Monseñor Jesús María Aristin, obispo del Vicariato de Yurimaguas, reflexiona sobre aspectos diversos de la realidad amazónica y las esperanzas puestas en el próximo Sínodo de octubre. En su zona, indica, el ecosistema y las poblaciones indígenas y ribereñas están amenazadas desde tres frentes principales: la deforestación voraz, la contaminación consecuencia del extractivismo y los monocultivos de las grandes multinacionales. “Cuando se marchen quedará una gran pobreza y el suelo inservible por décadas para la agricultura”, lamenta.

Piensa un par de segundos y, rápidamente, dice que sólo tiene una última “cosa que agregar”. Monseñor Jesús María Aristin (Bilbao, España) nos recibe en la que es su casa, la sede del Vicariato de Yurimaguas. Allí, a orillas del río Huallaga, cada vez más golpeado por la contaminación, dialogamos sobre temas diversos para, en la parte final, aprovechar el espacio para invitar. Abrir las puertas a religiosos o laicos bajo dos únicos (a veces complicados de hallar) requisitos. “Deben tener un corazón muy grande y ganas de trabajar con, por y para los pobres”.

La Amazonía, no sólo en Yurimaguas, necesita de corazones enamorados de ella. Corazones que la valoren, que la respeten, que la defiendan, que la cuiden y que la sientan de forma integral con sus ríos, sus bosques, sus animales y los pueblos que la habitan. Diez de esos pueblos originarios están presentes en el Vicariato de Yurimaguas que, en 2021, celebrará sus cien primeros años de acompañamiento y trabajo por la Amazonía y sus gentes. Sobre esta celebración y, más aún, sobre la implicación y los cambios que el Sínodo Panamazónico del mes de octubre puede suscitar en toda la iglesia amazónica conversamos con monseñor Jesús María Aristin.

  • Háblenos de su vicariato, pónganos en contexto…
  • Es muy grande. Son 72.000 km2, uno de los más extensos del Perú. Llegamos hasta la frontera del Ecuador, abarcando las dos provincias, la del Datem del Marañón y la de Alto Amazonas. Además, desde los años 50 hay un convenio con la Prelatura de Moyobamba y se atiende la zona del río Huallaga en los distritos que están por la zona de Barranquita, Yarina… que pertenecen a las provincias de San Martín y Lamas. Es una zona eminentemente agrícola, de gente sencilla y trabajadora, aunque también queda cierta mentalidad recolectora de caza y pesca. La capital, Yurimaguas, ha crecido bastante, ahora somos aproximadamente 90.000 habitantes.
  • A nivel de Iglesia, ¿cómo se organizan?
  • Somos 21 parroquias con 120 animadores de comunidades, 24 sacerdotes, de los cuales 12 son religiosos y los otros 12 diocesanos. Además, unos 30 religiosos varones y unas 50 religiosas hermanas, y también unos 35 laicos consagrados. En total unos 130 agentes de pastoral con 12 congregaciones religiosas diferentes. La esperanza es que poco a poco están surgiendo sacerdotes y vocaciones autóctonas propias de Loreto y espero que, si seguimos trabajando bien con las vocaciones, en 10 o 15 años haya unos 30 sacerdotes en su mayoría autóctonos que lleven el vicariato sin necesidad de traer gente de fuera.
  • Precisamente el Papa Francisco, en este tiempo, les pide empaparse del pueblo para que sea el protagonista. Pide que la Iglesia tenga un nuevo rostro amazónico. ¿Cómo cree que se puede seguir trabajando en eso, qué caminos a seguir?
  • Hay un dato muy curioso. El vicariato hará pronto cien años y, en los primeros 60 años sólo hubo un sacerdote de la zona, el padre Carlos Murayari de Lagunas. Pero sin embargo en los últimos diez años se han ordenado los otros once sacerdotes diocesanos. Ha habido un cambio radical. Antiguamente los misioneros, muchos de ellos auténticos héroes que incluso dieron su vida aquí, venían con la mentalidad de que ellos iban a salvar las almas, a convertir, pero no entendían que gente de aquí pudieran ser sus compañeros de trabajo.
  • Y por lo que comenta ahora ocurre a la inversa, ¿no?
