La aldea karipuna de Manga, en la tierra indígena Uaçá, se asoma en una de las curvas del curso medio del Curipi, afluente del río Oiapoque. Este baja en medio de la floresta en dirección al Atlántico, indiferente a su papel de divisor entre las fronteras de Brasil y Guyana Francesa, aún bajo jurisdicción administrativa y política de Francia. Siempre hay movimiento en la comunidad. A lo largo de las últimas décadas, el pequeño varadero de Manga se convirtió en punto de llegada y salida para indígenas de las comunidades próximas que, a partir de allí, pueden continuar por carretera de tierra y – después – de asfalto hasta la ciudad de Oiapoque o hacia las comunidades vecinas. Estamos en el extremo oriental del Escudo de las Guyanas. Desde allí, una extraordinaria región montañosa, de las más antiguas del planeta, se extiende hacia el oeste acogiendo áreas de floresta densa, tierras bajas en el litoral atlántico y campos naturales hasta llegar a la región de los Tepui, ya en la zona sur de la actual Venezuela.

Entre los días 26 y 28 de febrero, las familias karipuna de Manga acogieron el Encuentro de Pueblos Indígenas la región Brasil-Guyana Francesa-Surinam. Líderes tradicionales, profesores y agentes de salud, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, de los pueblos Karipuna, Palikur, Galibi-Marworno, Galibi Kalinã/kali’na y Wayana se encontraron con la intención de poner nombre a los principales gritos y amenazas que afectan la vida y los territorios de los pueblos indígenas y de buena parte de la población de la región. Ponerles nombre y articularse para enfrentarlos. Junto a ellos participaban miembros del equipo local del Consejo Indigenista Misionero-CIMI y de algunas organizaciones socioambientales e indigenistas que también actúan en la zona. “Cuanto más unidos, más fuertes”, afirma el cacique de la comunidad en sus palabras de acogida.

Justo los días antes había tenido lugar la asamblea del Consejo de Caciques de los Pueblos Indígenas de Oiapoque-CCPIO, reuniendo a más de 300 líderes indígenas. De ellos, cerca de 40 se quedaron en Manga para participar también en el encuentro transfronterizo, ocupándose además de toda su organización. Por momentos hay cansancio en sus rostros; pero no hay tiempo para el cansancio cuando se trata de debatir y defender la tierra, el agua y la floresta donde viven.

Durante el primer día y medio de encuentro, circulando entre nueve lenguas diferentes, los participantes fueron apuntando y describiendo las principales problemáticas que les afectan. Del lado derecho del Oiapoque, en el Estado brasileño de Amapá, todos los territorios indígenas ya fueron demarcados y homologados superando la corrida por el oro que tuvo lugar en la década de 50, pero la amenaza permanente de grandes proyectos extractivos sobrevuela la tierra retomada. Prueba de ello es el intento de extinción, por parte del Gobierno federal brasileño, de la Reserva Nacional de Cobre y Asociados – RENCA, que incluye dentro de ella reservas extractivistas y de uso sostenible, parques estaduales de conservación y dos tierras indígenas ya demarcadas y homologadas.

Al mismo tiempo, un proyecto de extracción petrolera en el litoral brasileño-guyanés, cerca de la desembocadura del Amazonas, liderado por las empresas Total BP (Francia) y Petrobras (Brasil), avanza con una segunda versión del Estudio de Impacto Ambiental para conseguir del Estado brasileño la licencia ambiental necesaria para instalar el proyecto y comenzar a operar. Se teme que la flota pesquera de Amapá, una de las principales fuentes sostenibles de renta en el Estado, se vea afectada directamente por el emprendimiento y que, con la interdicción del área tradicional de pesca, los pescadores entren indiscriminadamente en las aguas de las tierras indígenas, manejadas por las comunidades hasta ahora de un modo autónomo y sostenible, con sus propios consensos sobre los tiempos de pesca, para garantizar la abundancia y la soberanía alimentar. Y se prevé que el tipo de corrientes oceánicas de la zona aumente los riesgos de la prospección.

Del otro lado del Oiapoque, en Guyana Francesa y Surinam – territorios propiamente amazónicos – el proceso de colonización los posicionó de espaldas a sí mismos, concentrando la mayor parte de su población en la parte litoral. Surinam está atravesada en diagonal por un corredor de yacimientos de oro. La expansión del garimpo en las cuencas altas de los ríos que vertebran las Guyanas, cerca de la frontera con Brasil, está totalmente descontrolada. Imágenes aéreas y testimonios de las comunidades indígenas describen cicatrices de contaminación en medio de los ríos y la floresta. Hay estudios de la década de 90 que ya registran niveles importantes de mercurio entre los indígenas en la cuenca del Maroni. La caza y la pesca, cuando no disminuyen drásticamente, se desplazan hacia zonas más seguras comprometiendo la vida de las comunidades. Ni Surinam ni Guyana Francesa desarrollan políticas de demarcación de los territorios indígenas y ninguno de ellos ha ratificado el Convenio 169 de la OIT. En el caso de Guyana, el Acuerdo de Cayanne en 2017 recogió las responsabilidades del Estado en relación a la cesión de tierras, al reconocimiento de los pueblos indígenas y a la garantía de detener cualquier proyecto extractivo si hubiese incidencias de impactos sobre la vida de los pueblos indígenas y sus territorios; sin embargo, el Acuerdo de Cayanne aún espera la hora de salir plenamente del papel. Reservas biológicas y Parques Nacionales de Conservación aparecen como únicos intentos estatales de lidiar con la sócio-bio-diversidad de la región; sin embargo, no siempre logran frenar la explotación ilegal y normalmente rinden beneficios en la perversa lógica del mercado de carbono mientras niegan actividades tradicionales como la caza o el manejo de la madera a los pueblos que tradicionalmente allí habitan.

A la expansión del garimpo se une la amenaza del proyecto Montaña de Oro, proyectada entre dos reservas biológicas al noroeste de la Guyana Francesa, un local donde existen evidencias de presencia indígena milenar. De hacerse realidad, la Montaña de Oro podrá configurarse como una de las mayores minas subterráneas de oro de América del Sur con la previsión de extraer 80 toneladas de oro en 12 años. Una plataforma de organizaciones sociales, entre las cuales está el Colectivo de las Primeras Naciones – CPL, desarrolla una intensa campaña hace años en la que manifiestan claramente su NO a la Montaña de Oro y SÍ a la biodiversidad.

“Gritamos NO a los megaproyectos económicos (…)”, dice la carta final del encuentro, después de proponer un espacio propio de articulación entre las organizaciones y pueblos indígenas de la región y una exigencia a los tres Estados para que respeten el derecho a la consulta y demarquen todos los territorios indígenas. Este es el cuarto encuentro de diálogo con los pueblos indígenas que REPAM promueve y apoya con el objetivo de escuchar y renovar, desde ahí, el compromiso de acción con los pueblos de Amazonia.

Kupatakom ikulunmatop pïk kutakei makala (lengua Wayana). La misma frase se transcribe en cinco lenguas indígenas y se traduce como “continuamos defendiendo nuestro territorio”. Donde Estados y empresas apenas perciben los tonos del subsuelo (minería y petróleo), diversos pueblos indígenas defienden el territorio que habitan y del que emergen conocimientos, saberes y prácticas propias, diversas e insustituibles.

 

Por: Luis Ventura

 

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