autóctonas y ese empeño logró cambiar significativamente el porcentaje del clero diocesano en relación al clero proveniente de otros países. Pero, debido a las grandes migraciones hacia la Amazonía y, con ello, el vertiginoso crecimiento poblacional, el número de presbíteros es más que insuficiente. Es interesante constatar que en las ciudades ribereñas más antiguas el número de católicos se mantiene en hasta más del 70%, mientras que en las parroquias fundadas más recientemente, integradas mayoritariamente por migrantes, la presencia de comunidades evangélicas se vuelve cada vez más significativa y en algunos casos supera la mitad de la población.

Otra reunión de los obispos de la Amazonía tuvo hasta repercusión internacional. Fue el encuentro de Icoaraci de 1990 [16]. Los obispos querían compartir «una preocupación que nos afecta a todos: la destrucción del medio ambiente en la Amazonía». Llaman «sembradores de muerte» a los que «agreden de forma violenta e irracional a la naturaleza, destruyendo los bosques, envenenando los ríos, contaminando la atmósfera y matando a pueblos enteros». En el caso de la construcción de nuevas carreteras que tienen como efecto inmediato una migración incontrolable y una carrera desenfrenada por las tierras disponibles, cuestionan los grandes proyectos «que causan daños irreparables», madereras y mineras, represas e hidroeléctricas, la construcción de nuevas carreteras. «La sangría de la Amazonía ya llega al extremo y la creación de Dios gime en el estertor de la muerte» deploran los obispos en el documento «En defensa de la Vida en la Amazonía» [17]. Sienten su responsabilidad profética de hacer público y denunciar tanto los males que afligen a la región como los responsables de estos males y los mecanismos que pueden redundar en un irrealizable desastre ecológico con consecuencias que se vuelven «catastróficas para todo el ecosistema y sobrepasan, sin duda, las fronteras de Brasil y del continente. El documento es una inequívoca denuncia, pero al mismo tiempo una vigorosa profesión de fe en el Dios de la Vida que «no hizo la muerte ni tiene placer en destruir a los vivientes» (Sb 1,13).

Los obispos de la Amazonía -es lo mínimo que se puede afirmar- fueron los primeros de la Iglesia de Brasil a demostrar sensibilidad ecológica y se convirtieron en pioneros en la defensa del medio ambiente. Este llamamiento repercutió en los días 23 y 24 de mayo de 1990 en Asís (Italia) como propuesta de un Manifiesto Ecológico llamado «Grito de la Iglesia en defensa de la vida en la Amazonía». Toda esta problemática es también uno de los objetivos del Sínodo para la Pan-Amazonía.

«La Amazonía es nuestra» – Un Sínodo para la Pan-Amazonía.

El domingo, 15 de octubre de 2017, el papa Francisco se dirigió a los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro en el Vaticano y anunció la convocatoria de una Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para la Pan-Amazonía: «Atendiendo el deseo de algunas Conferencias Episcopales de América Latina, así como escuchando la voz de muchos pastores y fieles de varias partes del mundo, decidí convocar una Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para la región Pan-Amazónica. El Sínodo será en Roma en octubre de 2019. El objetivo principal de esta convocatoria es identificar nuevos caminos para la evangelización de aquella porción del Pueblo de Dios, especialmente de los indígenas, a menudo olvidados y sin perspectivas de un futuro sereno, también a causa de la crisis de la crisis de la Selva Amazónica, pulmón de capital importancia para nuestro planeta».

Desde entonces las comunidades de la Amazonía se reunieron para responder a un cuestionario distribuido ampliamente junto con un texto introductorio que siguió el esquema VER – DISCERNIR – ACTUAR. El Papa no quiso sólo un análisis científico de coyuntura, sino que insistió en que el pueblo hablara, expresara y a en voz alta sus «alegrías y esperanzas, tristezas y angustias» [18]. El tradicional VER se convierte en un ESCUCHAR. En la reciente Constitución Apostólica «Episcopalis Communio» el Papa Francisco exige que el Sínodo de los Obispos sea «un instrumento privilegiado de escucha del Pueblo de Dios». [19]

El Papa quiere saber lo que el Pueblo de Dios piensa sobre «las amenazas y dificultades para la vida, el territorio y la cultura; sobre las aspiraciones y desafíos de los pueblos amazónicos en relación a la Iglesia y al mundo; que esperanza ofrece la presencia de la Iglesia a las comunidades amazónicas para la vida, el territorio y la cultura; como la comunidad cristiana puede responder ante situaciones de injusticia, pobreza, desigualdad, violencias (droga, explotación sexual, discriminación de los pueblos indígenas, migrantes, etc.) y de exclusión.

Sólo el 70% de las comunidades en la Amazonía brasileña tienen la gracia de participar de la celebración eucarística tres a cuatro veces al año. La Eucaristía, en vez de ser «la fuente y el ápice de toda la vida cristiana» [20] se convierte en un acto litúrgico de excepción, «cosa de sacerdote», cuando aparece unas pocas veces durante el año. Por eso el Consejo Pre-Sinodal, del que tengo el privilegio de hacer parte, formuló la pregunta al pueblo de Dios: «Uno de los grandes desafíos pastorales de la Amazonía es la imposibilidad de celebrar la Eucaristía con frecuencia y en todas partes. ¿Cómo responder a esa situación?

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