  • Así es. Estamos firmemente convencidos de que hemos entrado, desde hace unos años, en un diálogo de respeto, de compresión, de valoración mutua, de saber que ellos acá pueden ser sacerdotes y deben ser los propios gestores de su futuro. El cambio grande que se está dando, no aquí sino en América Latina en conjunto, es la valoración de la Amazonía, de que ellos pueden y deben ser gestores de su propio futuro, de su realización como pueblo.
  • ¿Cómo lograrlo?
  • Bueno, primero debe darse de forma sincera esa valorización, respeto, proceso de diálogo del que hablaba. Después es un acompañar, un caminar con ellos. Los cambios no se van a dar de la noche a la mañana, son procesos de décadas, incluso de generaciones.
  • Es un proceso lento pero, ¿hay resultados?
  • Poco a poco se van viendo, sí. Por ejemplo, en el vicariato tenemos diez pueblos indígenas: los achuar, candosi, awajún, shawi… son pueblos indígenas que tienen una historia antiquísima, son pueblos precolombinos, originarios de la Amazonía, que han vivido felices y contentos hasta que hemos venido nosotros. Se trata de reconocer que ellos tienen una historia, una presencia secular aquí. Reconocer la propiedad de esas tierras para los nativos y acompañarles, entrar en un diálogo, incluso un diálogo interreligioso. Valorar su cultura, sus cuentos, sus mitos… cuando hablo de esto me acuerdo del padre Luis Bolla.

    La vida del padre Luis Bolla junto al pueblo achuar continúa como fuente de inspiración para religiosos y laicos de Yurimaguas. Foto: Salesianos.pe
    La vida del padre Luis Bolla junto al pueblo achuar continúa como fuente de inspiración para religiosos y laicos de Yurimaguas. Foto: Salesianos.pe
  • El nombre del Padre Bolla se menciona a menudo. Cuéntenos sobre él.
  • Era un misionero salesiano extraordinario, emblemático, que evangelizaba a los achuar, en la zona fronteriza entre Perú y Ecuador. Él estuvo 40 años trabajando con los achuar y en los primeros diez años no bautizó a ninguno. Se trataba de vivir como ellos, vestir como ellos, hablar como ellos, conocer su cultura, trabajar como ellos… era insertarse, encarnarse en ese pueblo, tomar la wayusa, el masato, estar con la gente. Y así, conociendo, fue que él fue adaptando, pues veía las semejanzas entre los mitos de las comunidades y los mitos bíblicos. Por ejemplo, en todos los templos achuar está el fuego encendido con tres grandes palos, la Trinidad. el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¿Por qué? Porque, en el templo, igual que en los hogares achuar, siempre está el fuego presente porque Dios está siempre presente. También al momento del saludo de la misa, del ‘El Señor esté con Ustedes’, el padre Bolla seguía el saludo de una exhalación, como para expresarlo más, transmitía ese aliento, así el pueblo recibe la presencia del espíritu. Con este tipo de simbolismos consiguió un diálogo extraordinario e incluso una liturgia que es característica de ellos, de los achuar. Hay un caminar juntos entre la fe católica, los cultos y las tradiciones y mitos antiquísimos de estos pueblos.
  • Monseñor, ¿qué esperanzas hay puestas en este Sínodo?
  • Yo personalmente tengo muchísimas, empezando por el título, pues no es un Sínodo solo para la Amazonía, sino “para la Iglesia Universal y para una Ecología Integral”. Por lo tanto, es muy ambicioso. Pretende unas renovaciones que sirvan para la Iglesia Universal. Recuerdo que cuando me despedía en Puerto Maldonado del Papa Francisco le decía: “Santidad, los cinco diáconos permanentes son de mi vicariato”. Y me contestó: “Muy bien, lo que tienen que hacer ahora son propuestas atrevidas para presentar al Sínodo”. Creo que estamos intentando descubrir esta realidad de evangelización que se está viviendo en la Amazonía y ver cómo intensificar más esa presencia de la Iglesia en las comunidades. El sínodo va a plantear todo el tema de los ministerios laicales, cómo las comunidades puedan tener una eucaristía dominical ante la escasez de personal, cómo hacer que haya más ministros de la Eucaristía.
  • En definitiva, ver cómo llegar a todos con la Palabra, ¿no?
  • Sí, pues por ejemplo en nuestro vicariato tenemos más de 800 caseríos y somos 24 sacerdotes. Aunque cada uno oficiemos 3 o 4 misas, vamos a llegar a 80 o 90 misas. Hasta las 800 que se necesitan… es decir, cubrimos apenas el 10%, el 90% es imposible que puedan tener misa todos los domingos. Entonces viene aquí la pregunta, ¿frente al celibato sacerdotal, que está muy bien y debe mantenerse, puede haber otros ministros, como por ejemplo los diáconos permanentes que tenemos nosotros que tienen su familia, que tienen 10 o 15 de experiencia… por qué no van a poder consagrar el pan y el vino? ¿Qué es más importante, el celibato o la eucaristía? Es un tema que se tiene que hablar mucho.
  • Decía que tiene muchas esperanzas en el Sínodo en cuyo título también se habla de ecología integral. En su Vicariato, ¿qué amenazas existen en el plano medioambiental?
  • Fundamentalmente son tres. Por un lado la deforestación salvaje, empresas madereras que sacan todo lo que quieren incluso con el silencio del Estado. Vas por la carretera y diariamente ves 10, 15 ó 20 camiones cargados de madera que nos están dejando sin nada. Otro gran problema es el tema del petróleo y la contaminación de los ríos. Los derrames que estamos teniendo en el Morona sobre todo. Eso contamina a la gente, la población se enferma… y como vicariato estamos pidiendo que PetroPerú indemnice a estas comunidades. Incluso tenemos el grupo de Pastoral de Tierra que está tratando de defender a estas poblaciones atentadas por el derrame de PetroPerú. Luego, la tercera amenaza a resaltar son los proyectos de monocultivo de algunas multinacionales.
  • Por esta zona está el ‘popular’ Grupo Romero, ¿verdad?
  • Sí, aquí en terrenos de nuestro vicariato el grupo Romero ha sembrado 30.000 o 40.000 hectáreas de palma de óleo para utilizarse, sobre todo, como complemento en productos alimenticios. Es curioso, en algunos países europeos todo lo que sean alimentos que tengan aceite de palma están prohibidos para el consumo humano, pues se están dando cuenta de que ese producto sirve para las máquinas pero no para el consumo humano. Aquí han sembrado esta palma. Además del daño para la salud humana, es un producto que se está comiendo los nutrientes del suelo, que lo está empobreciendo. Se van a necesitar quizás 35 años para que el suelo se vuelva a regenerar. Incluso están metiendo a los campesinos en un proceso de dependencia, pues compran las tierras a un precio regalado. Ante la necesidad y la pobreza la gente vende su tierra y al cabo de un año les encuentras trabajando las tierras que eran suyas y la multinacional les paga salarios de hambre y de explotación. A la larga va a quedar una gran pobreza. Se marcharán, dejarán la tierra arrasada y los beneficios se los llevarán ellos porque la población cada vez es más pobre, más incluso de lo que eran antes.

    Monseñor Aristin, durante la última Asamblea Vicarial celebrada entre el 18 y el 23 de febrero en Yurimaguas. Foto: CAAAP
    Monseñor Aristin, durante la última Asamblea Vicarial celebrada entre el 18 y el 23 de febrero en Yurimaguas. Foto: CAAAP
  • Deforestación, contaminación y monocultivos que, a la larga, dejan consecuencias irreparables…
  • Claro, son tres amenazas que ya están generando una alteración climática e incluso geográfica. Por ejemplo, para sembrar la palma de óleo han tenido que arrasar con los árboles y están echando agroquímicos que terminan en el río y en las quebradas y las contaminan. Hace poco estuve en una comunidad que cuenta con tres quebradas que tenían un agua excelente, de las cuales dos ya están completamente contaminadas. Ahora están luchando contra la empresa para mantener esa tercera quebrada limpia y tener agua para beber. También el río Huallaga a nuestras espaldas está completamente contaminado, igual lo que se refiere a los vertederos. Aquí todo se bota en cualquier esquina, de cualquier manera… incluso a la salida de Yurimaguas encuentras un hermoso vertedero.
  • ¿Qué falta?
  • No existe esa conciencia de que hay que respetar a la Madre Tierra. Como dice el Papa, todo está interconectado, el daño que hacemos a la tierra nos lo hacemos a nosotros mismos. Esa suciedad que botas al río te la vas a terminar bebiendo y contaminándote. Y a la inversa, todo el bien que hacemos protegiendo a esos árboles y animales te va a permitir a ti beber y vivir con más dignidad y bienestar. Aquí todos vamos en el mismo barco. O salvamos el planeta o nos hundimos todos. Todo este mensaje se va a resaltar de manera universal pero, claro, la selva es el pulmón del mundo y es acá donde más incidencia debe tener ese mensaje ecológico. Todo esto incluso tiene implicaciones políticas.
  • Se trata de cambiar mentalidades…
  • Ir cambiando toda esa mentalidad en la población se va consiguiendo, pero poco a poco porque son procesos muy lentos. Creo que este Sínodo va a ayudar mucho aquí en la Amazonía, se van a dar pasos no solo a nivel de ecología, sino a nivel de pastoral, como darle más fuerza para llegar a todos los pueblos amazónicos.
  • Están a las puertas del centenario. ¿Qué cree que es lo más valioso de estos cien años?
  • Sin duda es una fecha importante, valiosa. El primer centenario siempre resuena más. Si debo rescatar lo importante me quedo con los primeros ocho misioneros que, en apenas 10 años, realizaron las tres prioridades del Vicariato. La catedral neogótica preciosa, el colegio San Gabriel ya que la educación siempre ha sido y sigue siendo una de las prioridades, y el hospital, que luego ya no se ha hecho un nuevo hospital… han pasado casi 100 años y aún no lo tenemos. Tres monumentos en apenas 10 años. Fueron un grupo reducido de hombres heroicos, unos santos. Venían con sus hábitos gruesos pasando calor y dando la vida. Incluso hay cuatro que han muerto en el río. Ahora que estamos escribiendo la historia estamos rescatando los nombres de todos, como homenaje a esas vidas entregadas. Son cientos de hombres y mujeres que han marcado y han hecho la historia de Yurimaguas, pues es la historia del Vicariato. Ambas historias no se entienden una sin la otra. En segundo lugar rescato a monseñor Miguel Irízar, no tanto por ser el obispo sino por todo lo que significó.
  • ¿Qué significó?
  • Supuso la llegada del Concilio Vaticano II al Vicariato, lo que supuso toda una renovación pastoral de las comunidades cristianas, de la alegría de la iglesia, una renovación del accionar del compromiso social de la Iglesia… En esa década de los 70 comenzó una revolución pastoral en sentido positivo donde se empezó a trabajar con los animadores cristianos logrando que los mismos pobladores sean sus propios agentes de evangelización, se les capacita, se les da formación. El Concilio Vaticano II supuso una nueva concepción de iglesia, no tanto piramidal, sino una iglesia más fraterna, pueblo de Dios, un pluralismo de carismas, de concepciones pero todos formando parte de lo mismo. Todo esto se notó en mayor presencia de religiosas, pues monseñor Irízar trajo a seis u ocho congregaciones, se renovaron parroquias y capillas… Fue muy importante. Siento que ahora estamos en un momento semejante. Creo que del post-sínodo y el centenario saldrá algo extraordinario para una renovación del Vicariato de Yurimaguas.
  • Hablábamos antes de la multitud de congregaciones y carismas que acogen. ¿Cómo se articulan? ¿Cómo hacen para que cual cumpla su función?
  • No es tanto lo que hacemos sino lo que el Espíritu está haciendo en nosotros. Realmente el espíritu de nuestros misioneros y misioneras es extraordinario. Creo que la vitalidad, el espíritu que tienen nuestros misioneros del vicariato es enorme. Tenemos unos hombres y mujeres ‘fuera de serie’, uno no se explica cómo tienen tanta capacidad para hacer todo lo que hacen. Es un grupo de 120 agentes de pastoral muy plural que vienen desde Polonia, Indonesia, la India, Europa y por supuesto la mayoría de Perú. Se forma una familia vicarial muy hermosa donde doce congregaciones, cada una con su carisma, se armonizan muy bien a la hora de trabajar. Ahora hemos hecho el Plan Pastoral Vicarial para los próximos cinco años y, a pesar del intenso diálogo, al final se consigue llegar a un acuerdo y a una síntesis sobre qué dirección debemos tomar como Iglesia. Son hombres y mujeres con gran capacidad de entrega que deben vivir en unas penurias que eso mismo les hace superar cualquier dificultad. Si les toca no comer, no comen. Cuando les llegan otros problemas en la vida, no hay tanto inconveniente. Como los hombres y mujeres de la selva. No se echa en falta nada porque nos acostumbramos a vivir con lo necesario, lo poco. Eso mismo te da una mística, un estilo de saber aceptar las realidades de la vida, a veces a favor o también a veces golpes bajos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *